Los copilotos que la vida dirigen sin saber maniobrar – El mundo desde mi bici CLIX

¿Por qué los pilotos de la Fórmula 1 pueden alcanzar velocidades tan vertiginosas de casi 370 km/h, como lo hicieron la semana pasada durante las prácticas del Gran Premio de México? Porque no tienen copilotos que los distraigan.

No tienen a nadie del lado derecho que les vaya diciendo que bajen la velocidad, que estén pendientes de la curva que está muy cerrada, que tengan cuidado con la viejita de enfrente, que no pisen la raya peatonal. Al parecer estos pasajeros con asiento privilegiado creen que su situación geográfica dentro del coche les da pleno derecho para criticar al conductor y, de esta forma, conducir virtualmente (en el sentido inglés de la palabra) cuando ellos, inclusive, no saben siquiera manejar.

Son los copilotos muy parecidos a los autores de libros de superación personal. Estos autores nos aconsejan sobre la forma correcta de llevar nuestras vidas, ya sea a través de la meditación reconcentrada, ya por medio de una alimentación a base de los más insípidos vegetales, ya por medio de prácticas de control del enojo que ni el mismo San Francisco hubiera sido capaz de seguir. Y es de muchas maneras tan paradójico esto, porque uno ve las vidas de estos escritores de pacotilla tan llenas de resquebrajamientos morales, sociales y familiares que hasta dan ganas de darles a leer uno de sus propios libros.

Ni qué decir de los críticos literarios. Ellos creen que por saber redactar ya saben escribir, y esto —según ellos— les da la autoridad suficiente para decidir si una obra “camina” o no. De hecho llama la atención que han sido muy pocos los críticos que se han atrevido a escribir aunque sea un texto con pretensiones literarias. La mayoría han fracasado cuando se les mide con la misma vara que han usado para medir a los demás. Por mi parte sólo conozco a uno que se convirtió en un excelente novelista: Leopoldo Alas, el autor de La Regenta. Y a él no se le recuerda como el crítico que fue, sino como el artista que es, lo cual significa toda una redención.

Empero los críticos no me molestan tanto como los comentaristas deportivos. El comentarista es una especie de aficionado superado, que no deja de ser aficionado, muy a pesar de él. El micrófono que tiene delante le permite proferir cantidades ingentes de necedades y su oficio, así al menos me lo parece, consta en decir la mayor cantidad en menor tiempo. Los comentaristas se permiten opinar sobre si aquel jugador superdotado y que gana millones, para asegurar el gol de la victoria, debió haber empleado la parte interna del pie o el empeine; si el short-stop de los Cubs debió haber tirado hacia primera base en vez de hacia segunda para conseguir el tercer out; si tal piloto hubiera frenado dos metros antes para evitar irse contra la barrera. Y esto lo hacen como si tuvieran conocimiento de causa, como si supieran bajar un balón que ha viajado por el aire por más de 50 metros, como si tuvieran la más remota idea de lo que es el sobre-viraje o el sub-viraje, como si tuvieran la agilidad y potencia suficientes que les permitiera lanzar una pelota con precisión balística hacia la primera base, como si tuvieran ojos en la nuca, como si de verdad hubieran practicado el deporte que “comentan”.

¿Y qué me dice usted sobre el aficionado ocasional? El que cuando hay olimpíadas se convierte en un experto en Tae-Know-Do, en esgrima o en el pentatlón moderno. El mismo que cuando se celebra un mundial de futbol afirma que el 4-4-2 es para mantener la posesión del balón, mientras que el 3-5-2 es para jugar “largo” (al que no sepa se lo dejo de tarea). No se diga de las decenas de miles de aficionados a las carreras que aparecieron el pasado fin de semana, que no sabían bien si los carros de Fórmula 1 eran los mismos que competían en las 500 millas de Indianápolis o en el rally de Montecarlo (o a lo mejor en ambos, quién sabe).

Todos ellos son, en pocas palabras, los que creen que ver los toros desde la barrera es los mismo que torear. Pero cuando se plantan frente a una vaquilla exangüe en un cortijo de quinta se les-va-el-alma-al-cielo y se ponen pálidos-como-el-papel. Hasta se les secan los labios a los pobrecitos.

Mas tengo la convicción de que este mal, el del copilotaje, es un mal que todos llevamos dentro, no sólo porque nos ha tocado ser copilotos alguna vez (¡aguas, que te caes en la coladera!), sino porque tiene algo que ver con nuestro destino. Sino explíqueme usted qué demonios he estado haciendo hasta este preciso momento: no he dejado de copilotear a los copilotos como si fuera el mejor de ellos, ¿o no?

Nos vemos el próximo miércoles, cada uno por su cuenta y sin ayuda, aquí, en punto de las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Los copilotos que la vida dirigen sin saber maniobrar – El mundo desde mi bici CLIX

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