Una bici rusa – El mundo desde mi bici CLV

La palabra creación, su uso general al menos así la evoca, es una palabra mágica. Debido al abuso que de ella se hace en innumerables libros religiosos de todo signo, al creador se le considera como un ente capaz de hacer algo de la nada. El sinónimo de artista es precisamente el de creador. Esto nos hace creer que los creadores, los que componen una sinfonía o un texto literario, por ejemplo, dan vida a sus engendros de la nada.

Como a continuación se verá, las creaciones son producciones que vienen de otro lado más que de nuestra tan cacareada creatividad.

Estoy organizando (finalmente) algunos textos para darlos para su publicación. Son mis textos “serios”. Por serios me refiero a mis cuentos (que no son, o por lo menos no aspiran a ser, algo serio).

Soy un autor perezoso. Me gustaría que me calificaran como un autor “cuidadoso”, que no se precipita para publicar mucho y lo antes posible (como don Augusto Monterroso aconsejaba), pero la verdad es que no escribo tanto, sobre todo este tipo de productos textuales que aspiran a ser un poco más que simples apuntes al vuelo.

Para juntar un librito de cuentos que al menos tenga 100 páginas para que se precie de serlo, tengo que considerar casi todo lo que hasta ahora me he permitido escribir. Eso implica que no puedo desperdiciar muchos textos, ya que de otra forma…

Pues bien. Hace poco más de un año escribí un pequeño cuento, el cual me fue sugerido por una ocurrencia que escuché o leí en algún lugar del cual me gustaría acordarme.

La cuestión es que no encontraba este relato. Borges imaginó bibliotecas infinitas organizadas como un laberinto y libros igual de infinitos cuyas páginas, si se les daba la vuelta, no se volvían a encontrar. Las descripciones de esos espacios y objetos físicos se pueden aplicar a la organización de mis archivos electrónicos (que no virtuales, porque virtuales significa otra cosa). Hay, dentro de mi computadora, una cantidad de compartimentos y “carpetas” que bien pueden ser descritas como un laberinto casi infinito o como El libro de arena. Después de no pocos afanes, encontré el archivo dentro de una carpeta que estaba etiquetada como “Varios” (aquí también encontré el archivo con los récords de un juego de video que ya no tengo, una hoja de cálculo con los costos de importación de un producto que ya no comercializo, una canción de Billy Joel y la foto de bebé de Rockstar).

Este perdidizo relato, que me propongo incluir en mi primer libro de cuentos, versa sobre un personaje que es muy perezoso y que por su pereza tiene… Mire, antes de que siga con la reseña, si usted me lo permite, mejor corto y pego el texto. Así lee usted el cuento, que le prometo es en verdad corto (y así usted me lo comenta o me lo vuelve a comentar, porque ya se lo di a leer a varios amigos —y a lo mejor usted es uno de ellos— para escuchar sus opiniones; a ellos de antemano les pido una disculpa por hacerles leer de nuevo este pequeño relato):

Juan, el holgazán

Si la palabra abulia se hubiera encarnado, lo habría hecho en un muchachito como Juan. 

A Juan se le veía siempre encorvado, con la cabeza gacha colgándole entre los hombros flácidos. Caminaba con esos pies de plomo y lija arrastrándolos sobre el suelo. Sus ojos entornados que apenas veían y su facha de anteojos rotos, cabello revuelto y pantalones a medio caer eran blanco de todas las burlas de la escuela.

De alguna forma poco precisa aprobaba las asignaturas, porque siempre se le veía dormido en clase. Para evitar ser descubierto en estos sabrosos menesteres, se mandó hacer un corte de pelo a lo Príncipe Valiente y dejó que le cortaran el fleco justo debajo de los ojos. Lo maravilloso era su capacidad para mantener una postura digna: permanecía sentado a la perfección en su pupitre mientras dormitaba sin siquiera cabecear. Un día, el maestro de historia le levantó el fleco y lo descubrió dormido. 

De inmediato lo mandó a la dirección. El problema fue que el director estaba muy ocupado y su secretaria lo hizo sentar en la sala de espera. 

Juan se durmió en un tris. 

El director, al salir de su oficina para llamar al muchacho, lo encontró en deplorable estado. Pensó que Juan estaba muy enfermo. Así que el director llamó a su casa y habló con su madre. Ella llegó después de unos 20 minutos y lo recogió en el vestíbulo del colegio. Por supuesto Juan dormitaba otra vez. La mamá, harta, lo llevó de nuevo al médico. El doctor lo examinó y dijo que Juan necesitaba vitaminas, muchas, y alimentos ricos en azúcares, de estos más. Así que le mandó seguir una rigurosa dieta rica en verduras, frutas y pastelillos y helados de deliciosa manufactura. 

Juan, obediente, hizo lo que el médico y sus padres le ordenaron, pero sólo ganó una decena de kilos que se acumularon en sus costados, lo que por ende produjo que se volviera más abúlico que nunca. Desesperados, los padres lo mantenían despierto a base de fuertes dosis de cafeína. Su mamá lo mandaba a la escuela con un par de grandes termos llenos con café negro del Istmo. 

Esto ayudó, en tanto que Juan ya no se dormía. 

Lo malo fue que ahora empezó a ir muy seguido al baño, al grado que sus maestros temieron su muy probable deshidratación. Redujeron entonces el café, pero el niño se volvió a quedar dormido. Todos nos tuvimos que resignar a oírlo roncar.

Un día Juan no fue a la escuela. Faltó ese día, luego otro, después una semana, luego otra. 

Alfonso, que era su compañero de banca y se podría decir que por omisión su mejor amigo, nos dijo que a Juan lo encontró su mamá sentado en el sillón de la sala con la boca muy abierta. Al parecer el pobre se desnucó con un bostezo.

Hasta aquí el texto y el pretexto…

Resulta que este mismo fin de semana miraba abrumado uno de mis libreros. Por falta de espacio, tuve que organizar mis libros basándome en complicadísimas fórmulas fractales. Mis libros cupieron en el relativamente pequeño espacio, pero es casi imposible encontrar algún libro en específico.

Además, buscaba sin afán de encontrar. Tan sólo estaba ahí, sentado, mirando de frente al caos.

En la parte baja del librero, encontré dos volúmenes empastados en fina piel y sus títulos estampados con hoja de oro. Estos sendos libros relatan la historia alemana del siglo XIX y están escritos en alemán (obviamente) e impresos con letra gótica.

Saqué uno con la intención de hojearlo y ver sus finos grabados. Al hacerlo cayó al suelo una pequeña hoja de cuaderno, de tamaño esquela y cuadrícula chica. La hoja, cuyos bordes ya amarilleaban, contenía unos garabatos. Esos garabatos resultaron ser una nota mía que tomé hace más de treinta años y de la cual, en apariencia, me había olvidado por completo. Esa nota relataba, también con brevedad, las impresiones sobre mi primer día de clases en la preparatoria.

Comenté que estaba asombrado que los salones tuvieran más de cincuenta alumnos, todos ellos hombres (recuerde que anteriormente estuve en una escuela elitista y mixta, el Colegio Alemán), pero sobre todo me llamó la atención que uno de mis compañeros, desde la primera hasta la última hora de clases, se acurrucó en la butaca  para dormirse con la cabeza enterrada en su mullida chamarra de plumas de ganso francés. Otro compañero, apiadándose de él, lo despertó al final del día para que pudiera irse a su casa a seguir su sueño.

De alguna forma esto quedó olvidado en alguna covacha de mi cerebro (y por supuesto —¡qué sorpresa!— de mi librero) y poco después de más de treinta años, aprovechando un tuit o un comentario, no lo sé, insisto, afloró bajo mi pluma en forma de un cuento corto y cruel (pero, ojo, con otro nombre y otro aspecto, que no tienen nada que ver con los de mi compadre).

Así, estimado lector, que no le digan, que no le cuenten que la luna es de queso: los escritores y los demás creadores (incluyendo los metafísicos) nunca, nunca, nunca, nunca, nunca creamos algo de la nada. Es más, ni siquiera algo nuevo.

 

Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche en punto. Mi bici, de veras se lo prometo, no será tan Pero Grullo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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