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Destino: la FIL – El mundo desde mi bici CLXIII

En un país que carece de lectores, una de las ferias comerciales más animadas es la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Recibe cada año (y mire que tiene 29 años de celebrarse) setecientos cincuenta mil visitantes. Participan durante más de una semana cientos de editoriales y también cientos de escritores. No sé de alguna otra exposición en México que supere a la FIL en popularidad.

Si es uno de esos que todavía lee algo, no se puede dar el lujo de no ir a este magno evento. Aquí se encuentran todos los libros sobre todos los temas y áreas del conocimiento humano. Todas las ciencias, todas las artes, toda la literatura y toda la autoayuda que uno necesite está, durante estos más de siete días, en Guadalajara.

Es tan vasta la exposición que se convierte en un ejercicio práctico de diversidad y tolerancia. Junto a los libros de ciencia pura y dura, presididos por El origen de las especies de Charles Darwin, encontramos los de la Sociedad Bíblica, cuya principal oferta es la Suma Teológica de Tomás de Aquino en pasta de cuero azul, estampado en oro e impresa como a Borges gustaba (no sé por qué, si no veía nada) en ochavo.

Es verdad que la gente que asiste a la FIL es muchísima. Hay veces en que para pagar un libro se tiene que hacer fila por más de un cuarto de hora entre codazos, miradas feroces y dos o tres pisotones “involuntarios”. Pero eso no es nada en comparación con la posibilidad de hacer trastabillar a Paulo Coelho o decirle, así en corto y directo al oído para que escuche bien, dos o tres verdades a doña Elenita Poniatowska o ponerle cara de circunstancias —como dicen mis amigos de Bogotá pero que en realidad son de Barcelona— a Guadalupe Loaeza. Si se llega con mucha fortuna, hasta podría participar en una conferencia a la que asistiera el mismísimo presidente y tener la oportunidad de preguntarle, una vez más, cuáles son los tres libros que han marcado su vida. Igual en esta ocasión nos dice que la verdad de a de veras para él, al igual que para el flamante gobernador de Nuevo León, lo que le gusta leer es el Libro Vaquero y también (vea que ya es bastante) Chanoc.

Cuando uno es o pretende ser escritor, tampoco-puede-perderse-esta-exposición. No hay mejor lugar para hacer un rápido pero exhaustivo estudio de mercado. Se puede conocer lo que está de moda (ya no, por favor, cincuenta sombras de nada ni novelas negras a lo Stieg Larsson), lo que los autores consagrados ofrecen (Vargas Llosa y Aguilar Camín incluidos); en pocas palabras, lo que el público lector anda buscando para meterse en la cabeza. Y no es que uno quiera cambiar de giro y largarse a escribir la gran novela de los muertos vivientes o psycho-thrillers seriados tipo John Katzenbach, pero sí se puede enterar qué editorial estaría dispuesta a publicarle sus textos que se pueden encasillar dentro del género de lo post-moderno casual relativista.

Los escritores, aunque unos lo nieguen, aquí nos encontramos en nuestro mero mole. No hay mejor lugar para presentar el nuevo y lindo libro contando con la invaluable compañía de verdaderos rock stars como lo son Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Christopher Domínguez Michael. Ellos saben bien como hacerle justicia a un buen libro. Aquí tiene la posibilidad de que algún reportero cultural despistado, aunque sea de la estación de radio de Zumpango de las Tunas, lo entreviste. Quien quita y alguien más lo oiga y le ofrezca una beca o, mejor aún, un mecenazgo de, digamos, Carlos Slim.

Como a esta exposición asiste tanta gente, es muy probable que se encuentre con algún lector suyo y que, además, éste lo reconozca. Aquí caben, sin embargo, dos posibilidades. Uno. Que lo empiece a alabar, que le pida firmarle la camiseta (a falta de libro) y que después lo invite a cenar opíparamente en el restaurante más caro de Guadalajara. Dos. Que, al contrario, le haga pedazos sus textos, le reclame ferozmente que cómo se atreve a escribir y que le sugiera recoger mejor todas sus cosas y luego irse a visitar al mismísimo demonio (lo cual no estaría nada mal, porque el viaje sería dantesco y por ende muy literario, con todo y Beatriz dentro del mismo paquete). A pesar de que Dos es más probable que Uno, siempre se agradece que alguien lo lea.

Es por estas cosas —y otras, que en este momento olvido— por las cuales no he ido a la FIL. Sin embargo, lector amigo, mi destino está marcado y nada puedo hacer en contra de él.

Nos vemos la próxima semana, cuando usted regrese de Guadalajara. Yo aquí, como siempre, lo espero el miércoles en punto de las 8 de la noche.


Alejandría, su legado – El mundo desde mi bici CLXII

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Sé que contiene más libros que cualquier otra biblioteca cristiana. Sé que, en comparación a vuestro caso, las de Bobbio o Pomposa, las de Cluny o Fleury parecen ser la habitación de un niño que apenas está aprendiendo los rudimentos del ábaco. Sé que los seis mil códices, de los cuales presumía Novalesa hace cien o más años, son pocos comparados con los vuestros y, muy probablemente, la mayoría de ellos estén ahora aquí mismo. Sé que vuestra abadía es la única luz que la cristiandad puede oponer a las treinta y seis librerías de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami; que la cantidad de vuestras Biblias equivale a dos mil cuatrocientos Coranes que son el orgullo de El Cairo, y que la realidad de todo esto es la evidencia más luminosa en contra de la altiva leyenda de los infieles que años hace reclamaban (íntimos como son del Príncipe de la Falsedad) que la biblioteca de Trípoli contenía seis millones de volúmenes y estaba habitada por ocho mil comentaristas y dos mil escribas.

Traduje el párrafo anterior de una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que tengo en libro electrónico y que está en inglés. El libro “original” mío, en idioma castellano, no lo encuentro por ninguna parte y temo que lo presté a alguien que —seguro— lo está usando ahora para apuntalar alguna mesa de su casa.

Hice esta traducción para ilustrar la fascinación que nos producen a algunos las bibliotecas. En fechas pasadas, dentro de dos grupos del feis que frecuento y que tratan ya de libros, ya de arte, una buena cantidad de compañeros han publicado fotos de distintas bibliotecas de todo el mundo: las 10 más grandes, las 5 más antiguas, las 15 mejores, las 20 más fascinantes. Todas son bellísimas y todas son especies de laberintos que prefiguran —diría Borges— el infinito, simulado éste por medio de simetrías idénticas, como las que se encuentran en un juego de espejos.

A pesar de esta fascinación, no frecuenté biblioteca alguna desde mis tiempos en la universidad. Y no lo hice porque precisamente las bibliotecas públicas en este país se encuentran en lugares ignotos y por lo tanto poco visitados por los seres humanos.

Desde su entrada a la universidad, Aquilio Galo y un servidor nos hemos convertido en unos verdaderos nerds. Aquilio, obligado por las exigencias de su carrera, se ve forzado a estudiar horas extra y en días de guardar. Yo he tenido últimamente la necesidad de aprender lo más posible sobre las materias que creía aborrecer, como las matemáticas, la lógica y (agárrese fuerte) la programación de sistemas de cómputo. Por mi trabajo convencional y por mi vocación a escribir lo más que puedo, me es casi imposible encontrar alguna ventana de tiempo para aprender sobre esas materias tan oscuras y prohibidas en las que me he interesado. Es así como Aquilio y yo hemos decidido encontrar un espacio propicio para estudiar juntos durante los fines de semana.

Hace unas cuantas semanas, dimos con un Starbucks que en su interior tiene una sala de juntas y un lugar perfecto para estudiar, los cuales están bien aislados de lo mundano y lo banal. No diré su localización porque no me interesa revelar el sitio de este último reducto de tranquilidad de esta ciudad y, tal vez, del país entero. Recuerdo que, además de adelantar mucho en nuestros respectivos estudios, nos la pasamos muy bien por el precio de un Mocha Capuccino Espresso Alto y un Lemon Tea Verde Venti.

Sin embargo esto no fue suficiente. Nuestra misión era encontrar un templo del saber que nos sirviera para enriquecer nuestros estudios. El único templo que se nos ocurrió fue una biblioteca pública. Y qué mejor que la biblioteca pública nacional, la Biblioteca Vasconcelos, edificada por instrucciones de un presidente que en vez de Borges pronunciaba Borgues, y en vez de Jorge Luis, lo bautizó con el nombre de José Luis, que por cierto ha de ser un gran cuate suyo.

Ir a un templo del saber de la magnitud de la Vasconcelos no es —ni debe serlo— fácil. A los castillos, al Santo Grial y a los templos del saber se llega sólo a través de una aventura. La aventura tuvo un nombre con todo y apellidos: Avenida de los Insurgentes, un domingo, a mediodía. Del extremo sur tuvimos que conducir hasta al extremo norte de la ciudad. Estuvimos todo el tiempo rodeados por coches que iban manejados por padres de familia dicharacheros y curiosos, cuyo único objetivo era el de pasear para luego encontrar un lugar en dónde comer con toda su prole. La velocidad media de estos paseantes no rebasaba los 20 km/h, así que nuestro recorrido, detenido también en diversas ocasiones gracias a la perfecta desincronización de los semáforos, tardó… casi una eternidad.

El tamaño del edificio que alberga la biblioteca es épico. Pensamos al llegar que dentro de semejante monstruo debían habitar más libros que los que hubo en la Biblioteca de Alejandría. La piel se nos puso chinita (lo sé, somos un par de ñoños) al vernos rodeados de tanta sabiduría. Caminamos un poco por sus largos corredores y encontramos un lugar propicio para ir a estudiar.

Después del azoro, notamos que el ruido, para ser una biblioteca, era significativo. La gente hablaba no en susurros, sino como si estuviera en la plaza pública. Dos niños, allá atrás, jugaban a los cochecitos. Creo que el del coche rojo ganó la carrera, porque el del coche azul se fue llorando con su mamá. Tal vez, me dije, esto se deba a que la biblioteca en verdad es demasiado grande.

Como sabía que estaba en un lugar extraordinario, me puse a buscar libros en su acervo que no encontraría normalmente en cualquier otro lugar: el Diccionario de los dioses y mitos del Antiguo Egipto (C.219.13 D46) y Todos los dioses del Antiguo Egipto (299.31 W55). Fui al sistema de cómputo (el cual me dio esas lindas referencias) y después me di a la tarea de encontrar la sección 200, en la que deberían estar estos volúmenes que, además, el sistema me marcaba como disponibles.

El arreglo de las secciones fue diseñado, aparentemente, por el dios del caos y la perdición. Junto a la sección 100 está la 900. Más adelante encuentra uno la 500. Del otro lado están la 700 y la 400. La 600 se ve que está muy a gusto junto a la 300, y de la 200, después de varios kilómetros de camino, todavía no tenía noticia alguna. Resulta que —¡claro!— estaba junto a la 800 que está un poco más arriba de la 100 pero al lado de la 300.

Caminé exhausto hacia los anaqueles que debían contener los libros que buscaba. Me llamó mucho la atención ver que muchos de ellos estaban desiertos y tuve un mal presentimiento. El presentimiento se cumplió, no estaban los libros que quería pero sí una interesante Historia de los Papas escrita por Leopold von Ranke.

Regresé a donde estaba Aquilio estudiando. Abrí mi computadora y me puse a buscar varios libros en la base de datos de la Vasconcelos. Será el sereno pero le atiné a todos: no había ninguno de los que buscaba. Pensé que era mi día de suerte y saliendo me compré un boleto de lotería. Por supuesto no gané nada.

 

Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche en el Starbucks.


Ojo por ojo – El mundo desde mi bici CLXI

Imagen de: asisucede.com.mx

Imagen de:
asisucede.com.mx

La teoría del karma se puede explicar de este modo: usted haga algo hoy y mañana —o al ratito— se lo cobrará la vida (ésta o la que sigue o la que sigue o la que sigue [pero mejor que sea en ésta]), sea esto para bien o para mal.

Muchos capitalinos, incluyéndome a mí, hemos sufrido los baches de nuestras calles y avenidas. Las temporadas de lluvias, copiosas durante el verano en el centro del país, nos regalan cráteres nuevecitos dispuestos a romper hasta los neumáticos más resistentes.

Esto se debe, principalmente, a la baja calidad del encarpetado de nuestras vialidades. Un amigo norteamericano me preguntó el porqué de esta situación tan poco lógica, ya que es al propio gobierno al que más le interesa construir bien una calle, avenida o carretera y cuya calidad de construcción garantice un ahorro al erario por concepto de mantenimiento.

—Es por culpa del capitalismo —le contesté.

—¿Cómo? ¿Por qué? —me dijo con la cara llena de asombro.

Y le tuve que explicar todo el rollo. Resulta que en México las calles y avenidas son un servicio público que debe proveer el gobierno, pero cuya ejecución la deciden sus gobernantes. Los gobernantes organizan licitaciones en donde con inusitada frecuencia ganan sus amigos, amigos que por cierto antes se dedicaban a vender tortas de tamal en una esquina concurrida y que ahora, gracias a sus “ahorritos”, tienen una compañía constructora de clase mundial. Esa compañía constructora tiene que ser muy lista, porque debe construir la bonita calle o la linda avenida de tal forma que se vea impecable en la inauguración y que, sin embargo, dure sólo unos cuantos meses en buen estado. Entonces los gobernantes convocarán a una nueva licitación para darle mantenimiento a la calle o a la avenida recién estrenada. Esa licitación se le otorgará al constructor original, ya que él más que nadie sabe cómo está hecho el empedrado… perdone usted, el asfaltado. Las reparaciones, sobra decirlo, serán hechas de tal forma que también duren sólo unos meses para que se vuelva a dar el mantenimiento necesario y se convoque a una nueva licitación.

Esta práctica potencia las ganancias de la compañía constructora, porque gana haciendo la calle o avenida y gana también con los reiterados y necesarios mantenimientos de la misma. Es más. También gana el gobernante (y mucho), porque de cada etapa de este jugoso negocio se lleva una tajada (generosa o no, eso ya es cuestión de pericia política). Capitalismo tropicalizado, sí, mas capitalismo al fin.

Después de haber vivido algunos años, sé dos o tres cosas de esta vida. Una de ellas es que aparentemente los políticos nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca… pagan los platos rotos y ni siquiera se dan por enterados. Andan por la vida forrados de dinero o matando elefantes como el que más y ellos siempre tan campantes. Vaya, ni sudan los malditos.

Así que urdí un plan envuelto en un concurso. El concurso será un reality show y se llamará Lleva a pasear a tu gobernante y consiste en lo siguiente. El gobernante en turno sacará una esfera de una inmensa tómbola llena de esferas. Cada esfera tendrá impreso el nombre de un ciudadano de su demarcación. El gobernante así escogerá al agraciado ciudadano que lo llevará a pasear por las calles y avenidas de su distrito. Sólo hay una condición, que el ciudadano ganador vaya en una camioneta 4 x 4 último modelo (la cual por supuesto podrá conservar) y que ésta vaya jalando el carrito de madera con rodamientos a manera de ruedas en donde deberá subirse el gobernante. Para seguridad de éste último, se le amarrará al carrito (no vaya a ser que se nos caiga) y se le pondrá un casco de ciclista (no vaya a ser que se nos quede lelo por si se cae de todas formas). La única obligación del ciudadano es la de circular por todas las calles y avenidas a la velocidad límite permitida por la ley; es decir, cincuenta kilómetros por hora. Estoy seguro de que al menos el ortopedista del gobernante recordará para siempre (y con mucho provecho) esta magnífica aventura, ya que como dijimos, los políticos al parecer son inconmovibles, no así, sus espaldas.

Hace relativamente poco un amigo, dedicado a la política, me dijo que por andar criticando tanto algún día lo pagaría todo y con intereses. No sentí que esto fuera una amenaza. Viniendo de él sé que es más una mera ocurrencia. Le gustaría, por ejemplo, que un día un crítico, de esos que abundan por mis rumbos, me haga pedazos escribiendo cosas como “un escritor que no aporta nada, que se regodea en el lugar común y al que le gusta colocar las comas de forma por demás arbitraria” o “le falta profundidad, banaliza todo” o “en este país nos sobran escritores como él”. Cree mi amigo, románticamente, que la crítica es lo que más me puede. No sabe mi pobre amigo que lo que más me puede es estar escribiendo sobre las incompetencias de los políticos como él.

Todo se paga, tarde o temprano.

 

Nos vemos el próximo miércoles en punto de las 8 con una bici más, a pesar de todo.


La pérfida tecnología – El mundo desde mi bici CLX

Foto tomada de... una red social.

Foto tomada de…
una red social.

En el año de 1491, Venecia padecía los estragos de una lucha cultural intestina: la imprenta había llegado, y con ella la posibilidad de que una mayor cantidad de personas pudieran leer doctos libros antes confinados al scriptorium, ofreciendo así novedad, capacidad de entendimiento y crítica al mundo renacentista en ciernes.

Filippo di Strada, un monje dominico que también era copista en Murano, vio encarnados en la imprenta y en su innoble vástago, el libro, sólo graves amenazas (entre ellas, la de perder el trabajo, claro está). John Martin, en su libro Venice’s Hidden Enemies: Italian Heretics in a Renaissance City (copia que conseguí en Google Books), menciona que este monje aseveró que “la raza humana había estado muy bien desde la creación sin necesidad de tener libro alguno. Se quejaba (di Strada) sobre la forma en que los comerciantes sin escrúpulos vendían los libros baratos —algunos que sólo costaban dos o tres grossetti— a cualquier viandante. El libro era un invento que conllevaba las más serias consecuencias. Urgió a sus contemporáneos a quemar los libros, en especial aquellos abocados a los asuntos de la fe o de lo contrario se corría el riesgo de que el mundo entero se convirtiera a la herejía.”

Lope de Vega, tardío opositor y beneficiario incuestionable del ignominioso invento, escribió en su Fuenteovejuna:

“No niego yo que de imprimir el arte

mil ingenios sacó de entre la jerga,

y que parece que en sagrada parte

sus obras guarda y contra el tiempo alberga,

y éste las distribuye y las reparte.

Débese esta invención a Gutemberga,

un famoso tudesco de Maguncia,

en quien la fama su valor renuncia.

Mas muchos que opinión tuvieron grave

por imprimir sus obras la perdieron,

tras esto, con el nombre del que sabe,

muchos sus ignorancias imprimieron.

Otros, en quien la baja envidia cabe,

sus locos desatinos escribieron,

y con nombre de aquel que aborrecían,

impresos por el mundo los envían.”

Ya que soy muy afecto a hilvanar temas aparentemente inconexos, me encuentro el día de hoy con esta breve nota. Stephen Wozniak, el barbudo, mega-geek y simpático cofundador de Apple, comentó en una conferencia reciente que “aunque las relaciones sociales ya no son cara a cara, la tecnología permite conectar a las personas que tienen los mismos gustos e inquietudes, personas que, por cierto, no son siempre las que están más cercanas físicamente”. Mr. Wozniak afirma que, en efecto, la tecnología actual está provocando un cambio social “que debe ser bueno”.

La Internet y los dispositivos móviles son los libros del pasado. Los que hoy están en contra de los primeros, como ayer di Strada y Lope, esgrimen los más sólidos argumentos.

Las relaciones cara a cara, aquellas que Wozniak soslaya, son las que han dado sustento a nuestra civilización, precisamente porque enfatizan el significado del lenguaje que emplean, y que ahora se pierden en la bruma del texto soso —además de falto de todo recato ortográfico— y la simpleza de los emoticones.

Las autoridades viales del mundo entero pueden constatar que, gracias al cambio social que Wozniak defiende, los accidentes automotrices se han incrementado porque a la gente le gusta más mandar mensajes mientras maneja que simplemente manejar.

Nos podemos dar cuenta de que en cualquier lugar, sea éste público o privado, y en cualquier momento hay cada vez más autistas encorvados sobre las pantallas de sus smartphones, al grado que hay iniciativas gubernamentales serias en distintos puntos del planeta para dotar a estos pobres discapacitados voluntarios con perros para guiar ciegos.

Los críticos más voraces de las redes sociales y de los chats sostienen que estos medios provocan en sus consuetudinarios usuarios neurosis tendientes a evadir la realidad de forma permanente. Al sustituir el mundo exterior por una pantalla plana carente de profundidad y contenido verdadero (porque hay que ver las noticias que a veces la gente publica o, al menos, difunde con histérico beneplácito), los cibernautas renuncian al mundo sensual que nos rodea, como los olores a caño de la Ciudad de México o al estridente sonido de las bocinas de los automóviles.

En realidad algo grave nos está pasando, algo que todavía no alcanzo a aprehender. Permítame dejo esta bici hasta este punto; creo que mi mamá está atrapada debajo de un edredón porque no cesa en llamarme desde que empecé a escribir esto en mi computadora.

Nos leemos la próxima semana, miércoles en punto de las 8 de la noche. No me olvide.

…¡Voy má!


Los copilotos que la vida dirigen sin saber maniobrar – El mundo desde mi bici CLIX

¿Por qué los pilotos de la Fórmula 1 pueden alcanzar velocidades tan vertiginosas de casi 370 km/h, como lo hicieron la semana pasada durante las prácticas del Gran Premio de México? Porque no tienen copilotos que los distraigan.

No tienen a nadie del lado derecho que les vaya diciendo que bajen la velocidad, que estén pendientes de la curva que está muy cerrada, que tengan cuidado con la viejita de enfrente, que no pisen la raya peatonal. Al parecer estos pasajeros con asiento privilegiado creen que su situación geográfica dentro del coche les da pleno derecho para criticar al conductor y, de esta forma, conducir virtualmente (en el sentido inglés de la palabra) cuando ellos, inclusive, no saben siquiera manejar.

Son los copilotos muy parecidos a los autores de libros de superación personal. Estos autores nos aconsejan sobre la forma correcta de llevar nuestras vidas, ya sea a través de la meditación reconcentrada, ya por medio de una alimentación a base de los más insípidos vegetales, ya por medio de prácticas de control del enojo que ni el mismo San Francisco hubiera sido capaz de seguir. Y es de muchas maneras tan paradójico esto, porque uno ve las vidas de estos escritores de pacotilla tan llenas de resquebrajamientos morales, sociales y familiares que hasta dan ganas de darles a leer uno de sus propios libros.

Ni qué decir de los críticos literarios. Ellos creen que por saber redactar ya saben escribir, y esto —según ellos— les da la autoridad suficiente para decidir si una obra “camina” o no. De hecho llama la atención que han sido muy pocos los críticos que se han atrevido a escribir aunque sea un texto con pretensiones literarias. La mayoría han fracasado cuando se les mide con la misma vara que han usado para medir a los demás. Por mi parte sólo conozco a uno que se convirtió en un excelente novelista: Leopoldo Alas, el autor de La Regenta. Y a él no se le recuerda como el crítico que fue, sino como el artista que es, lo cual significa toda una redención.

Empero los críticos no me molestan tanto como los comentaristas deportivos. El comentarista es una especie de aficionado superado, que no deja de ser aficionado, muy a pesar de él. El micrófono que tiene delante le permite proferir cantidades ingentes de necedades y su oficio, así al menos me lo parece, consta en decir la mayor cantidad en menor tiempo. Los comentaristas se permiten opinar sobre si aquel jugador superdotado y que gana millones, para asegurar el gol de la victoria, debió haber empleado la parte interna del pie o el empeine; si el short-stop de los Cubs debió haber tirado hacia primera base en vez de hacia segunda para conseguir el tercer out; si tal piloto hubiera frenado dos metros antes para evitar irse contra la barrera. Y esto lo hacen como si tuvieran conocimiento de causa, como si supieran bajar un balón que ha viajado por el aire por más de 50 metros, como si tuvieran la más remota idea de lo que es el sobre-viraje o el sub-viraje, como si tuvieran la agilidad y potencia suficientes que les permitiera lanzar una pelota con precisión balística hacia la primera base, como si tuvieran ojos en la nuca, como si de verdad hubieran practicado el deporte que “comentan”.

¿Y qué me dice usted sobre el aficionado ocasional? El que cuando hay olimpíadas se convierte en un experto en Tae-Know-Do, en esgrima o en el pentatlón moderno. El mismo que cuando se celebra un mundial de futbol afirma que el 4-4-2 es para mantener la posesión del balón, mientras que el 3-5-2 es para jugar “largo” (al que no sepa se lo dejo de tarea). No se diga de las decenas de miles de aficionados a las carreras que aparecieron el pasado fin de semana, que no sabían bien si los carros de Fórmula 1 eran los mismos que competían en las 500 millas de Indianápolis o en el rally de Montecarlo (o a lo mejor en ambos, quién sabe).

Todos ellos son, en pocas palabras, los que creen que ver los toros desde la barrera es los mismo que torear. Pero cuando se plantan frente a una vaquilla exangüe en un cortijo de quinta se les-va-el-alma-al-cielo y se ponen pálidos-como-el-papel. Hasta se les secan los labios a los pobrecitos.

Mas tengo la convicción de que este mal, el del copilotaje, es un mal que todos llevamos dentro, no sólo porque nos ha tocado ser copilotos alguna vez (¡aguas, que te caes en la coladera!), sino porque tiene algo que ver con nuestro destino. Sino explíqueme usted qué demonios he estado haciendo hasta este preciso momento: no he dejado de copilotear a los copilotos como si fuera el mejor de ellos, ¿o no?

Nos vemos el próximo miércoles, cada uno por su cuenta y sin ayuda, aquí, en punto de las 8 de la noche.


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