Cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna – El mundo desde mi bici CLVII

Pregunta fundamental que explica el cambio informático experimentado en los últimos diez años: ¿cuál es la diferencia entre MySpace o Hi5 y Facebook o Twitter?

Podremos especular que Hi5 perdió frente al feis porque este último es mucho más versátil y fácil de usar. El tuiter, por otro lado, es muy ágil y propicia la interconexión entre usuarios con intereses comunes. Podríamos agregar a esto toda una jerga de características tecnológicas por las cuales los (h)unos vencieron a los otros.

Ahorrémonos, por nuestro bien, un poco de tinta.

La diferencia entre esos viejos espacios cibernéticos y los actuales es sólo una: el chisme.

Navegar por el muro del feis, por ejemplo, significa enterarse de las dolencias físicas de aquel “amigo” que ya se siente (y se ve) un poco viejo; leer lo último sobre el divorcio de Gumersinda y Procasio; saber con minucioso detalle sobre las sodomías de Clodomira, y atestiguar de primera mano el incondicional amor que Eutanasia le profesa a sus mascotas y a todo ser vivo que habita este planeta, aunque ese animal sea un bicho de atroz ponzoña.

Me gusta navegar por el feis.

Estaba en eso el día de ayer, cuando me encontré con esta joyita que publicó un amigo mío de la prepa. Este amigo —permítame abundar un poco sobre él antes de mostrarle su ocurrencia— es un poco extraño, porque de todos los seres humanos que conozco, él es la única persona que le echa porras a los policías ¡mexicanos! y a las corporaciones para las que éstos trabajan. Pues bien, Carrillo (así lo llamaré provisionalmente) publicó esto en su muro:

“Sabes que te estás haciendo viejo cuando te caes y tus amigos, en vez de reírse, se preocupan.”

Es verdad. Con el paso del tiempo se ganan años, debilidades y, también, manías. Llega un momento en que tanta ganancia se nota.

¿Se acuerda de la película Mejor, imposible (As Good as It Gets)? El personaje principal era una persona mentalmente muy enferma (y que sólo pudo haber sido interpretada por alguien que estuviera igual de enfermo: Jack Nicholson), muy llena de manías y de prejuicios. Me divirtió mucho porque pensé que nadie (bueno, sólo mi suegro) podía llegar a esos extremos rayanos en lo ridículo: no pisar las líneas de la acera, usar sus propios cubiertos en un restaurante, lavarse las manos cada vez con agua hirviendo y un jabón nuevo, ir a los mismos lugares de siempre y sentarse en la misma mesa.

Otra cita que viene a cuento es la que encontré en el libro Giros Negros de Tocayo Serna y que dice: “La historia da tantas vueltas en círculo, que a veces los enemigos de la libertad resultan sus precursores involuntarios.”

No hablaré de libertad, hablaré de cuando uno se convierte en precursor involuntario.

Llevo algún tiempo frecuentando el mismo café. Está en una esquina de la Colonia del Valle, frente a un parque y detrás de una iglesia (en la cual, resulta, me bautizaron). Me acomoda la mesa que da al ventanal más amplio. Ahí puedo observar a las personas pasar. Tomo siempre un café estilo americano (es decir, diría un italiano, un expresso light) y ocasionalmente lo acompaño con un churro. Muchas bicis las he manufacturado ahí mismo, aunque prefiero no hacerlo y aprovechar el tiempo para leer la sección de deportes del periódico Reforma, que se distingue por hablar de todo menos de deportes.

A sólo dos cuadras de distancia están los “Helados de Pilares” (que en verdad tienen otro nombre, pero ése nadie lo recuerda). Lo mejor ahí es el helado de pistache y las nieves de limón y vino tinto.

Unos cuantos pasos más al sur se encuentra mi oficina, y si volteo hacia el norte encuentro mi taquería preferida. Casi enfrente está el gimnasio en donde trato de quemar las calorías del churro, del helado y de los tacos que me comí. Al lado está mi supermercado favorito, en donde casi nunca compro porque es muy caro (¡pero es que está tan bien puesto y venden cosas que se ven tan buenas!).

Tanto en el café, como en la heladería, la taquería, el supermercado y, por supuesto, el gimnasio me hablan por mi nombre. Esto me aterra.

Por eso acepto las invitaciones a salir de mis amigos más viejos, los del Colegio Alemán. Ellos escogen lugares que nunca frecuento: el restaurancito perdido, bien puesto y de menú exquisito en la colonia Condesa; el bar apropiado para gente como de mi vuelo en la Roma, el lugar más hip del momento en Polanco. Los paisajes poco familiares, las caras, los sabores, colores y texturas novísimos son excitantes y estimulan la inteligencia y la creatividad. Para mí son una especie de psicodelia contemporánea que me lleva al borde del vértigo más feroz.

Después de tan frenético jolgorio, usted me podrá encontrar sentado en la mesa de siempre, dentro del antiguo café de la esquina, frente al parque y detrás de la iglesia, la cual está a dos cuadras de mi oficina.

 

En virtud de lo anterior, lo espero –como siempre— aquí mismo el próximo miércoles en punto de las ocho de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna – El mundo desde mi bici CLVII

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