El tercer mundo – El mundo desde mi bici CXLVII

José López Portillo y Carmen Romano de López Portillo Imagen de: almomento.mx

José López Portillo y Carmen Romano de López Portillo
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Imaginemos al improbable historiador del siglo XLV. El historiador no es una persona; es una máquina dotada de un sistema de reconocimiento de caracteres (para poder leer) y de inteligencia artificial (para poder entender lo que lee). Su inteligencia, concebida por el hombre, es por supuesto imperfecta.

Llamemos a nuestro historiador HISTY (siglas que significan algo en un idioma que todavía no conocemos). HISTY está estudiando unos textos de los siglos XX y XXI. Al leerlos, HISTY se tropieza con un término que no llega a comprender bien, al menos encuadrándolo dentro de un contexto lógico: el tercer mundo.

Al principio nuestro ciber-historiador juzga que este término expresa al mundo entero, nuestra Tierra, ya que es el tercer planeta más cercano al sol. Desecha de inmediato esta deducción porque su empleo dentro de los textos que estudia no es muy coherente con esta tésis. HISTY supone entonces que se trata de un descubrimiento astronómico relevante que refiere a la existencia de un tercer planeta en otro sistema, y que debió estar habitado por seres inteligentes. Sin embargo, tampoco hace mucho sentido que distintos líderes de algunas naciones de este mundo hayan invitado a los países de ese lejano tercer mundo a unirse en contra del primer y del segundo mundo. De acuerdo con los registros que HISTY tiene en su vasta memoria, no hubo en esos siglos guerras interplanetarias.

HISTY, un poco cansado y harto del tema, se puso a leer un libro de la época para distraerse. El libro narraba una epopeya por demás fantasiosa llamada Mis tiempos. El autor de esta magnífica novela fue un hombre que también fue rey —como el rey poeta Nezahualcóyotl—; un rey peculiar que prefería a las arañas patonas que a las reinas, el rey José López Portillo.

HISTY quedó muy sorprendido ya que fue en este libro de ficción desaforada en donde encontró el significado del famoso Tercer Mundo.

Resulta que a mediados del siglo XX el mundo se dividió en dos grandes bloques, ambos hegemónicos, ambos imperialistas: el mundo “libre” o capitalista, comandado por una fiera nación llamada Estados Unidos de América, y también conocido como primer mundo, y el bloque comunista, liderado por la cejijunta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, conocido como el segundo mundo. Los países que no comulgaban con ninguno de los dos bloques, pero que a veces coqueteaban con uno o con otro, según su conveniencia, desearon encontrar una tercera vía de desarrollo. Una en donde ni tanto que quemara al santo ni tanto que no lo alumbrara. Como mejor lo explicó en su momento un ex presidente mexicano al cual le podía fascinar ser tercero en todo: “¡Compañeros! La solución a nuestros problemas no se encuentra ni en el capitalismo enajenanteeeee, ni en el comunismo a ultranzaaaaa, sino todo lo contrariooooo”. Así fue como se inventó el tercer mundo: entre vivas, aguas de jamaica, guayaberas y chinas poblanas, emergiendo como resultado de esta hecatombe una pléyade de naciones atribuladas por el subdesarrollo y la injusticia.

HISTY investigó más acerca del asunto. El tercer mundo estaba compuesto por países de todo tipo que tenían algunas cosas en común. Todos eran subdesarrollados. Es decir, su riqueza estaba mal distribuida, no había en ellos —casi— clase media. Sus gobiernos eran globeros, corruptos, déspotas y profundamente incapaces. Los niveles educativos de estos países eran de risa y estaban diseñados para mantener en el poder a los gobernantes corruptos, globeros, déspotas y profundamente incapaces. En todos los países había carencias de todo tipo y se comerciaba con su remedio provisional en época de elecciones.

A finales del s. XX dejó de existir el bloque comunista, lo que provocó que más países se unieran a la tercera vía.

¿Y a qué aspiraban entonces los países tercermundistas? A ser primermundistas. Es decir, a declararse desarrollados, a producir toneladas de clases medias, a paliar un poco sus carencias, y a fortalecer sus regímenes democrá… bueno, eso siempre pudo esperar un poco más.

Mas los países tercermundistas como siempre midieron mal las cosas. No se dieron cuenta de algo que fue irrevocable: al llegar a la cúspide del desarrollo, tal y como los humanos de entonces lo habían concebido, los países desarrollados no tenían otro destino más que el de ir cuesta abajo. Unos se fueron en franca picada.

Inglaterra se distinguía por ser uno de los países que peor cocinaba en el planeta. Su comida sólo ofrecía un menú limitado: fish & chips y dos variedades de budines. A principios del s. XXI, esta nación se convirtió en exportadora de chefs que invadieron no sólo innumerables restaurantes, también invadieron con sus programas de cocina la televisión de todos los países. Su menú creció en variedad y mejoró a tal grado que mandó al bote de la basura una tradición de mala calidad alimenticia que les llevó milenios construir.

Los ingleses nos dieron el futbol, después de ese mal ensayo que fue el rugby. A pesar de haberlo inventado, al futbol no lo pudieron dominar del todo, ni dentro ni fuera de la cancha. Sólo una vez se hicieron campeones del mundo de ese deporte y en circunstancias muy poco claras.

De ser las personas más puntuales del planeta (recordar el final de La vuelta al mundo…) se convirtieron en las personas más chamagosas. Un símbolo concreto del espíritu que los embargaba era su línea aérea de bandera. British Airways, antes de irse a la quiebra, se distinguía por su formalidad y por su modernidad. Se jactaba, como ninguna otra, de ser impecable. Después se volvió experta en llegar siempre a destiempo y, sobre todo, en perder el equipaje de al menos 15 pasajeros, aunque en el vuelo sólo viajara media docena.

Lo único que salvó a Inglaterra de no ser declarada tercermundista fue que en sus cárceles de alta seguridad no se encontraron túneles ocultos.

 

Si en su último viaje se le perdieron las maletas, ya sabe a quien echarle la culpa. Nos vemos el miércoles de la próxima semana con una bici que regresará del futuro.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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