Mitología mexicana – El mundo desde mi bici CXLVIII

Toda nación se construye un sistema ficticio para sustentar su razón de ser. Alemania es esforzada e inflexible. Inglaterra nunca llega tarde. Argentina es humilde.

Estos estereotipos son el andamiaje “objetivo” que da el sentido de pertenencia a un conjunto de personas ubicadas en un territorio —gracias a los afanes de la diosa Fortuna— y que dicen tener la misma nacionalidad.

En México afirmamos que somos muchas cosas. Todas ellas, por supuesto, son muy agradables a propios y extraños. Una de ellas es la convicción de que nuestra cerveza es de las mejores del mundo.

Al historiador y al sociólogo competentes esta aseveración les causará cierto asombro. ¿Cómo es posible que una sociedad con fuertes lazos españoles y prehispánicos, culturas ambas que nunca se distinguieron por su producción cervecera (sobre todo la prehispánica que casi sólo conocía de pulques), se ostente ahora como experta productora de esta bebida?

Es probable que esto explique el fenómeno: México decidió producir cerveza en serio cuando se independizó de España.

Como todo país recién independizado, México tuvo la necesidad urgente de fijar su identidad nacional. Pronto los independentistas se dieron cuenta de que definir esta identidad es como ponerle puertas al campo, así que recurrieron a la varia invención.

¡Y qué mejor que empezar por las bebidas embriagantes! Así como Francia se distingue por sus vinos y Japón por el sake, México tiene el pulque, el mezcal, el tequila y la cerveza. Como el tequila, el pulque y el mezcal ponían en estado incróspido a la mayoría de los mexicanos, los próceres patrios decidieron que era más digno fomentar el consumo de la cerveza, que tenía la virtud, según ellos, de no causar los terribles estragos físicos y mentales que producían las otras bebidas nacionales. Así que las primeras discusiones en el recién inaugurado congreso mexicano giraron en torno al otorgamiento de la concesión para la producción de cerveza —como política eficaz de salud pública— y no, como mucha gente aún lo supone, en erigir a don Agustín de Iturbide en Su Alteza Serenísima.

La producción del burbujeante líquido quedó en manos inglesas, primero, y en manos alemanas, años después.

Es harto probable que nada más por el hecho de que la malta se importaba y la cerveza era confeccionada por un puñado de extranjeros, que nos hayamos hecho a la idea de que nuestra cerveza se convirtió en una de las mejores del mundo.

Esta deducción se vio reforzada gracias a una incontrovertible verdad: la cerveza mexicana es mucho mejor que la gringa. Precisaré, para el lector ocasional que no conozca la pertinencia de esta aseveración, que a los mexicanos nos da a veces por creer que el mundo empieza en el Suchiate y termina en algún barrio de la ciudad de Chicago.

Y a pesar de lo anterior, es verdad: nuestra cerveza es muy superior a la norteamericana. Bueno, para ser honestos cualquier bebida, incluyendo el agua de charco, lo es.

Afirma Popper que toda teoría científica debe llevar implícita su posible refutación. Esta refutación puede provenir de uno de los enunciados que componen la teoría, si se descubriera que éste contraviene la lógica intrínseca a la misma. También se puede dar debido a un acontecimiento —objeto de estudio del sistema en cuestión— cuyo resultado  adverso demuestre que la teoría que lo trataba de explicar en verdad no lo explica.

Mi tío bisabuelo, que junto con su hermano, mi bisabuelo, vino a México para encontrar mejor fortuna, se vio forzado a regresar pitando a su país natal, Alemania, porque descubrió (cito textual) “que la cerveza en México es muy mala”.

Este tío prefirió el mal clima y las caras largas (y un par de guerras mundiales) a la cerveza mexicana, de la cual estamos tan orgullosos.

 

El próximo miércoles en punto de las 8 le traeré un par de mitos más. La cita es aquí mismo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

6 responses to “Mitología mexicana – El mundo desde mi bici CXLVIII

  • Erika Boeneker Méndez

    Muy bien, como siempre.

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  • tonamtzalor

    Aunque en gustos se rompen géneros, estoy de acuerdo en que la cerveza mexicana es excelente. Viniendo de aquellas tierras frías y de caras largas he probado muchas cervezas alemanas diferentes. En lo personal prefiero aquellas tipo “Pils” cuya tradición se originó en la ciudad checa Pilsová, de ahí el nombre. Sin embargo, habiendo vivido 25 años en Baviera debería preferir la “clara” o “Helles” que para mi gusto tiene un sabor bastante dulzón. Bueno, pero eso sí, para días de calor no hay nada como una “Weizen o Weissbier” bien fría. En Alemania todavía producen la cerveza sin aditivos extras y conservan el sello de pureza que garantiza la utilización de ingredientes originales. ¡Que esto que lo otro, salud!

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    • Enrique Boeneker

      ¡Salud, Tona, salud! A mí también me gusta la cerveza mexicana. Como en todas partes, tenemos buenas, regulares y otras francamente malas. Mi tío bisabuelo (dicen) era de ideas fijas (o sea, necio), pero resulta que funcionó como cereza en este texto (algo bueno nos tenía que dejar el condenado). ¡Un abrazo, Tona!

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  • Veronica

    No llegué impuntual. Me distraje con la última oración del primer párrafo. A partir de ahí, mi debacle. Ya recompuesta me digo que hay creencias que mejor no refutar. Esto incluye la calidad de la cerveza y otros prejuicios.
    Un abrazo, Enrique.

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    • Enrique Boeneker

      ¡Jajaja! ¡Hola, Verónica! Me imaginé que iba s ser un distractor esa frase. Coincido contigo: hay veces en que es mejor dejar puesta esa mullida cobija de la ficción. Hace la vida más llevadera (algo que ni mi tío aquel ni Popper comprenderían). ¡Un abrazo!

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