Ojo por ojo – El mundo desde mi bici CLXI

Imagen de: asisucede.com.mx

Imagen de:
asisucede.com.mx

La teoría del karma se puede explicar de este modo: usted haga algo hoy y mañana —o al ratito— se lo cobrará la vida (ésta o la que sigue o la que sigue o la que sigue [pero mejor que sea en ésta]), sea esto para bien o para mal.

Muchos capitalinos, incluyéndome a mí, hemos sufrido los baches de nuestras calles y avenidas. Las temporadas de lluvias, copiosas durante el verano en el centro del país, nos regalan cráteres nuevecitos dispuestos a romper hasta los neumáticos más resistentes.

Esto se debe, principalmente, a la baja calidad del encarpetado de nuestras vialidades. Un amigo norteamericano me preguntó el porqué de esta situación tan poco lógica, ya que es al propio gobierno al que más le interesa construir bien una calle, avenida o carretera y cuya calidad de construcción garantice un ahorro al erario por concepto de mantenimiento.

—Es por culpa del capitalismo —le contesté.

—¿Cómo? ¿Por qué? —me dijo con la cara llena de asombro.

Y le tuve que explicar todo el rollo. Resulta que en México las calles y avenidas son un servicio público que debe proveer el gobierno, pero cuya ejecución la deciden sus gobernantes. Los gobernantes organizan licitaciones en donde con inusitada frecuencia ganan sus amigos, amigos que por cierto antes se dedicaban a vender tortas de tamal en una esquina concurrida y que ahora, gracias a sus “ahorritos”, tienen una compañía constructora de clase mundial. Esa compañía constructora tiene que ser muy lista, porque debe construir la bonita calle o la linda avenida de tal forma que se vea impecable en la inauguración y que, sin embargo, dure sólo unos cuantos meses en buen estado. Entonces los gobernantes convocarán a una nueva licitación para darle mantenimiento a la calle o a la avenida recién estrenada. Esa licitación se le otorgará al constructor original, ya que él más que nadie sabe cómo está hecho el empedrado… perdone usted, el asfaltado. Las reparaciones, sobra decirlo, serán hechas de tal forma que también duren sólo unos meses para que se vuelva a dar el mantenimiento necesario y se convoque a una nueva licitación.

Esta práctica potencia las ganancias de la compañía constructora, porque gana haciendo la calle o avenida y gana también con los reiterados y necesarios mantenimientos de la misma. Es más. También gana el gobernante (y mucho), porque de cada etapa de este jugoso negocio se lleva una tajada (generosa o no, eso ya es cuestión de pericia política). Capitalismo tropicalizado, sí, mas capitalismo al fin.

Después de haber vivido algunos años, sé dos o tres cosas de esta vida. Una de ellas es que aparentemente los políticos nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca… pagan los platos rotos y ni siquiera se dan por enterados. Andan por la vida forrados de dinero o matando elefantes como el que más y ellos siempre tan campantes. Vaya, ni sudan los malditos.

Así que urdí un plan envuelto en un concurso. El concurso será un reality show y se llamará Lleva a pasear a tu gobernante y consiste en lo siguiente. El gobernante en turno sacará una esfera de una inmensa tómbola llena de esferas. Cada esfera tendrá impreso el nombre de un ciudadano de su demarcación. El gobernante así escogerá al agraciado ciudadano que lo llevará a pasear por las calles y avenidas de su distrito. Sólo hay una condición, que el ciudadano ganador vaya en una camioneta 4 x 4 último modelo (la cual por supuesto podrá conservar) y que ésta vaya jalando el carrito de madera con rodamientos a manera de ruedas en donde deberá subirse el gobernante. Para seguridad de éste último, se le amarrará al carrito (no vaya a ser que se nos caiga) y se le pondrá un casco de ciclista (no vaya a ser que se nos quede lelo por si se cae de todas formas). La única obligación del ciudadano es la de circular por todas las calles y avenidas a la velocidad límite permitida por la ley; es decir, cincuenta kilómetros por hora. Estoy seguro de que al menos el ortopedista del gobernante recordará para siempre (y con mucho provecho) esta magnífica aventura, ya que como dijimos, los políticos al parecer son inconmovibles, no así, sus espaldas.

Hace relativamente poco un amigo, dedicado a la política, me dijo que por andar criticando tanto algún día lo pagaría todo y con intereses. No sentí que esto fuera una amenaza. Viniendo de él sé que es más una mera ocurrencia. Le gustaría, por ejemplo, que un día un crítico, de esos que abundan por mis rumbos, me haga pedazos escribiendo cosas como “un escritor que no aporta nada, que se regodea en el lugar común y al que le gusta colocar las comas de forma por demás arbitraria” o “le falta profundidad, banaliza todo” o “en este país nos sobran escritores como él”. Cree mi amigo, románticamente, que la crítica es lo que más me puede. No sabe mi pobre amigo que lo que más me puede es estar escribiendo sobre las incompetencias de los políticos como él.

Todo se paga, tarde o temprano.

 

Nos vemos el próximo miércoles en punto de las 8 con una bici más, a pesar de todo.


Miedo, el sustento de la religión (por Bertrand Russell)

La religión se sustenta, creo, fundamental y principalmente en el miedo. Es parte el terror a lo desconocido y parte —como he dicho con anterioridad— el deseo por tener una especie de hermano mayor que estará a su lado ayudándolo a superar todos sus problemas y disputas. El miedo es la base de todo este asunto: el miedo a lo desconocido, el miedo a la derrota, el miedo a la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y por lo tanto no nos debe sorprender que la crueldad y la religión vayan de la mano. Esto se debe precisamente porque el miedo es el sustento de ambas cosas. Ahora empezamos a entender un poco más sobre el porqué de las cosas, y también un poco a dominarlas con la ayuda de la ciencia, que se ha abierto paso —poco a poco y no sin esfuerzo— a pesar de la [religión], a pesar de las iglesias y a pesar de la oposición de las viejas creencias. La ciencia nos puede ayudar a superar este miedo cobarde dentro del cual la humanidad ha vivido por muchas generaciones. La ciencia nos puede enseñar —e inclusive nuestros propios corazones también— a no buscar explicaciones fantasiosas, a no inventar aliados en los cielos, sino a encontrar a través de nuestro propios méritos, aquí, en la Tierra, el mundo mejor en donde queremos vivir, en vez del mundo actual que las iglesias han forjado a través de los siglos.

Lo que debemos hacer

Debemos poner nuestros pies sobre la tierra y ver directamente al mundo: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus horrores; ver al mundo tal cual es y no temerle. Conquistar el mundo a través de la inteligencia y no de forma sumisa gracias al temor que él infunde. El concepto de Dios es un concepto que se derivó de los antiguos despotismos orientales. Es un concepto indigno para los hombres libres. Cuando usted escucha a las personas en las iglesias denigrarse a sí mismas y sentirse terribles pecadoras —y todo lo demás que hacen relacionado con este tema— muestra una actitud que es despreciable e incompatible con seres humanos que se respetan a sí mismos. Debemos incorporarnos y ver al mundo con franqueza a la cara. Debemos hacer del mundo lo mejor que nos sea posible, y si el resultado no es lo bueno que hubiéramos querido, después de todo será mucho mejor que cualquiera de los mundos que hemos creado hasta ahora. Un mundo mejor necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita de falsos anhelos ni atar el libre pensamiento por medio de las viejas consejas proferidas hace mucho tiempo por hombres ignorantes. El mundo necesita esperanza para el futuro, no requiere de volver al pasado que, por cierto, ya está muerto, pasado que confiamos será fácilmente superado por el futuro que nuestra inteligencia es capaz de crear.

Fragmento traducido del libro Why I Am Not a Christian and Other Essays on Religion and Related Subjects de Bertrand Russell, publicado por Simon & Schuster, Inc., E.U.A., ISBN 0-671-20323-1, p.22 y ss. La traducción del inglés es libre y de un servidor.


La pérfida tecnología – El mundo desde mi bici CLX

Foto tomada de... una red social.

Foto tomada de…
una red social.

En el año de 1491, Venecia padecía los estragos de una lucha cultural intestina: la imprenta había llegado, y con ella la posibilidad de que una mayor cantidad de personas pudieran leer doctos libros antes confinados al scriptorium, ofreciendo así novedad, capacidad de entendimiento y crítica al mundo renacentista en ciernes.

Filippo di Strada, un monje dominico que también era copista en Murano, vio encarnados en la imprenta y en su innoble vástago, el libro, sólo graves amenazas (entre ellas, la de perder el trabajo, claro está). John Martin, en su libro Venice’s Hidden Enemies: Italian Heretics in a Renaissance City (copia que conseguí en Google Books), menciona que este monje aseveró que “la raza humana había estado muy bien desde la creación sin necesidad de tener libro alguno. Se quejaba (di Strada) sobre la forma en que los comerciantes sin escrúpulos vendían los libros baratos —algunos que sólo costaban dos o tres grossetti— a cualquier viandante. El libro era un invento que conllevaba las más serias consecuencias. Urgió a sus contemporáneos a quemar los libros, en especial aquellos abocados a los asuntos de la fe o de lo contrario se corría el riesgo de que el mundo entero se convirtiera a la herejía.”

Lope de Vega, tardío opositor y beneficiario incuestionable del ignominioso invento, escribió en su Fuenteovejuna:

“No niego yo que de imprimir el arte

mil ingenios sacó de entre la jerga,

y que parece que en sagrada parte

sus obras guarda y contra el tiempo alberga,

y éste las distribuye y las reparte.

Débese esta invención a Gutemberga,

un famoso tudesco de Maguncia,

en quien la fama su valor renuncia.

Mas muchos que opinión tuvieron grave

por imprimir sus obras la perdieron,

tras esto, con el nombre del que sabe,

muchos sus ignorancias imprimieron.

Otros, en quien la baja envidia cabe,

sus locos desatinos escribieron,

y con nombre de aquel que aborrecían,

impresos por el mundo los envían.”

Ya que soy muy afecto a hilvanar temas aparentemente inconexos, me encuentro el día de hoy con esta breve nota. Stephen Wozniak, el barbudo, mega-geek y simpático cofundador de Apple, comentó en una conferencia reciente que “aunque las relaciones sociales ya no son cara a cara, la tecnología permite conectar a las personas que tienen los mismos gustos e inquietudes, personas que, por cierto, no son siempre las que están más cercanas físicamente”. Mr. Wozniak afirma que, en efecto, la tecnología actual está provocando un cambio social “que debe ser bueno”.

La Internet y los dispositivos móviles son los libros del pasado. Los que hoy están en contra de los primeros, como ayer di Strada y Lope, esgrimen los más sólidos argumentos.

Las relaciones cara a cara, aquellas que Wozniak soslaya, son las que han dado sustento a nuestra civilización, precisamente porque enfatizan el significado del lenguaje que emplean, y que ahora se pierden en la bruma del texto soso —además de falto de todo recato ortográfico— y la simpleza de los emoticones.

Las autoridades viales del mundo entero pueden constatar que, gracias al cambio social que Wozniak defiende, los accidentes automotrices se han incrementado porque a la gente le gusta más mandar mensajes mientras maneja que simplemente manejar.

Nos podemos dar cuenta de que en cualquier lugar, sea éste público o privado, y en cualquier momento hay cada vez más autistas encorvados sobre las pantallas de sus smartphones, al grado que hay iniciativas gubernamentales serias en distintos puntos del planeta para dotar a estos pobres discapacitados voluntarios con perros para guiar ciegos.

Los críticos más voraces de las redes sociales y de los chats sostienen que estos medios provocan en sus consuetudinarios usuarios neurosis tendientes a evadir la realidad de forma permanente. Al sustituir el mundo exterior por una pantalla plana carente de profundidad y contenido verdadero (porque hay que ver las noticias que a veces la gente publica o, al menos, difunde con histérico beneplácito), los cibernautas renuncian al mundo sensual que nos rodea, como los olores a caño de la Ciudad de México o al estridente sonido de las bocinas de los automóviles.

En realidad algo grave nos está pasando, algo que todavía no alcanzo a aprehender. Permítame dejo esta bici hasta este punto; creo que mi mamá está atrapada debajo de un edredón porque no cesa en llamarme desde que empecé a escribir esto en mi computadora.

Nos leemos la próxima semana, miércoles en punto de las 8 de la noche. No me olvide.

…¡Voy má!


Los copilotos que la vida dirigen sin saber maniobrar – El mundo desde mi bici CLIX

¿Por qué los pilotos de la Fórmula 1 pueden alcanzar velocidades tan vertiginosas de casi 370 km/h, como lo hicieron la semana pasada durante las prácticas del Gran Premio de México? Porque no tienen copilotos que los distraigan.

No tienen a nadie del lado derecho que les vaya diciendo que bajen la velocidad, que estén pendientes de la curva que está muy cerrada, que tengan cuidado con la viejita de enfrente, que no pisen la raya peatonal. Al parecer estos pasajeros con asiento privilegiado creen que su situación geográfica dentro del coche les da pleno derecho para criticar al conductor y, de esta forma, conducir virtualmente (en el sentido inglés de la palabra) cuando ellos, inclusive, no saben siquiera manejar.

Son los copilotos muy parecidos a los autores de libros de superación personal. Estos autores nos aconsejan sobre la forma correcta de llevar nuestras vidas, ya sea a través de la meditación reconcentrada, ya por medio de una alimentación a base de los más insípidos vegetales, ya por medio de prácticas de control del enojo que ni el mismo San Francisco hubiera sido capaz de seguir. Y es de muchas maneras tan paradójico esto, porque uno ve las vidas de estos escritores de pacotilla tan llenas de resquebrajamientos morales, sociales y familiares que hasta dan ganas de darles a leer uno de sus propios libros.

Ni qué decir de los críticos literarios. Ellos creen que por saber redactar ya saben escribir, y esto —según ellos— les da la autoridad suficiente para decidir si una obra “camina” o no. De hecho llama la atención que han sido muy pocos los críticos que se han atrevido a escribir aunque sea un texto con pretensiones literarias. La mayoría han fracasado cuando se les mide con la misma vara que han usado para medir a los demás. Por mi parte sólo conozco a uno que se convirtió en un excelente novelista: Leopoldo Alas, el autor de La Regenta. Y a él no se le recuerda como el crítico que fue, sino como el artista que es, lo cual significa toda una redención.

Empero los críticos no me molestan tanto como los comentaristas deportivos. El comentarista es una especie de aficionado superado, que no deja de ser aficionado, muy a pesar de él. El micrófono que tiene delante le permite proferir cantidades ingentes de necedades y su oficio, así al menos me lo parece, consta en decir la mayor cantidad en menor tiempo. Los comentaristas se permiten opinar sobre si aquel jugador superdotado y que gana millones, para asegurar el gol de la victoria, debió haber empleado la parte interna del pie o el empeine; si el short-stop de los Cubs debió haber tirado hacia primera base en vez de hacia segunda para conseguir el tercer out; si tal piloto hubiera frenado dos metros antes para evitar irse contra la barrera. Y esto lo hacen como si tuvieran conocimiento de causa, como si supieran bajar un balón que ha viajado por el aire por más de 50 metros, como si tuvieran la más remota idea de lo que es el sobre-viraje o el sub-viraje, como si tuvieran la agilidad y potencia suficientes que les permitiera lanzar una pelota con precisión balística hacia la primera base, como si tuvieran ojos en la nuca, como si de verdad hubieran practicado el deporte que “comentan”.

¿Y qué me dice usted sobre el aficionado ocasional? El que cuando hay olimpíadas se convierte en un experto en Tae-Know-Do, en esgrima o en el pentatlón moderno. El mismo que cuando se celebra un mundial de futbol afirma que el 4-4-2 es para mantener la posesión del balón, mientras que el 3-5-2 es para jugar “largo” (al que no sepa se lo dejo de tarea). No se diga de las decenas de miles de aficionados a las carreras que aparecieron el pasado fin de semana, que no sabían bien si los carros de Fórmula 1 eran los mismos que competían en las 500 millas de Indianápolis o en el rally de Montecarlo (o a lo mejor en ambos, quién sabe).

Todos ellos son, en pocas palabras, los que creen que ver los toros desde la barrera es los mismo que torear. Pero cuando se plantan frente a una vaquilla exangüe en un cortijo de quinta se les-va-el-alma-al-cielo y se ponen pálidos-como-el-papel. Hasta se les secan los labios a los pobrecitos.

Mas tengo la convicción de que este mal, el del copilotaje, es un mal que todos llevamos dentro, no sólo porque nos ha tocado ser copilotos alguna vez (¡aguas, que te caes en la coladera!), sino porque tiene algo que ver con nuestro destino. Sino explíqueme usted qué demonios he estado haciendo hasta este preciso momento: no he dejado de copilotear a los copilotos como si fuera el mejor de ellos, ¿o no?

Nos vemos el próximo miércoles, cada uno por su cuenta y sin ayuda, aquí, en punto de las 8 de la noche.


Los encuentros inesperados – El mundo desde mi bici CLVIII

Imagen tomada de Google Maps

Imagen tomada de Google Maps

En el ya poco cercano año del 2002, un jovenazo de cabellera negra, porte garboso y sonrisa fácil conducía su auto último modelo por la calle de Sacramento, en la Colonia del Valle de esta Ciudad de México. A sólo unos 15 metros antes de llegar al cruce con el incesante eje vial de Ángel Urraza, nuestro héroe tuvo que hacer uso de toda la pericia adquirida, después de años de andar esquivando taxis y autobuses del transporte público. Un automóvil compacto de color rojo dio vuelta a toda velocidad y en sentido contrario sobre Sacramento. El héroe del coche último modelo encontró un pequeño resquicio entre dos automóviles estacionados en la acera derecha, que le permitió evadir lo que por un momento pareció el inevitable encontronazo de frente.

Con el corazón que se le salía del pecho, más por rabia que por susto, el garboso del buen garbo siguió desde su espejo retrovisor la loca carrera del demente de marras. Vio como aquel hombre se estacionó a media cuadra, sobre la banqueta. El joven hombrecillo salió del coche dando un portazo y se introdujo en una casa que hacía la función de oficina.

Nuestro héroe heroico se apeó del coche para tranquilizar los enconados ánimos que lo embargaban. Sacó una cajetilla de la bolsa de su camisa, encendió un cigarrillo y lo empezó a fumar con deliberada y honda calma. Estaba en estos menesteres cuando una patrulla se acercó desde calle abajo. La sonrisa le volvió a la cara a nuestro joven galán. Hizo que la patrulla se parara y le dijo a los policías: “Señores, buenas tardes. ¿Ven ese coche rojo estacionado frente al portón de esa casa?” Los policías, con mal disimulada curiosidad, miraron sobre su espejo retrovisor y asintieron interesados. “Pues a mí se me hace que el coche es robado, porque fíjense ustedes que…” Nuestro heroico héroe detalló a los agentes del orden el episodio recién acaecido. Los policías le dijeron: “¿Estaría dispuesto, si fuera necesario, a testificar frente al ministerio público?” El gallardo caballero dijo que sí.

Los policías, con lujo de sirenas y torretas en frenesí azulgrana, estacionaron la patrulla justo detrás del coche rojo, tocaron el timbre de la casa convertida en oficina y esperaron unos breves momentos. Un señor de bigote espeso, el muy probable cuidador del inmueble, salió a recibirlos. Intercambiaron dos palabras y el bigote espeso desapareció tras la puerta. Momentos después, el joven de aspecto turbio, ojos saltones y cabello ensortijado salió molesto. Los policías le dijeron algo y luego señalaron al galán del coche último modelo. Uno de ellos le ordenó al insigne quejoso que se acercara y el chofer (que no piloto) del auto rojo le dijo al caballero de fina postura, “¿Quién te da derecho a sugerir que MI coche es robado? ¿Tienes pruebas de ello? ¿Quieres que te demande, hijo de (aquí profirió algunas palabras que ni siquiera pretendo reproducir)?” El decente y muy educado jovenazo del coche bonito le dijo: “Mire, señor, si usted nos muestra una identificación oficial y los papeles del coche que acrediten que está a su nombre, lo dejamos en santa paz. De lo contrario, los policías tendrán que presentarlo ante las autoridades. ¿No creo que haya problema o sí?” El enrulado energúmeno sacó aparatosamente su cartera, le hizo escupir una credencial de elector, abrió su coche con violencia y luego la guantera con los mismos malos modos. Entregó enfadado a los oficiales la tarjeta de circulación y su identificación. Después de cinco minutos de revisar con pereza los documentos recibidos, uno de los policías dijo: “El coche sí es del señor. Con respecto al sentido contrario, usted dirá si vamos a la delegación, pero le advierto que es un caso perdido, porque es su palabra contra la de él y el juez los va a regresar justito por la puerta donde entrarán los dos.” El galán de la Del Valle decidió dejar las cosas como estaban. Agradeció a los policías y se retiró en su carrazo.

Los encuentros inesperados, así como el que le acabo de narrar, vienen envueltos de mil maneras. Los encuentros más comunes son, en cambio, pacíficos e inocuos.

Después de verla muchísimas veces en la televisión y en dos que tres películas algo picantes, me encontré al lado de Lorena Herrera cuando me ejercitaba en el área de las elípticas del gimnasio.

Ese mismo día, sólo unos momentos después, reconocí entre la afanosa multitud a un hombre de aspecto muy familiar. A ese señor lo ubicaba detrás de un mostrador, pero no sabía cuál: si el de la tienda de abarrotes de la esquina, del establecimiento de las tortas, de la taquería de enfrente o el de la vinatería de al lado. Cuando el hombre se perdió debajo de unas pesas y detrás de una morena imposible lo recordé de inmediato: era el dueño de la fonda en donde a veces voy a comer.

Si me preguntan con quién me gustaría encontrarme de improviso, diría que con la chica guapísima que conocí cuando iba en la preparatoria, con un entrañable amigo y, si tanto no se pudiera, al menos con un pariente querido que desde hace mucho no veo.

Pero el mundo no es así.

Uno se encuentra a la gorda ñoña y ridícula que sólo sacaba dieces en la escuela y que ahora se dedica a timar a cualquiera que se deje. O al tipo anodino que siempre se invitaba a las fiestas y que después exigía, lacrimoso, que lo llevaran a su casa. O al maestro de matemáticas, aquél que se ponía rojo como un tomate y gritaba como una abuela psicópata.

Mi carrera profesional me ha llevado por algunos lados. Uno de ellos fue el de vender bienes raíces, actividad que a la fecha recuerdo con amargura. Cuando estaba en ese negocio, me pidieron promocionar un edificio de apartamentos en plena construcción. Al menos en México se acostumbra vender apartamentos antes de que estos existan con el pretexto de que en preventa su precio es más bajo.

Los propietarios del proyecto tuvieron la decencia de rentar unas oficinas móviles para que allí atendiera a los (im)probables clientes. Recuerdo que desperdicié muchas tardes de mi vida haciendo llamadas y atestiguando la lentitud con la que un edificio se levanta.

Una de esas tardes, en donde otra vez parecía que ningún prospecto de cliente llegaría, apareció tras la puerta de la oficina una joven pareja. Querían informes y estaban entusiasmados.

Demostré el proyecto en la maqueta, les mencioné a detalle las ventajas de su ubicación, distribución y orientación. Ellos con interés estudiaron el folleto y la maqueta. Hacían preguntas, se asomaban repetidamente para ver la incipiente construcción y se imaginaban el edificio terminado.

El joven me llamó la atención porque se me hacía muy conocido, pero no ubicaba en dónde lo había visto. Platiqué con él y su mujer por largo rato, les ofrecí café y lo compartimos todos entre risas. Era una venta segura. Y él seguía pareciéndome muy conocido, pero no le dije nada.

Al final, les entregué las formas para que hicieran una oferta. Se fueron risueños y prometieron ponerse en contacto conmigo al día siguiente para darme el cheque del anticipo.

Iba de regreso a casa, exultante de alegría por la inminente venta. De pronto todo se ensombreció. Recordé de improviso en dónde había conocido al prospecto cliente. Los rulos y los ojos desorbitados de él eran los mismos del energúmeno que se me vino encima con un coche compacto rojo sobre la calle de Sacramento en la Colonia del Valle.

 

La siguiente semana, una bici infalible. Aquí, en punto de las 8 de la noche del miércoles.


A %d blogueros les gusta esto: