Estados de excepción – El mundo desde mi bici CLI

Dice la siempre ubicua Wikipedia: “Un régimen de excepción (también conocido como estado de excepción o estado de emergencia) es un mecanismo contemplado en la constitución de un país en caso de que un presidente diga que existe alguna situación extraordinaria, como catástrofe natural, perturbación grave del orden interno, guerra exterior, guerra civil, invasión, o cualquier otro peligro considerado gravísimo, con la finalidad de afrontarlo adecuadamente.”

Por supuesto no voy a discutir aquí sobre ese estado de excepción nacional, sino sobre uno mucho más próximo y trascendente.

El estado de excepción al que me refiero es un conjunto de compartimentos estancos dentro de los cuales se coloca a la gente que, por estar en una situación presumiblemente distinta a la de la mayoría,  goza de algún privilegio exclusivo.

En estos estados de excepción se encuentran las mujeres, las personas de la “tercera edad”, aquellos con “capacidades diferentes”, los ciclistas y algunos otros grupos que más adelante mencionaré.

Las mujeres, durante muchos siglos, fueron consideradas como entes subhumanos. “Diseñadas” sólo para procrear, educar hijos, cocinar y lavar los calzones de los maridos, no gozaban de derecho alguno. Su ámbito era el hogar o el convento. Las calles sólo se usaban para ir los días de entre semana al mercado o los domingos a la iglesia.

Fue tal el recargo de conciencia de los hombres, que enmendaron su ancestral torpeza al grado del ridículo. Está muy bien que a las mujeres se les considere como seres humanos completos (siempre lo han sido, no entiendo cómo…), que se les dé el derecho a votar y a ser votadas, que tengan la libertad de educarse, prepararse y competir de tú a tú con cualquiera. Eso —todo— está muy bien.

Hasta que la cosa se salió del bacín.

Hay camiones enteros del transporte público exclusivos para las mujeres. Si el camión es para ambos sexos, las mujeres tienen un área reservada para ellas (los hombres por ende también, pero nuestra área se ve invadida constantemente por mujeres a las que no les gusta, en apariencia, gozar de sus exclusivos privilegios o les gusta el contacto humano cercano, qué se yo). A las damas que deciden seguir una carrera política —sean capaces o no para el puesto al que aspiran— tienen garantizado por lo menos el 50 % de las candidaturas de mayoría relativa o proporcional para los congresos local y federal, como también para los puestos ejecutivos en los tres niveles de gobierno (es decir, municipal, estatal o federal). Si además de mujer se está embarazada, entonces tendrá lugares especiales en los estacionamientos públicos y asientos reservados en el metro. Esto de los privilegios a la mujer ha llegado muy lejos, al grado de que algunas —que se niegan a ejercer sus obligaciones como madres— se hacen abuelas antes de tiempo.

Ahora ser persona de la “tercera edad” —o sea, un viejito— parece ser una especie de minusvalía. Al menos es a la conclusión a la que he llegado. Por ejemplo, hace sólo unas semanas vi estacionarse a un BMW rojo en un lugar reservado para las personas con “capacidades diferentes”. El coche no llevaba placa especial que lo acreditara como vehículo de alguna persona con discapacidad. Se bajó del coche un señor no mayor a los setenta años. Llevaba pants, tenis y una vitalidad que presumió sin empacho, cuando corrió jovialmente hasta la entrada de la tienda. Tal vez el señor crea que su edad le permite estacionarse en donde quiera. Yo más bien creo que tiene el derecho a estacionarse en estos lugares reservados porque, en efecto, el señor debe padecer alguna minusvalía cerebral.

Pero me quejo de nimiedades. Lo de las mujeres, los viejos y los minusválidos no es nada. Hay estados de excepción que son intolerables.

Mire que lo digo yo, que me precio de andar en bici (y también de hacerlas). Los ciclistas se han convertido en una seria amenaza. Circulan en sentido contrario, invaden las aceras, no respetan las señales de tránsito, andan temerariamente entre los coches y, para rematar, hacen todo esto creyendo que tienen el justo derecho a ello. Refirió alguien que estaba haciendo cola para las tortillas que, de pronto, una persona se metió en la fila. Ante las protestas generalizadas, esa persona contestó enfadada: “¡No me repriman! ¡Qué no ven que vengo en bici!”

Con el regreso al poder del antiguo régimen apareció una especie de prehomínidos que creía extinta: los guaruras. Los guaruras (preciso para mis amigos no mexicanos) son los escoltas de seguridad. Estos neanderthales se transportan con prepotencia e impunidad en coches y camionetas negros. No sé quién les otorga las licencias para conducir y para portar armas, pero debe ser un prehomínido de la misma especie o al menos alguien muy afín a ellos. Si alguna vez se encuentra con estos macacos en la calle, cédales el paso, recuerde que las calles son de ellos y de nadie más, ni los mismísimos taxistas les pueden hacer frente (ni siquiera aquellos —violentísimos— que se oponen con fiereza a Uber).

Y todavía no me decido por escoger quién es peor: si los prehomínidos asesinos o los políticos que los contratan.

Fíjese usted que los políticos son los únicos seres que viven en un estado de excepción excepcional, válgame usted la redundancia. No pagan impuestos y, sin embargo, se los roban. Reciben regalos en forma de casas blancas (por decir lo menos) de las empresas que ellos mismos designan como sus proveedores. Tienen la facultad de nombrar a sus auditores para que avalen la legalidad de sus actos ilícitos. Y, por si fuera poco, son los únicos facultados para hacer uso de la fuerza “pública” como mejor les convenga sin tener que darle cuentas a nadie.

No nos debería sorprender que la “sociedad civil” restante esté buscando (y encontrando) su propio estado de excepción que la “proteja” de los demás.

 

El miércoles de la próxima semana a las 8 en punto, la cita es, como siempre, aquí.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “Estados de excepción – El mundo desde mi bici CLI

  • Erika Boeneker Méndez

    Estoy de acuerdo, con el final.
    Pero soy una persona de la “Tercera Edad” ¿Y creen ustedes que se nos respeta? Pues no. En el transporte público, se sientan primero los hombres y luego los hombres, y así per secula seculorum; los chiquillos (sus madres se quedan paradas) y luego por que se ven machos por todas partes? Pues por que esa madre los educa así.
    Bueno, ¿ya se subieron en Tasqueña al tren ligero? Empujones y empujones, para tomar el asiento de la gente mayor o minusválida, que obviamente se queda parada.
    El ejemplo que pones del señor del BMW, pues puede que tenga minusvalía cerebral. Pero deberían de pensar todos esos mequetrefes, que sí hay personas que tienen que estacionar sus carros en esos lugares.
    ¡EDUCACIÓN!
    He dicho.

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