Gente normal – El mundo desde mi bici CLIII

Imagen de: wiccaspain.es

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Hay algunas agrupaciones que me hicieron creer que fueron creadas por personas que tenían algo en común o para lograr un fin en particular. La SOGEM, sociedad que aglutina en su seno a los escritores mexicanos, me parecía formada no sólo por gente culta sino hasta simpática. Al CONACYT, institución que promueve la ciencia y la tecnología, lo concebía plagado de científicos de cabellos hirsutos e ideas brillantes, cuando en realidad sólo es un lugar más en donde una cantidad indeterminada de burócratas vive gracias a nuestros impuestos. Al Partido Verde lo suponía de ese color por su vocación ecologista y también por ofrecer a sus electores la esperanza de un mejor país.

El templo cuya principal virtud radica en albergar mamarrachos insufribles y sílfides portentosas es el gimnasio, dice la vox populi; vox, por cierto, que no siempre tiene la boca llena de razón.

Me inscribí hace poco a uno de estos templos por cuestiones de supervivencia, tanto física como existencial. No quiero pecar de recurrencia, mas es importante que lo aclare una vez más: mi edad no me ayuda. La mía es la edad de la crisis, es la edad del descubrimiento pleno que nuestro envase, es decir, nuestro cuerpo, tiene una fecha de caducidad inscrita con caracteres de fuego. Es por esta razón que uno se embarca en las empresas más absurdas para tratar de posponer todo lo posible esa fecha fatal.

Por otro lado, la cuestión física era bastante obvia. Hace sólo unas cuantas bicis, le comenté sobre mi doble papada y mi triple mentón, además de dos o tres dolores persistentes que ya ni con aspirinas se me quitaban.

Quise hacerle frente al problema de forma directa y sin rodeos. En cuerpo sano las molestias físicas arredrarían y la posible fecha de caducidad —que según los deterministas es indeleble— podría —según yo, que sólo soy determinista cuando me da la gana— posponerla aunque sea un poco más. Así que me inscribí sin titubear al gimnasio más cercano.

Cuando me inserto en ambientes nuevos soy bastante tímido. No soy de las personas que llegan con una gran sonrisa y empieza a saludar a todo aquél que se le cruza en el camino.

Mis primeros días en el gimnasio fueron días de entrenamiento duro y puro. Entraba al gimnasio como caballo con anteojeras: hacía mi ejercicio, sudaba como marrano, me bañaba y me iba. Con el tiempo, esta tensión anti-social se fue relajando y empecé a ver que, como yo, había muchos que sólo iban a lo que iban sin percatarse de la existencia de los demás. La mayoría de ellos, gentes normales.

Preciso. Hay dos muchachas, una altísima, la otra chaparra. Las dos están súper gorditas. A ambas les encanta dejarme en franco ridículo. La alta corre por lo menos una hora y media a un ritmo que yo no he logrado ni en un sprint de 5 minutos: 13 km/h. La chaparra hace desplantes por más de media hora cargando unas muñequeras que suman 18 kilos.

En la esquina sudoeste están los locos del Cross Fit. Ellas y ellos con toda certeza se están preparando para una guerra: boxean, cargan la llanta de un tractor, saltan barreras infranqueables, corren, levantan pesas, se cuelgan de cuerdas por minutos, vuelven a correr. Ninguno de ellos es Adonis o Diana, son personas que, cuando salen del gimnasio, visten de traje y se pierden entre la multitud de la calle.

Gente normal.

Tengo sólo un vecino de locker. Es delgado, de cara angulosa, se rapa mal el poco cabello que le queda, su mandíbula denota carácter y su mirada el mismísimo vacío. En varias ocasiones me lo he encontrado en el vestidor, alistándose para el ejercicio cotidiano. En varias de estas ocasiones le he dirigido la palabra, “buenas tardes”, “¡qué tal!”, “hoy la lluvia está intratable” y cosas por el estilo. En todas ellas me ha ignorado por completo. La última vez, de esto anteayer, le dije “¡hola!” dando por descontado que no me respondería. Lo hice para molestarlo. Por primera vez volteó su cabeza y me vio a los ojos con absoluta indiferencia. Tuvo ella (su mirada absolutamente indiferente) la extraña capacidad para helarme la sangre. Dio la media vuelta y se largó sin decir palabra al gimnasio, en donde, por cierto, nunca lo he visto haciendo ejercicio.

Sobre la banca que ocupó para cambiarse dejó olvidada una vieja tarjeta de presentación: E.A. Crowley, Non-Fiction Writer.

Gente común y corriente, al fin y al cabo.

 

La siguiente bici tal vez sea más imaginativa o tal vez no. Nunca se sabe hasta que se sabe. Le prometo de seguro una, no tan cualquiera, el próximo miércoles a las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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