Al que madruga… – El mundo desde mi bici CLII

Tengo un año de levantarme temprano.

No lo quiero engañar. ¡Por supuesto que me cuesta mucho trabajo salir de la cama! Es un esfuerzo descomunal el que debo hacer para poner los dos pies sobre la tierra.

Me levanto temprano porque sigo una vieja convicción. Una convicción que me arranca fuera del reino de los sueños y me arroja hacia la cotidiana realidad.

Estoy convencido de que si llego antes que los demás a la oficina, tendré suficiente tiempo para trabajar a solas y en santa paz. Durante ese tiempo, podría sacar el trabajo que me demanda mayor concentración y que, por ende, me exige de mayor quietud y silencio, ya que soy disperso por naturaleza.

Así las cosas, desayuno alrededor de las 7 de la mañana y salgo disparado a la oficina a más tardar las 7:30, sólo para toparme con un endiablado tráfico de microbuseros, taxistas y mujeres presurosas por llevar a la escuela a sus pequeños terribles. También a esa hora, los autobuses circulan por el carril izquierdo y los coches por el extremo derecho. Cuando esto sucede (que es un día y el otro también), me pregunto si los españoles que nos conquistaron vinieron de Gibraltar, porque todos aquí conducimos como ingleses; esto es, mal y al revés.

Entre bocinazos y finos recordatorios a todas las santas madres de este mundo, trato de abrirme paso entre los automóviles con mi motocicleta. Compruebo así que la materia de la que todo el Universo está hecho es bastante elástica y que no debería ser tan disparatado pensar que los camellos pueden atravesar el agujero de una aguja sin perder su camellez.

Cada día llego un poco más tarde a la oficina. Hace un año, llegaba al menos con una hora de anticipación. Ahora llego con poco más de 30 minutos antes que mis compañeros de trabajo.

Ya que no puedo empezar mi día sin primero haberme tomado una taza de café, preparo mi cafetera para hacer las tres tazas que me refino por la mañana. Mi cafetera es de ésas que usan filtro y que tardan en colar… bueno, el suficiente tiempo como para que mi primera taza de café me la empiece a tomar un par de minutos antes de la hora de entrada.

Esa hora completa que hace sólo unos meses me permitía preparar mi café y trabajar en los asuntos complicados se convirtió en nada. Esto me pone de malas, hago las cosas complicadas del trabajo aún más complicadas y, a eso de mediodía, me encuentro exhausto, hambriento y con principios de gastritis galopante. Espero con ansiedad el par de horas que restan para la hora de la comida.

No como mucho. Un sandwich y medio y una manzana o un plátano. Para engañarme sobre lo frugal de mis sagrados alimentos, me consiento con una barra de granola como postre.

Esto me mantiene vivo hasta las 4 de la tarde, hora todavía lejana a la salida y que me sorprende todavía con mucha hambre y tanta sed, como si me hubiera ido a correr al Sahara perseguido por un león famélico (y muy perdido). Regreso al malhumor. Después de dos horas que transcurren como lustros, finalmente puedo irme a casa sin remordimiento de conciencia.

El regreso es más espectacular que la travesía de la mañana. Hay tanto tráfico que sólo me deja tiempo para cenar —eso sí, como Dios manda: sopita, verduras, carne—, para leer tres párrafos del libro que afanosamente estoy leyendo y para perder el conocimiento hasta el día siguiente a la madrugada.

Antes de dormir, siempre tengo la esperanza de que si despierto temprano mi día será más productivo.

 

Nos vemos el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche, con un poco más de bici y menos de Sísifo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

8 responses to “Al que madruga… – El mundo desde mi bici CLII

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