Manual para usar pluma fuente – El mundo desde mi bici CLVI

Imagen de: neeshcast.com

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Estuve observando como Don Balón (pero ya me reclamó airadamente Don Balón. Dice que ya no es Don Balón. Aunque le gusta —y mucho— el futbol, ya no lo practica como antes lo hacía. Me dice que de Don Balón sólo tiene el pasado y que su futuro es la abogacía. Así que tendré que rebautizarlo… Don Balón se convierte a partir de ya en Aquilio Galo, y lo llamo así nada más porque este jurista de la Roma clásica fue, además del creador de una serie de tecnicismos legales que se usan aún hoy en día y que no entiendo en lo absoluto, muy amigo de Cicerón.) Le decía entonces que estuve observando como Aquilio Galo escribía mensajes con sus dos pulgares a una velocidad de vértigo en su teléfono. Me hizo pensar en la impermanencia.

Las secretarias, ahora convertidas en asistentes ejecutivas, antes se apreciaban por su velocidad de escritura tanto taquigráfica como mecanográfica. Todavía a los de mi generación, sobre todo en la elitista escuela en la que tuve la oportunidad de estudiar (que no la fortuna, conste), nos daban clases de caligrafía y nos hacían escribir con pluma fuente. Presumíamos de tener una letra manuscrita redonda, grande y fluida.

Abominé la pluma fuente.

Envidié en mis primos la posibilidad que tenían para presentar sus tareas y apuntes con simples bolígrafos Bic. Una prima inclusive tenía plumas de varios colores y sus cuadernos de la escuela parecían cuadros de Pollock.

Al llegar a la secundaria, me informaron que “como ya era grande” podía utilizar cualquier artefacto de escritura, y no sólo para tomar apuntes, también lo podía hacer para presentar mis exámenes. Un compañero se compró una docena de bolígrafos verdes. Yo me compré bolígrafos azules. Me gustaba ser rebelde pero no llamar la atención.

Eso de la rebeldía debió habérseme notado en algún momento, porque la escuela elitista me pidió que buscara otra al final del segundo año de secundaria. Así que cambié de escuela, para un año más tarde volver a cambiar a otra. Hice después mis estudios profesionales y al mismo tiempo me puse a trabajar. Durante ese tiempo usé bolígrafos de todo tipo y me olvidé por completo de la pluma fuente, hasta que cumplí medio siglo.

Soy un comprador lúdico. Es decir, no me gusta comprar, me gusta ver lo que venden, que es muy diferente. Como todo comprador lúdico que se precie de serlo, tengo mis tiendas favoritas: las joyerías, las de ropa carísima, las agencias de coches de súper lujo y las papelerías departamentales.

Me divierto mucho en estas últimas. Tienen cantidad de cosas tan interesantes, que me puedo pasar las horas viendo los diferentes tubos de pinturas al óleo o los fascinantes colores Caran d’Ache que sirven para colorear como un primate o para hacer una exquisita pintura con técnica parecida al pastel.

Siempre me encuentro ahí con alguna sorpresa. Por ejemplo, cerca de las cajas de cobro venden unos robots chiquitos que muestran su funcionamiento interno (por cierto, también los venden en las librerías del Fondo de Cultura Económica). En el departamento de accesorios para cómputo venden un programa para crear animaciones como las de Pixar. El usuario no necesita siquiera saber dibujar para hacer su propia caricatura. Los atriles para libros son maravillosos, los hay desde los tradicionales hasta los portátiles. Se consiguen también unos contrapesos hechos con plomo y piel que sirven para mantener un libro abierto sin la necesidad de estarlo sujetando.

Una sección que me puede fascinar es la de las plumas. Hoy escribir con pluma sobre una hoja de papel parece ser un arcaísmo, sobre todo con el advenimiento de las computadoras, primero, de las agendas electrónicas, después, y de los teléfonos inteligentes, ahora mismo. ¡Y las hay tan bonitas! Hay de todos los colores, de estilos variados (embajador, ejecutivo, presidente de la república, mecánico y abarrotero), y de distintos tipos (bolígrafos, de gel, lapiceros, plumas fuente). ¡Plumas fuente!

Había una en especial que me hizo ojitos. El precio era elevado pero nada para mandar a la bancarrota a alguien. Junto tenía una etiqueta: 20 % de descuento en caja. No lo pensé. La compré y me la llevé.

Acostumbrado a los teclados de computadora y a los bolígrafos, la cosa se puso difícil cuando traté por primera vez —¡desde la primaria!— de escribir con mi flamante pluma fuente.

Cualquiera puede ejercer la presión que le venga en gana sobre un bolígrafo o una pluma de tinta gel. Estas plumas están diseñadas para soportar la presión de 150 kilopondios sin que su desempeño se vea mermado en lo más mínimo. En cambio, una pluma fuente… esa es otra historia.

Al escribir con ella mi letra fue dubitativa (más bien parecía la de un borracho). Me atemorizaba mucho el hecho de poder arruinar su fina punta. Además el artefacto a veces depositaba más tinta, otras menos y las más no quería ni escribir.

En esto de la escritura, sea cual sea, todo es por medio  de ensayo y error. No hay nada escrito ni camino andado. Mi experiencia me llevó a descubrir algunas cosas fundamentales para hacer buen uso de este fino instrumento, al menos en mi caso:

  1. Si se quiere utilizar una pluma fuente, lo primero que hay que hacer es perderle el miedo.
  2. Es necesario encontrar el punto de contacto adecuado. Por punto de contacto me refiero a la posición del instrumento con respecto a su propio eje.
  3. Es todavía más necesario hallar el ángulo perfecto de la pluma sobre la superficie.

Los datos que obtuve para los apartados 2 y 3 son los siguientes: el punto de contacto no puede ser mayor a 1 grado de rotación hacia la derecha, y el ángulo debe ser de 38.5 grados con respecto a la superficie sobre la que se escribe.

También influye el tamaño del cuaderno. Entre más chico se necesita una mesa más grande para poder mantener en posición el punto de contacto y el ángulo.

Una vez que se domina el método de la escritura con pluma fuente, se da uno cuenta de que si se necesita tomar una nota rápida o firmar un cheque o anotar el teléfono de alguien muy importante, no hay nada mejor que un bolígrafo.

 

La cita es aquí, el próximo miércoles a las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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