De paseo por provincia – El mundo desde mi bici CLIV

León, Guanajuato. Foto de: Miguel

León, Guanajuato.
Imagen de: Miguel

La palabra en sí —provincia— es peyorativa. Lo es por su antecedente etimológico latino. Roma consideraba a todo territorio conquistado como provincia. Para los romanos, la provincia era sinónimo de barbarismo.

En nuestros días, se llama provincia a todo el país excepto a su capital. Esto, al menos en México, también agravia. Agravia porque nuestro ancestral centralismo somete al país entero a los caprichos de una metrópoli.

Esta situación logra ofender de muchas maneras.

En esta ciudad capital existe un dicho que dice que “fuera de la Ciudad de México todo es Cuautitlán”. Para mis amigos de otras latitudes, explico. Cuautitlán era, hace algunos años, muy feo. Era un lugar hecho de concreto quebrado, óxido y polvo, en donde la basura se regodeaba revoltosa al menor atisbo de viento. Hoy en día, Cuautitlán no es tan sucio —al menos en apariencia—, pero bonito, lo que se dice bonito, todavía no lo es. Este dicho, ergo sum, es más que una simple ofensa para los hermanos del interior de la república (expresión, esta última, políticamente correctísima), es reflejo de que el antiguo concepto romano se aplica sin variación semántica en la actualidad: la provincia, para el capitalino, es un lugar incivilizado y, sobre todo, sometido.

Los chilangos (gentilicio del habitante de la Ciudad de México según la RAE y dos compadres míos) presumimos de que en esta “bellísima” ciudad tenemos todo: teatro, museos, conciertos de todo tipo, galerías, restaurantes, bares, parques de diversiones y hasta agencias de marcas automotrices de súper lujo que, aparte de aquí, sólo se encuentran en Bahrein.

Los edificios de considerable altura (según nosotros, porque los que han podido ir a Nueva York, por ejemplo, han constatado que nuestras alturas arquitectónicas están todavía muy lejos de ser vertiginosas) nos permiten pensarnos como hombres de mundo, cosmopolitas por donde se nos vea, sabedores de los recovecos financieros, políticos, culturales y científicos del mundo entero, lo que nos permite ser muy liberales y de mente muy abierta. Mientras tanto, la escasa altura de las construcciones provincianas la vemos como producto evidente de una mente conservadora, dogmática y corta de miras.

Si hay algo que a los chilangos nos pueda desesperar es el “ritmo de vida” de provincia. Ahí todos parecen ir a dos revoluciones por minuto y lo adjudicamos, por supuesto, a la pereza. En la ciudad capital todo hay que hacerlo rapidito porque sino no da tiempo de hacer nada. Aquí vivimos, literalmente, al borde del infarto. En provincia se regodean en una pasividad pasmosa que les permite salir sólo 5 minutos antes de una cita y llegar (¡oh, sorpresa!) a tiempo. O darse el lujo de tomar una siesta después de la comida. O de ir al “Raquet” para echar una partida de tenis después del trabajo. O hacer todo esto junto en un día y tener tiempo aún para ver completo el noticiero de la noche.

No, aquí en la Capital estamos muy ocupados y no nos podemos dar el lujo de tanta banalidad y pérdida de tiempo.

Los chilangos, además, ostentamos las inmensas diferencias que nos separan de la provincia y esto nos gusta hacerlo, precisamente, cuando estamos en provincia. Allí les recordamos que los tres poderes de la unión están afincados en nuestra ciudad, que más del 20 % del PIB se produce sólo en este iluminado y privilegiado pedacito de tierra, y que lo último de la moda y la tecnología lo encontrarán aquí antes que en ningún otro lado.

Tengo la impresión de que tal vez sea por todo esto, que la gente de provincia en vez de organizar una revolución para emparejar las cosas y llevar a sus estados algo de lo muy bueno que tenemos por aquí, prefiera en cambio matar a un chilango y hacer patria.

Le voy a contar una anécdota personal que muestra el grado de inadecuación que nos separa a nosotros, los chilangos, de los demás mexicanos.

Hace poco más de un año fui a varias ciudades del interior de la república. Una de ellas fue León.

A mí, si usted no lo sabía, me pueden encantar los sombreros, y todavía más los de estilo vaquero. Debo reconocer que algo de Butch Cassidy o del Sundance Kid corre por mis venas. Sin embargo, cuando uso uno de estos sombreros en la ciudad, todo el mundo se me queda viendo como si fuera un marciano o un loco. Así que los guardo en mi recámara y me los pongo de vez en cuando sólo para verme furtivamente en el espejo.

Pues bien, pensé: como voy a provincia, ahí sí podré usar al menos uno de mis sombreros. Todos allá, al fin y al cabo, los usan. Me llevé —pero por supuesto— el más grande.

Llegando apenas a León me puse mi sombrero. Iba en el coche muy contento, aunque me preocupó un poco que sobre las aceras y en los coches vecinos no veía a nadie usando esta prenda. Miento, vi a una persona, que se perdió nada más dio vuelta en una esquina cualquiera.

En la recepción del hotel me recibió un joven muy sonriente. Al notar mi “acento”, me preguntó si era de la capital. Le respondí que sí. Su sonrisa se amplió y, viendo mi sombrero que llevaba puesto con mucho orgullo, me preguntó: “¿Y el caballo? ¿Lo olvidó en México?”

 

Lo veo mejor aquí el próximo miércoles a las 8 en punto con una bici menos “provinciana”.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “De paseo por provincia – El mundo desde mi bici CLIV

  • Erika Boeneker Méndez

    Una vez más puedo sonreir. Me gustan leer tus bicis. Me encantan. Me quitan de mi cabeza, tonterías, problemas y todo lo que esta ciudad nos aporta, sin nosotros quererlo.
    Las levantadas en la madrugada, pues si no lo hacemos así, llegamos tarde al trabajo. Comer a cien por hora, pues debemos atender una cita, que nos llevará un par de horas en llegar. Etc.
    Provincia? Seguramente que sí viven mejor, que nosotros los capitalinos.
    Espero que pase la semana rápido, para poder, el siguiente miércoles, disfrutar una vez, más de tus bicis.

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