Los encuentros inesperados – El mundo desde mi bici CLVIII

Imagen tomada de Google Maps

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En el ya poco cercano año del 2002, un jovenazo de cabellera negra, porte garboso y sonrisa fácil conducía su auto último modelo por la calle de Sacramento, en la Colonia del Valle de esta Ciudad de México. A sólo unos 15 metros antes de llegar al cruce con el incesante eje vial de Ángel Urraza, nuestro héroe tuvo que hacer uso de toda la pericia adquirida, después de años de andar esquivando taxis y autobuses del transporte público. Un automóvil compacto de color rojo dio vuelta a toda velocidad y en sentido contrario sobre Sacramento. El héroe del coche último modelo encontró un pequeño resquicio entre dos automóviles estacionados en la acera derecha, que le permitió evadir lo que por un momento pareció el inevitable encontronazo de frente.

Con el corazón que se le salía del pecho, más por rabia que por susto, el garboso del buen garbo siguió desde su espejo retrovisor la loca carrera del demente de marras. Vio como aquel hombre se estacionó a media cuadra, sobre la banqueta. El joven hombrecillo salió del coche dando un portazo y se introdujo en una casa que hacía la función de oficina.

Nuestro héroe heroico se apeó del coche para tranquilizar los enconados ánimos que lo embargaban. Sacó una cajetilla de la bolsa de su camisa, encendió un cigarrillo y lo empezó a fumar con deliberada y honda calma. Estaba en estos menesteres cuando una patrulla se acercó desde calle abajo. La sonrisa le volvió a la cara a nuestro joven galán. Hizo que la patrulla se parara y le dijo a los policías: “Señores, buenas tardes. ¿Ven ese coche rojo estacionado frente al portón de esa casa?” Los policías, con mal disimulada curiosidad, miraron sobre su espejo retrovisor y asintieron interesados. “Pues a mí se me hace que el coche es robado, porque fíjense ustedes que…” Nuestro heroico héroe detalló a los agentes del orden el episodio recién acaecido. Los policías le dijeron: “¿Estaría dispuesto, si fuera necesario, a testificar frente al ministerio público?” El gallardo caballero dijo que sí.

Los policías, con lujo de sirenas y torretas en frenesí azulgrana, estacionaron la patrulla justo detrás del coche rojo, tocaron el timbre de la casa convertida en oficina y esperaron unos breves momentos. Un señor de bigote espeso, el muy probable cuidador del inmueble, salió a recibirlos. Intercambiaron dos palabras y el bigote espeso desapareció tras la puerta. Momentos después, el joven de aspecto turbio, ojos saltones y cabello ensortijado salió molesto. Los policías le dijeron algo y luego señalaron al galán del coche último modelo. Uno de ellos le ordenó al insigne quejoso que se acercara y el chofer (que no piloto) del auto rojo le dijo al caballero de fina postura, “¿Quién te da derecho a sugerir que MI coche es robado? ¿Tienes pruebas de ello? ¿Quieres que te demande, hijo de (aquí profirió algunas palabras que ni siquiera pretendo reproducir)?” El decente y muy educado jovenazo del coche bonito le dijo: “Mire, señor, si usted nos muestra una identificación oficial y los papeles del coche que acrediten que está a su nombre, lo dejamos en santa paz. De lo contrario, los policías tendrán que presentarlo ante las autoridades. ¿No creo que haya problema o sí?” El enrulado energúmeno sacó aparatosamente su cartera, le hizo escupir una credencial de elector, abrió su coche con violencia y luego la guantera con los mismos malos modos. Entregó enfadado a los oficiales la tarjeta de circulación y su identificación. Después de cinco minutos de revisar con pereza los documentos recibidos, uno de los policías dijo: “El coche sí es del señor. Con respecto al sentido contrario, usted dirá si vamos a la delegación, pero le advierto que es un caso perdido, porque es su palabra contra la de él y el juez los va a regresar justito por la puerta donde entrarán los dos.” El galán de la Del Valle decidió dejar las cosas como estaban. Agradeció a los policías y se retiró en su carrazo.

Los encuentros inesperados, así como el que le acabo de narrar, vienen envueltos de mil maneras. Los encuentros más comunes son, en cambio, pacíficos e inocuos.

Después de verla muchísimas veces en la televisión y en dos que tres películas algo picantes, me encontré al lado de Lorena Herrera cuando me ejercitaba en el área de las elípticas del gimnasio.

Ese mismo día, sólo unos momentos después, reconocí entre la afanosa multitud a un hombre de aspecto muy familiar. A ese señor lo ubicaba detrás de un mostrador, pero no sabía cuál: si el de la tienda de abarrotes de la esquina, del establecimiento de las tortas, de la taquería de enfrente o el de la vinatería de al lado. Cuando el hombre se perdió debajo de unas pesas y detrás de una morena imposible lo recordé de inmediato: era el dueño de la fonda en donde a veces voy a comer.

Si me preguntan con quién me gustaría encontrarme de improviso, diría que con la chica guapísima que conocí cuando iba en la preparatoria, con un entrañable amigo y, si tanto no se pudiera, al menos con un pariente querido que desde hace mucho no veo.

Pero el mundo no es así.

Uno se encuentra a la gorda ñoña y ridícula que sólo sacaba dieces en la escuela y que ahora se dedica a timar a cualquiera que se deje. O al tipo anodino que siempre se invitaba a las fiestas y que después exigía, lacrimoso, que lo llevaran a su casa. O al maestro de matemáticas, aquél que se ponía rojo como un tomate y gritaba como una abuela psicópata.

Mi carrera profesional me ha llevado por algunos lados. Uno de ellos fue el de vender bienes raíces, actividad que a la fecha recuerdo con amargura. Cuando estaba en ese negocio, me pidieron promocionar un edificio de apartamentos en plena construcción. Al menos en México se acostumbra vender apartamentos antes de que estos existan con el pretexto de que en preventa su precio es más bajo.

Los propietarios del proyecto tuvieron la decencia de rentar unas oficinas móviles para que allí atendiera a los (im)probables clientes. Recuerdo que desperdicié muchas tardes de mi vida haciendo llamadas y atestiguando la lentitud con la que un edificio se levanta.

Una de esas tardes, en donde otra vez parecía que ningún prospecto de cliente llegaría, apareció tras la puerta de la oficina una joven pareja. Querían informes y estaban entusiasmados.

Demostré el proyecto en la maqueta, les mencioné a detalle las ventajas de su ubicación, distribución y orientación. Ellos con interés estudiaron el folleto y la maqueta. Hacían preguntas, se asomaban repetidamente para ver la incipiente construcción y se imaginaban el edificio terminado.

El joven me llamó la atención porque se me hacía muy conocido, pero no ubicaba en dónde lo había visto. Platiqué con él y su mujer por largo rato, les ofrecí café y lo compartimos todos entre risas. Era una venta segura. Y él seguía pareciéndome muy conocido, pero no le dije nada.

Al final, les entregué las formas para que hicieran una oferta. Se fueron risueños y prometieron ponerse en contacto conmigo al día siguiente para darme el cheque del anticipo.

Iba de regreso a casa, exultante de alegría por la inminente venta. De pronto todo se ensombreció. Recordé de improviso en dónde había conocido al prospecto cliente. Los rulos y los ojos desorbitados de él eran los mismos del energúmeno que se me vino encima con un coche compacto rojo sobre la calle de Sacramento en la Colonia del Valle.

 

La siguiente semana, una bici infalible. Aquí, en punto de las 8 de la noche del miércoles.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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