Alejandría, su legado – El mundo desde mi bici CLXII

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Biblioteca Vasconcelos. Imagen de: Miguel.

Sé que contiene más libros que cualquier otra biblioteca cristiana. Sé que, en comparación a vuestro caso, las de Bobbio o Pomposa, las de Cluny o Fleury parecen ser la habitación de un niño que apenas está aprendiendo los rudimentos del ábaco. Sé que los seis mil códices, de los cuales presumía Novalesa hace cien o más años, son pocos comparados con los vuestros y, muy probablemente, la mayoría de ellos estén ahora aquí mismo. Sé que vuestra abadía es la única luz que la cristiandad puede oponer a las treinta y seis librerías de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami; que la cantidad de vuestras Biblias equivale a dos mil cuatrocientos Coranes que son el orgullo de El Cairo, y que la realidad de todo esto es la evidencia más luminosa en contra de la altiva leyenda de los infieles que años hace reclamaban (íntimos como son del Príncipe de la Falsedad) que la biblioteca de Trípoli contenía seis millones de volúmenes y estaba habitada por ocho mil comentaristas y dos mil escribas.

Traduje el párrafo anterior de una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que tengo en libro electrónico y que está en inglés. El libro “original” mío, en idioma castellano, no lo encuentro por ninguna parte y temo que lo presté a alguien que —seguro— lo está usando ahora para apuntalar alguna mesa de su casa.

Hice esta traducción para ilustrar la fascinación que nos producen a algunos las bibliotecas. En fechas pasadas, dentro de dos grupos del feis que frecuento y que tratan ya de libros, ya de arte, una buena cantidad de compañeros han publicado fotos de distintas bibliotecas de todo el mundo: las 10 más grandes, las 5 más antiguas, las 15 mejores, las 20 más fascinantes. Todas son bellísimas y todas son especies de laberintos que prefiguran —diría Borges— el infinito, simulado éste por medio de simetrías idénticas, como las que se encuentran en un juego de espejos.

A pesar de esta fascinación, no frecuenté biblioteca alguna desde mis tiempos en la universidad. Y no lo hice porque precisamente las bibliotecas públicas en este país se encuentran en lugares ignotos y por lo tanto poco visitados por los seres humanos.

Desde su entrada a la universidad, Aquilio Galo y un servidor nos hemos convertido en unos verdaderos nerds. Aquilio, obligado por las exigencias de su carrera, se ve forzado a estudiar horas extra y en días de guardar. Yo he tenido últimamente la necesidad de aprender lo más posible sobre las materias que creía aborrecer, como las matemáticas, la lógica y (agárrese fuerte) la programación de sistemas de cómputo. Por mi trabajo convencional y por mi vocación a escribir lo más que puedo, me es casi imposible encontrar alguna ventana de tiempo para aprender sobre esas materias tan oscuras y prohibidas en las que me he interesado. Es así como Aquilio y yo hemos decidido encontrar un espacio propicio para estudiar juntos durante los fines de semana.

Hace unas cuantas semanas, dimos con un Starbucks que en su interior tiene una sala de juntas y un lugar perfecto para estudiar, los cuales están bien aislados de lo mundano y lo banal. No diré su localización porque no me interesa revelar el sitio de este último reducto de tranquilidad de esta ciudad y, tal vez, del país entero. Recuerdo que, además de adelantar mucho en nuestros respectivos estudios, nos la pasamos muy bien por el precio de un Mocha Capuccino Espresso Alto y un Lemon Tea Verde Venti.

Sin embargo esto no fue suficiente. Nuestra misión era encontrar un templo del saber que nos sirviera para enriquecer nuestros estudios. El único templo que se nos ocurrió fue una biblioteca pública. Y qué mejor que la biblioteca pública nacional, la Biblioteca Vasconcelos, edificada por instrucciones de un presidente que en vez de Borges pronunciaba Borgues, y en vez de Jorge Luis, lo bautizó con el nombre de José Luis, que por cierto ha de ser un gran cuate suyo.

Ir a un templo del saber de la magnitud de la Vasconcelos no es —ni debe serlo— fácil. A los castillos, al Santo Grial y a los templos del saber se llega sólo a través de una aventura. La aventura tuvo un nombre con todo y apellidos: Avenida de los Insurgentes, un domingo, a mediodía. Del extremo sur tuvimos que conducir hasta al extremo norte de la ciudad. Estuvimos todo el tiempo rodeados por coches que iban manejados por padres de familia dicharacheros y curiosos, cuyo único objetivo era el de pasear para luego encontrar un lugar en dónde comer con toda su prole. La velocidad media de estos paseantes no rebasaba los 20 km/h, así que nuestro recorrido, detenido también en diversas ocasiones gracias a la perfecta desincronización de los semáforos, tardó… casi una eternidad.

El tamaño del edificio que alberga la biblioteca es épico. Pensamos al llegar que dentro de semejante monstruo debían habitar más libros que los que hubo en la Biblioteca de Alejandría. La piel se nos puso chinita (lo sé, somos un par de ñoños) al vernos rodeados de tanta sabiduría. Caminamos un poco por sus largos corredores y encontramos un lugar propicio para ir a estudiar.

Después del azoro, notamos que el ruido, para ser una biblioteca, era significativo. La gente hablaba no en susurros, sino como si estuviera en la plaza pública. Dos niños, allá atrás, jugaban a los cochecitos. Creo que el del coche rojo ganó la carrera, porque el del coche azul se fue llorando con su mamá. Tal vez, me dije, esto se deba a que la biblioteca en verdad es demasiado grande.

Como sabía que estaba en un lugar extraordinario, me puse a buscar libros en su acervo que no encontraría normalmente en cualquier otro lugar: el Diccionario de los dioses y mitos del Antiguo Egipto (C.219.13 D46) y Todos los dioses del Antiguo Egipto (299.31 W55). Fui al sistema de cómputo (el cual me dio esas lindas referencias) y después me di a la tarea de encontrar la sección 200, en la que deberían estar estos volúmenes que, además, el sistema me marcaba como disponibles.

El arreglo de las secciones fue diseñado, aparentemente, por el dios del caos y la perdición. Junto a la sección 100 está la 900. Más adelante encuentra uno la 500. Del otro lado están la 700 y la 400. La 600 se ve que está muy a gusto junto a la 300, y de la 200, después de varios kilómetros de camino, todavía no tenía noticia alguna. Resulta que —¡claro!— estaba junto a la 800 que está un poco más arriba de la 100 pero al lado de la 300.

Caminé exhausto hacia los anaqueles que debían contener los libros que buscaba. Me llamó mucho la atención ver que muchos de ellos estaban desiertos y tuve un mal presentimiento. El presentimiento se cumplió, no estaban los libros que quería pero sí una interesante Historia de los Papas escrita por Leopold von Ranke.

Regresé a donde estaba Aquilio estudiando. Abrí mi computadora y me puse a buscar varios libros en la base de datos de la Vasconcelos. Será el sereno pero le atiné a todos: no había ninguno de los que buscaba. Pensé que era mi día de suerte y saliendo me compré un boleto de lotería. Por supuesto no gané nada.

 

Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche en el Starbucks.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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