La pérfida tecnología – El mundo desde mi bici CLX

Foto tomada de... una red social.

Foto tomada de…
una red social.

En el año de 1491, Venecia padecía los estragos de una lucha cultural intestina: la imprenta había llegado, y con ella la posibilidad de que una mayor cantidad de personas pudieran leer doctos libros antes confinados al scriptorium, ofreciendo así novedad, capacidad de entendimiento y crítica al mundo renacentista en ciernes.

Filippo di Strada, un monje dominico que también era copista en Murano, vio encarnados en la imprenta y en su innoble vástago, el libro, sólo graves amenazas (entre ellas, la de perder el trabajo, claro está). John Martin, en su libro Venice’s Hidden Enemies: Italian Heretics in a Renaissance City (copia que conseguí en Google Books), menciona que este monje aseveró que “la raza humana había estado muy bien desde la creación sin necesidad de tener libro alguno. Se quejaba (di Strada) sobre la forma en que los comerciantes sin escrúpulos vendían los libros baratos —algunos que sólo costaban dos o tres grossetti— a cualquier viandante. El libro era un invento que conllevaba las más serias consecuencias. Urgió a sus contemporáneos a quemar los libros, en especial aquellos abocados a los asuntos de la fe o de lo contrario se corría el riesgo de que el mundo entero se convirtiera a la herejía.”

Lope de Vega, tardío opositor y beneficiario incuestionable del ignominioso invento, escribió en su Fuenteovejuna:

“No niego yo que de imprimir el arte

mil ingenios sacó de entre la jerga,

y que parece que en sagrada parte

sus obras guarda y contra el tiempo alberga,

y éste las distribuye y las reparte.

Débese esta invención a Gutemberga,

un famoso tudesco de Maguncia,

en quien la fama su valor renuncia.

Mas muchos que opinión tuvieron grave

por imprimir sus obras la perdieron,

tras esto, con el nombre del que sabe,

muchos sus ignorancias imprimieron.

Otros, en quien la baja envidia cabe,

sus locos desatinos escribieron,

y con nombre de aquel que aborrecían,

impresos por el mundo los envían.”

Ya que soy muy afecto a hilvanar temas aparentemente inconexos, me encuentro el día de hoy con esta breve nota. Stephen Wozniak, el barbudo, mega-geek y simpático cofundador de Apple, comentó en una conferencia reciente que “aunque las relaciones sociales ya no son cara a cara, la tecnología permite conectar a las personas que tienen los mismos gustos e inquietudes, personas que, por cierto, no son siempre las que están más cercanas físicamente”. Mr. Wozniak afirma que, en efecto, la tecnología actual está provocando un cambio social “que debe ser bueno”.

La Internet y los dispositivos móviles son los libros del pasado. Los que hoy están en contra de los primeros, como ayer di Strada y Lope, esgrimen los más sólidos argumentos.

Las relaciones cara a cara, aquellas que Wozniak soslaya, son las que han dado sustento a nuestra civilización, precisamente porque enfatizan el significado del lenguaje que emplean, y que ahora se pierden en la bruma del texto soso —además de falto de todo recato ortográfico— y la simpleza de los emoticones.

Las autoridades viales del mundo entero pueden constatar que, gracias al cambio social que Wozniak defiende, los accidentes automotrices se han incrementado porque a la gente le gusta más mandar mensajes mientras maneja que simplemente manejar.

Nos podemos dar cuenta de que en cualquier lugar, sea éste público o privado, y en cualquier momento hay cada vez más autistas encorvados sobre las pantallas de sus smartphones, al grado que hay iniciativas gubernamentales serias en distintos puntos del planeta para dotar a estos pobres discapacitados voluntarios con perros para guiar ciegos.

Los críticos más voraces de las redes sociales y de los chats sostienen que estos medios provocan en sus consuetudinarios usuarios neurosis tendientes a evadir la realidad de forma permanente. Al sustituir el mundo exterior por una pantalla plana carente de profundidad y contenido verdadero (porque hay que ver las noticias que a veces la gente publica o, al menos, difunde con histérico beneplácito), los cibernautas renuncian al mundo sensual que nos rodea, como los olores a caño de la Ciudad de México o al estridente sonido de las bocinas de los automóviles.

En realidad algo grave nos está pasando, algo que todavía no alcanzo a aprehender. Permítame dejo esta bici hasta este punto; creo que mi mamá está atrapada debajo de un edredón porque no cesa en llamarme desde que empecé a escribir esto en mi computadora.

Nos leemos la próxima semana, miércoles en punto de las 8 de la noche. No me olvide.

…¡Voy má!

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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