El primer caso de Zika en México

El primer caso documentado en México de un paciente con virus de Zika se dio en el año de 1965. El boletín semanal del Centro Médico del IMSS reportó que la señora Raquel Espinosa ingresó al hospital con fiebre moderada, aunque constante, conjuntivitis y exantema, síntomas que según la Sra. Espinosa presentaba desde hacía 5 días.
El Dr. Gutiérrez Martínez, especialista en epidiemología, identificó en la Sra. Espinosa los síntomas del mal de Uganda, ocasionado al parecer por la picadura de un mosquito.
Desafortunadamente la Sra. Espinosa mostraba un embarazo de 7 meses, del que habría de ser su hijo único y al que habría de bautizar con los nombres de Miguel Angel, su pintor favorito.
Un par de meses más tarde, en enero de 1966, nació el anhelado hijo y el pediatra a cargo le diagnosticó un severo caso de microcefalia. El padre de la criatura, el Sr. Mancera, vaticinó compungido que “dadas las penosas circunstancias, sólo falta que este pobre se nos haga regente de la ciudad”.


2015. Un año en fotos


Destino: la FIL – El mundo desde mi bici CLXIII

En un país que carece de lectores, una de las ferias comerciales más animadas es la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Recibe cada año (y mire que tiene 29 años de celebrarse) setecientos cincuenta mil visitantes. Participan durante más de una semana cientos de editoriales y también cientos de escritores. No sé de alguna otra exposición en México que supere a la FIL en popularidad.

Si es uno de esos que todavía lee algo, no se puede dar el lujo de no ir a este magno evento. Aquí se encuentran todos los libros sobre todos los temas y áreas del conocimiento humano. Todas las ciencias, todas las artes, toda la literatura y toda la autoayuda que uno necesite está, durante estos más de siete días, en Guadalajara.

Es tan vasta la exposición que se convierte en un ejercicio práctico de diversidad y tolerancia. Junto a los libros de ciencia pura y dura, presididos por El origen de las especies de Charles Darwin, encontramos los de la Sociedad Bíblica, cuya principal oferta es la Suma Teológica de Tomás de Aquino en pasta de cuero azul, estampado en oro e impresa como a Borges gustaba (no sé por qué, si no veía nada) en ochavo.

Es verdad que la gente que asiste a la FIL es muchísima. Hay veces en que para pagar un libro se tiene que hacer fila por más de un cuarto de hora entre codazos, miradas feroces y dos o tres pisotones “involuntarios”. Pero eso no es nada en comparación con la posibilidad de hacer trastabillar a Paulo Coelho o decirle, así en corto y directo al oído para que escuche bien, dos o tres verdades a doña Elenita Poniatowska o ponerle cara de circunstancias —como dicen mis amigos de Bogotá pero que en realidad son de Barcelona— a Guadalupe Loaeza. Si se llega con mucha fortuna, hasta podría participar en una conferencia a la que asistiera el mismísimo presidente y tener la oportunidad de preguntarle, una vez más, cuáles son los tres libros que han marcado su vida. Igual en esta ocasión nos dice que la verdad de a de veras para él, al igual que para el flamante gobernador de Nuevo León, lo que le gusta leer es el Libro Vaquero y también (vea que ya es bastante) Chanoc.

Cuando uno es o pretende ser escritor, tampoco-puede-perderse-esta-exposición. No hay mejor lugar para hacer un rápido pero exhaustivo estudio de mercado. Se puede conocer lo que está de moda (ya no, por favor, cincuenta sombras de nada ni novelas negras a lo Stieg Larsson), lo que los autores consagrados ofrecen (Vargas Llosa y Aguilar Camín incluidos); en pocas palabras, lo que el público lector anda buscando para meterse en la cabeza. Y no es que uno quiera cambiar de giro y largarse a escribir la gran novela de los muertos vivientes o psycho-thrillers seriados tipo John Katzenbach, pero sí se puede enterar qué editorial estaría dispuesta a publicarle sus textos que se pueden encasillar dentro del género de lo post-moderno casual relativista.

Los escritores, aunque unos lo nieguen, aquí nos encontramos en nuestro mero mole. No hay mejor lugar para presentar el nuevo y lindo libro contando con la invaluable compañía de verdaderos rock stars como lo son Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Christopher Domínguez Michael. Ellos saben bien como hacerle justicia a un buen libro. Aquí tiene la posibilidad de que algún reportero cultural despistado, aunque sea de la estación de radio de Zumpango de las Tunas, lo entreviste. Quien quita y alguien más lo oiga y le ofrezca una beca o, mejor aún, un mecenazgo de, digamos, Carlos Slim.

Como a esta exposición asiste tanta gente, es muy probable que se encuentre con algún lector suyo y que, además, éste lo reconozca. Aquí caben, sin embargo, dos posibilidades. Uno. Que lo empiece a alabar, que le pida firmarle la camiseta (a falta de libro) y que después lo invite a cenar opíparamente en el restaurante más caro de Guadalajara. Dos. Que, al contrario, le haga pedazos sus textos, le reclame ferozmente que cómo se atreve a escribir y que le sugiera recoger mejor todas sus cosas y luego irse a visitar al mismísimo demonio (lo cual no estaría nada mal, porque el viaje sería dantesco y por ende muy literario, con todo y Beatriz dentro del mismo paquete). A pesar de que Dos es más probable que Uno, siempre se agradece que alguien lo lea.

Es por estas cosas —y otras, que en este momento olvido— por las cuales no he ido a la FIL. Sin embargo, lector amigo, mi destino está marcado y nada puedo hacer en contra de él.

Nos vemos la próxima semana, cuando usted regrese de Guadalajara. Yo aquí, como siempre, lo espero el miércoles en punto de las 8 de la noche.


Alejandría, su legado – El mundo desde mi bici CLXII

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Sé que contiene más libros que cualquier otra biblioteca cristiana. Sé que, en comparación a vuestro caso, las de Bobbio o Pomposa, las de Cluny o Fleury parecen ser la habitación de un niño que apenas está aprendiendo los rudimentos del ábaco. Sé que los seis mil códices, de los cuales presumía Novalesa hace cien o más años, son pocos comparados con los vuestros y, muy probablemente, la mayoría de ellos estén ahora aquí mismo. Sé que vuestra abadía es la única luz que la cristiandad puede oponer a las treinta y seis librerías de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami; que la cantidad de vuestras Biblias equivale a dos mil cuatrocientos Coranes que son el orgullo de El Cairo, y que la realidad de todo esto es la evidencia más luminosa en contra de la altiva leyenda de los infieles que años hace reclamaban (íntimos como son del Príncipe de la Falsedad) que la biblioteca de Trípoli contenía seis millones de volúmenes y estaba habitada por ocho mil comentaristas y dos mil escribas.

Traduje el párrafo anterior de una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que tengo en libro electrónico y que está en inglés. El libro “original” mío, en idioma castellano, no lo encuentro por ninguna parte y temo que lo presté a alguien que —seguro— lo está usando ahora para apuntalar alguna mesa de su casa.

Hice esta traducción para ilustrar la fascinación que nos producen a algunos las bibliotecas. En fechas pasadas, dentro de dos grupos del feis que frecuento y que tratan ya de libros, ya de arte, una buena cantidad de compañeros han publicado fotos de distintas bibliotecas de todo el mundo: las 10 más grandes, las 5 más antiguas, las 15 mejores, las 20 más fascinantes. Todas son bellísimas y todas son especies de laberintos que prefiguran —diría Borges— el infinito, simulado éste por medio de simetrías idénticas, como las que se encuentran en un juego de espejos.

A pesar de esta fascinación, no frecuenté biblioteca alguna desde mis tiempos en la universidad. Y no lo hice porque precisamente las bibliotecas públicas en este país se encuentran en lugares ignotos y por lo tanto poco visitados por los seres humanos.

Desde su entrada a la universidad, Aquilio Galo y un servidor nos hemos convertido en unos verdaderos nerds. Aquilio, obligado por las exigencias de su carrera, se ve forzado a estudiar horas extra y en días de guardar. Yo he tenido últimamente la necesidad de aprender lo más posible sobre las materias que creía aborrecer, como las matemáticas, la lógica y (agárrese fuerte) la programación de sistemas de cómputo. Por mi trabajo convencional y por mi vocación a escribir lo más que puedo, me es casi imposible encontrar alguna ventana de tiempo para aprender sobre esas materias tan oscuras y prohibidas en las que me he interesado. Es así como Aquilio y yo hemos decidido encontrar un espacio propicio para estudiar juntos durante los fines de semana.

Hace unas cuantas semanas, dimos con un Starbucks que en su interior tiene una sala de juntas y un lugar perfecto para estudiar, los cuales están bien aislados de lo mundano y lo banal. No diré su localización porque no me interesa revelar el sitio de este último reducto de tranquilidad de esta ciudad y, tal vez, del país entero. Recuerdo que, además de adelantar mucho en nuestros respectivos estudios, nos la pasamos muy bien por el precio de un Mocha Capuccino Espresso Alto y un Lemon Tea Verde Venti.

Sin embargo esto no fue suficiente. Nuestra misión era encontrar un templo del saber que nos sirviera para enriquecer nuestros estudios. El único templo que se nos ocurrió fue una biblioteca pública. Y qué mejor que la biblioteca pública nacional, la Biblioteca Vasconcelos, edificada por instrucciones de un presidente que en vez de Borges pronunciaba Borgues, y en vez de Jorge Luis, lo bautizó con el nombre de José Luis, que por cierto ha de ser un gran cuate suyo.

Ir a un templo del saber de la magnitud de la Vasconcelos no es —ni debe serlo— fácil. A los castillos, al Santo Grial y a los templos del saber se llega sólo a través de una aventura. La aventura tuvo un nombre con todo y apellidos: Avenida de los Insurgentes, un domingo, a mediodía. Del extremo sur tuvimos que conducir hasta al extremo norte de la ciudad. Estuvimos todo el tiempo rodeados por coches que iban manejados por padres de familia dicharacheros y curiosos, cuyo único objetivo era el de pasear para luego encontrar un lugar en dónde comer con toda su prole. La velocidad media de estos paseantes no rebasaba los 20 km/h, así que nuestro recorrido, detenido también en diversas ocasiones gracias a la perfecta desincronización de los semáforos, tardó… casi una eternidad.

El tamaño del edificio que alberga la biblioteca es épico. Pensamos al llegar que dentro de semejante monstruo debían habitar más libros que los que hubo en la Biblioteca de Alejandría. La piel se nos puso chinita (lo sé, somos un par de ñoños) al vernos rodeados de tanta sabiduría. Caminamos un poco por sus largos corredores y encontramos un lugar propicio para ir a estudiar.

Después del azoro, notamos que el ruido, para ser una biblioteca, era significativo. La gente hablaba no en susurros, sino como si estuviera en la plaza pública. Dos niños, allá atrás, jugaban a los cochecitos. Creo que el del coche rojo ganó la carrera, porque el del coche azul se fue llorando con su mamá. Tal vez, me dije, esto se deba a que la biblioteca en verdad es demasiado grande.

Como sabía que estaba en un lugar extraordinario, me puse a buscar libros en su acervo que no encontraría normalmente en cualquier otro lugar: el Diccionario de los dioses y mitos del Antiguo Egipto (C.219.13 D46) y Todos los dioses del Antiguo Egipto (299.31 W55). Fui al sistema de cómputo (el cual me dio esas lindas referencias) y después me di a la tarea de encontrar la sección 200, en la que deberían estar estos volúmenes que, además, el sistema me marcaba como disponibles.

El arreglo de las secciones fue diseñado, aparentemente, por el dios del caos y la perdición. Junto a la sección 100 está la 900. Más adelante encuentra uno la 500. Del otro lado están la 700 y la 400. La 600 se ve que está muy a gusto junto a la 300, y de la 200, después de varios kilómetros de camino, todavía no tenía noticia alguna. Resulta que —¡claro!— estaba junto a la 800 que está un poco más arriba de la 100 pero al lado de la 300.

Caminé exhausto hacia los anaqueles que debían contener los libros que buscaba. Me llamó mucho la atención ver que muchos de ellos estaban desiertos y tuve un mal presentimiento. El presentimiento se cumplió, no estaban los libros que quería pero sí una interesante Historia de los Papas escrita por Leopold von Ranke.

Regresé a donde estaba Aquilio estudiando. Abrí mi computadora y me puse a buscar varios libros en la base de datos de la Vasconcelos. Será el sereno pero le atiné a todos: no había ninguno de los que buscaba. Pensé que era mi día de suerte y saliendo me compré un boleto de lotería. Por supuesto no gané nada.

 

Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche en el Starbucks.


Ojo por ojo – El mundo desde mi bici CLXI

Imagen de: asisucede.com.mx

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asisucede.com.mx

La teoría del karma se puede explicar de este modo: usted haga algo hoy y mañana —o al ratito— se lo cobrará la vida (ésta o la que sigue o la que sigue o la que sigue [pero mejor que sea en ésta]), sea esto para bien o para mal.

Muchos capitalinos, incluyéndome a mí, hemos sufrido los baches de nuestras calles y avenidas. Las temporadas de lluvias, copiosas durante el verano en el centro del país, nos regalan cráteres nuevecitos dispuestos a romper hasta los neumáticos más resistentes.

Esto se debe, principalmente, a la baja calidad del encarpetado de nuestras vialidades. Un amigo norteamericano me preguntó el porqué de esta situación tan poco lógica, ya que es al propio gobierno al que más le interesa construir bien una calle, avenida o carretera y cuya calidad de construcción garantice un ahorro al erario por concepto de mantenimiento.

—Es por culpa del capitalismo —le contesté.

—¿Cómo? ¿Por qué? —me dijo con la cara llena de asombro.

Y le tuve que explicar todo el rollo. Resulta que en México las calles y avenidas son un servicio público que debe proveer el gobierno, pero cuya ejecución la deciden sus gobernantes. Los gobernantes organizan licitaciones en donde con inusitada frecuencia ganan sus amigos, amigos que por cierto antes se dedicaban a vender tortas de tamal en una esquina concurrida y que ahora, gracias a sus “ahorritos”, tienen una compañía constructora de clase mundial. Esa compañía constructora tiene que ser muy lista, porque debe construir la bonita calle o la linda avenida de tal forma que se vea impecable en la inauguración y que, sin embargo, dure sólo unos cuantos meses en buen estado. Entonces los gobernantes convocarán a una nueva licitación para darle mantenimiento a la calle o a la avenida recién estrenada. Esa licitación se le otorgará al constructor original, ya que él más que nadie sabe cómo está hecho el empedrado… perdone usted, el asfaltado. Las reparaciones, sobra decirlo, serán hechas de tal forma que también duren sólo unos meses para que se vuelva a dar el mantenimiento necesario y se convoque a una nueva licitación.

Esta práctica potencia las ganancias de la compañía constructora, porque gana haciendo la calle o avenida y gana también con los reiterados y necesarios mantenimientos de la misma. Es más. También gana el gobernante (y mucho), porque de cada etapa de este jugoso negocio se lleva una tajada (generosa o no, eso ya es cuestión de pericia política). Capitalismo tropicalizado, sí, mas capitalismo al fin.

Después de haber vivido algunos años, sé dos o tres cosas de esta vida. Una de ellas es que aparentemente los políticos nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca… pagan los platos rotos y ni siquiera se dan por enterados. Andan por la vida forrados de dinero o matando elefantes como el que más y ellos siempre tan campantes. Vaya, ni sudan los malditos.

Así que urdí un plan envuelto en un concurso. El concurso será un reality show y se llamará Lleva a pasear a tu gobernante y consiste en lo siguiente. El gobernante en turno sacará una esfera de una inmensa tómbola llena de esferas. Cada esfera tendrá impreso el nombre de un ciudadano de su demarcación. El gobernante así escogerá al agraciado ciudadano que lo llevará a pasear por las calles y avenidas de su distrito. Sólo hay una condición, que el ciudadano ganador vaya en una camioneta 4 x 4 último modelo (la cual por supuesto podrá conservar) y que ésta vaya jalando el carrito de madera con rodamientos a manera de ruedas en donde deberá subirse el gobernante. Para seguridad de éste último, se le amarrará al carrito (no vaya a ser que se nos caiga) y se le pondrá un casco de ciclista (no vaya a ser que se nos quede lelo por si se cae de todas formas). La única obligación del ciudadano es la de circular por todas las calles y avenidas a la velocidad límite permitida por la ley; es decir, cincuenta kilómetros por hora. Estoy seguro de que al menos el ortopedista del gobernante recordará para siempre (y con mucho provecho) esta magnífica aventura, ya que como dijimos, los políticos al parecer son inconmovibles, no así, sus espaldas.

Hace relativamente poco un amigo, dedicado a la política, me dijo que por andar criticando tanto algún día lo pagaría todo y con intereses. No sentí que esto fuera una amenaza. Viniendo de él sé que es más una mera ocurrencia. Le gustaría, por ejemplo, que un día un crítico, de esos que abundan por mis rumbos, me haga pedazos escribiendo cosas como “un escritor que no aporta nada, que se regodea en el lugar común y al que le gusta colocar las comas de forma por demás arbitraria” o “le falta profundidad, banaliza todo” o “en este país nos sobran escritores como él”. Cree mi amigo, románticamente, que la crítica es lo que más me puede. No sabe mi pobre amigo que lo que más me puede es estar escribiendo sobre las incompetencias de los políticos como él.

Todo se paga, tarde o temprano.

 

Nos vemos el próximo miércoles en punto de las 8 con una bici más, a pesar de todo.


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