La autopista del sur y el regreso a clases – El mundo desde mi bici CL

Imagen de: egiptolandia.blogspot.es

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Se ha dicho muchas veces que la literatura y la realidad son las dos caras de la misma moneda. También se ha dicho que la realidad supera a la ficción más enfebrecida. Usted bien sabe que yo me he sumado a estos decires, argumentando de tal o cual manera a su favor en distintas ocasiones. Tal vez esta teoría de los vasos comunicantes entre los asuntos de la imaginación y los que en “verdad ocurren” no sea del todo correcta.

Este inicio de semana sufrimos en México un nuevo inicio de clases.

Las mamás, después de tener a sus pequeños terribles en casa por más de un mes, se alegraron secretamente con el advenimiento de un nuevo ciclo escolar. Al menos por medio día de cinco días de la semana se desharían de sus hijos y de sus espeluznantes ocurrencias.

Para su desgracia, el contento no duró mucho. De hecho terminó prematuramente el lunes por la madrugada, cuando tuvieron que llevar a sus hijos por primera vez a la escuela y se vieron atrapadas, junto con sus pequeños terribles, en medio de un mar de tráfico que ni Dios padre pudo remediar.

Se especula que la gente, anticipando el convulso tráfico que se suscitaría, decidió salir más temprano de su casa. Lo malo fue que todo mundo pensó lo mismo y salió a la misma hora, provocando así el desastre vial que pretendían evitar.

Brevísima descripción del pandemónium.

Hace muchos años, las queridas madres de familia conducían coches más bien chicos. En aquellos tiempos, en donde el más grosero sexismo campeaba, los hombres se compraban sus Galaxy y sus Caprice —tremendos coches capaces de albergar una sala de tres piezas (love-seat incluido) en su interior—, mientras que a sus esposas y a sus hijos les dejaban el vochito (Volkswagen para los que no son del país) o su renolito 5. En aquellos años de incorrección política desenfrenada, las mujeres conducían como damas.

Hoy en día, mediada la liberación femenina y su consecuente equidad de género, las mujercitas se encuentran equipadas con camionetas de no menos de 2 toneladas de peso. Por supuesto, ahora no conducen como damas, si no como choferes de microbús. A la menor provocación arrojan su lámina, se echan en reversa, circulan en sentido contrario y se abren paso a como dé lugar. Sobra decir que el primer día de clases, cuando más tráfico hay, su agresividad aumenta y, si no se está bien pendiente, puede quedar uno aplastado debajo de una camioneta Jeep o, de preferencia, Suburban.

Los policías, a los cuales se les entrena con anticipación para ejecutar operativos de prevención para días de crisis como éstos, estacionan sus patrullas y motocicletas en lugares estratégicos. Y son tan estratégicos los lugares que escogen que, en vez de promover el libre y ordenado flujo de los vehículos, lo entorpecen aún más, formando estupendos cuellos de botella que ni el más sabio de entre los sabios podría haber concebido. No es raro encontrar en el interior de las estorbosas patrullas a dos agentes de tránsito desayunando —con deleite y voracidad— sendas tortas de tamal (guajolotas, para los chilangos) o echando una siesta tempranera que repare el sueño perdido durante la noche.

Hay cada vez más gente que utiliza bicicletas o motocicletas, inclusive para llevar a sus hijos a la escuela. Esta súbita popularidad por los vehículos de dos ruedas explica que ahora se les encuentre circulando con absoluta impunidad sobre las banquetas y sobre las calles pero en sentido contrario. Al tiempo que esto sucede, los automovilistas, tratando de sacar la mayor ventaja posible, circulan sobre las semi-desiertas ciclovías.

A los peatones, que no pueden caminar sobre las banquetas so pena de ser atropellados por una bici o por una moto, no les queda más que moverse en grandes grupos, tal y como lo hacen los peces que se juntan en grandes cardúmenes para protegerse de los depredadores. Es aquí cuando la gente se comporta como un hato de reses y decide cruzar las calles y avenidas por donde le viene en gana, aunque la vía que cruce sea “rápida” y de “acceso restringido” (lo que sea que esto signifique).

El primer día de clases en la Ciudad de México es el más fiel reflejo de la ley de la selva, la apoteosis de la lucha por la supervivencia: Darwin desatado (en inglés, hasta serviría para título de una película: Darwin Unleashed).

En estas circunstancias es posible evocar el famoso relato de Julio Cortázar, La autopista del sur, e inclusive hasta se podría recomendar como lectura apropiada. Sin embargo, no viene mucho al caso. El relato de Cortázar es una metáfora Rousseau, en donde una situación extrema sirve para reflejar cómo una sociedad se organiza y funda los poderes fácticos y sus contrapesos que la gobiernan (es decir, es una obra de la más pura ficción). Lo que en la Ciudad de México ensayamos cada inicio de clases es —para ser precisos— el fin del mundo.

 

Si esto no se acaba antes, nos vemos aquí el próximo miércoles en punto de las ocho de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “La autopista del sur y el regreso a clases – El mundo desde mi bici CL

  • Erika Boeneker Méndez

    Claro, y uno que va a trabajar, en vez de hacer m.o.m. una hora de camino, hace dos. Pero no nada más pasó este lunes, pues nos encontramos también una peregrinación sobre Calz. de Tlalpan, que iba a Chalma. E iba acompañada hasta con caballos que circulaban, “en sentido contrario”.

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