Políticos de ayer – El mundo desde mi bici CXLVI

Ricardo Garibay Imagen de: lajornada.unam.mx

Ricardo Garibay
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Procrastinar: diferir, aplazar. Hasta aquí la definición. Así de lacónico, así de contundente es a veces el diccionario de la Real Academia. Al definir la palabra procrastinar, el real lingüista no procrastina.

Me confieso procrastinador por doble partida: voluntario e involuntario.

Practico el ‘dame un minuto’ y el ‘ahí voy’ bastante seguido, aunque creo lo hago con moderación. Lo he hecho con tareas necesarias para la casa (arreglar la puerta del clóset, la mezcladora del lavabo, los malditos canceles de la regadera y otras cosillas que se me escapan de la memoria), en ciertas actividades que aborrezco del trabajo (pero que en realidad termino haciendo pronto, pronto porque las aborrezco mucho, mucho), y en la escritura (eso no tan seguido).

Soy procrastinador involuntario porque soy una persona proclive a permanecer en un estado de ánimo disperso, máxime si me encuentro en ambientes propicios para ello. Es decir, soy procrastinador involuntario porque me distraigo con facilidad. Un buen libro me puede alejar de un sinfín de actividades urgentísimas. Cualquier partido del Barcelona, así sea contra el Unión de Curtidores, evita que —inclusive— lea un libro. Una librería me abstrae hasta de mí mismo.

Es tanta la diversidad de temas e intereses que en las librerías descubro, que no me queda más que dejarme llevar por el destino para ver qué libro —de entre todos esos miles que me rodean— me encuentra.

Esta predisposición me ha sido de utilidad la mayoría de las veces. La balanza de la vida me dice que de esta forma he encontrado más libros buenos que malos. Sin embargo, esto provoca con frecuencia que salga con un libro que no tenía pensado comprar, en vez del muy necesario por el que precisamente fui a la librería. Esto me pasó con los dos volúmenes —por cierto, muy bien editados por el Fondo de Cultura Económica— con las crónicas completas de Ricardo Garibay. Puedo afirmar, sin temor a exagerar, que pospuse su compra muchos meses porque se me cruzaron otros libros por mi camino. Finalmente tengo los dos volúmenes sobre mi buró.

A Ricardo Garibay se le recuerda por haber sido el escritor de carácter gruñón que aparecía en la televisión pública de los años ochenta y noventa. Hombre robusto, de ceño fruncido y bigote rotundo, imponía condiciones y opiniones en su programa. Algunas personas leídas lo ubican más bien del lado de la dramaturgia. Don Ricardo fue además un sagaz y muy divertido cronista.

Al recorrer las primeras páginas del primer tomo, no pude evitar recordar las caricaturas políticas de Abel Quezada: ésas en donde un gordo bigotón, mal trajeado, de lente oscuro y moscas a modo de satélites sobre su cabeza representaba al político mexicano. Se me hizo tan clara la conexión entre el talante de las crónicas de Garibay y las caricaturas del regiomontano, que todavía no me explico cómo a ningún editor se le ha ocurrido una edición especial con los monos de uno decorando los monos del otro.

Los políticos de Garibay-Quezada realizan acciones absurdas, desproporcionadas e inadecuadas. Esos políticos que entraban al restaurante, cantina o centro nocturno de moda para cerrarlo y hacer uso exclusivo de él hasta la madrugada. Esos políticos que cerraban también las principales vías de la ciudad para tener el paso franco hasta el domicilio de su amante. Esos políticos que inscribían a sus hijos en escuelas privadas, de preferencia en donde se impartiera el idioma alemán, con la ilusión del padre que manda a sus hijos a una escuela militarizada. Esos políticos que en lo oscurito otorgaban fallos de licitaciones públicas favorables a sus amigos a cambio de  dinero en efectivo, casas y bienes de todo tipo. Esos políticos que promovían el analfabetismo funcional, la dádiva paternalista, la multiplicación de la pobreza con el simple objetivo de mantenerse en el poder.

Esos políticos de ese México son los de hace 30 o 40 años… Pero espere, ¡no! Esos políticos son los de ahora. Si don Abel y don Ricardo vivieran, no tendrían nada nuevo que contarnos. Descansen, pues, ambos en santa paz.

 

Hasta el próximo miércoles, a las 8 en punto. Una bici lo estará esperando por aquí.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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