El mundo dividido por un balón – El mundo desde mi bici CXLV

Imagen de: es.dreamstime.com

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En este mundo, el más popular de los deportes es el futbol. También es el más odiado.

Hasta hace pocos lustros, las mujeres eran las odiadoras profesionales de este deporte. Hoy en día, muchas mujeres se han convertido en fanáticas del futbol. Sin embargo, hay millardos de personas que lo detestan. Sus razones, además de contar con la fuerza de una nada deleznable multitud, no carecen de contundencia.

La federación internacional que tiene más países afiliados que la propia ONU es la FIFA. En la mayoría de estos países, el futbol se ha convertido en casi el único tema de conversación. Podrá haber en ellos cataclismos naturales y financieros; graves errores políticos y problemas de gobernabilidad; altos índices de crimen organizado y desorganizado; carencia total de garantías individuales; ausencia sistemática de un régimen legal, y, aún así, el tema de conversación que acaparará los televisores, la radio, las conversaciones familiares y las tertulias eruditas en estas naciones será el futbol.

Dicen los odiadores serios de este deporte, que el futbol es popular porque encarna por antonomasia al antiguo circo romano, sólo que en una versión dizque moderna. El futbol, como el viejo circo, se celebra en estadios que no son más que un pálido remedo de lo que alguna vez fue el Coliseo. A estos recintos asiste gente vociferante y sedienta de sangre que se hará cargo de que el equipo contrario la sacie o, al menos, el árbitro en turno. Cuando su equipo de futbol gana, la gente celebra la victoria como si se hubiera liberado de un régimen represor (dentro del cual, por cierto, viven muy conformes). Esta desproporción causa cierto escozor entre la intelectualidad, aunque mucha de ella, hay que decirlo, claudicante, se ha decidido a abrazar estas aficiones “terrenales”, que antes consideraban como ajenas a su elevada naturaleza. La aportación que la “inteligencia” de un país hace ahora a través de sendos comentarios editoriales u opiniones doctas en medios masivos es muy útil, por ejemplo, para esclarecer si la polémica jugada del otro día fue o no penal, como si en tan trascendente esclarecimiento estuviera en juego el futuro de la nación. Así que mucha inteligencia en estos países, en donde nunca ha sido abundante, no hay.

El futbol ha cobrado tanta importancia, que el presidente de la federación internacional que rige este deporte, hombre ambicioso y de muy pocos escrúpulos, es mucho más aborrecido que el peor y más sanguinario de los dictadores que hoy rigen con toda impunidad en varios rincones de este planeta.

Mas el odio profundo como su contraparte, el amor apasionado, se originan en el seno de todos los hogares.

Calificar al amante del futbol como aficionado es un descarado eufemismo. El seguidor de este deporte, uno que realmente se precie de serlo, no es otra cosa más que un fanático, y de los peores. Los signos que apuntan a ello son evidentes.

En vez de comprarle a su mujer un lindo adorno de Swarovski, que quedaría perfecto en la mesa de la sala, o de cambiar de una vez por todas esas luidas y grises cortinas que dejan pasar al sol, a la luna, a las estrellas y a las miradas indiscretas de los vecinos de enfrente, el fanático futbolero decora su casa con lujo de banderolas, banderas, playeras autografiadas, pósters, toallas, fotos y muñequitos cabezones de los ídolos del momento, portavasos y hasta réplicas de los trofeos del equipo de sus amores. Los portarretratos electrónicos —tan de moda entre ellos— en vez de mostrar las fotos familiares, muestran los momentos históricos álgidos de su equipo intercalados con los de su selección nacional. Creo que no puede haber nada más kitsch que esto.

La familia de un fanático al futbol deberá decirle adiós para siempre a sus fines de semana. Deberán olvidar que en este mundo hay museos, teatros, cines, balnearios, playas y pueblos mágicos. Todo eso no existe más para ellos. Gracias a la diversa oferta televisiva, ahora pueden ver no nada más todos los partidos del futbol nacional, también pueden ver el futbol español, el italiano, el inglés y hasta el bielorruso. Por ello, los fines de semana se alargaron —además— dramáticamente, porque empiezan los martes con la Champions y terminan los lunes con los partidos del futbol inglés.

El fanático se prepara a conciencia para ver un partido. Primero se pone unos pants del siglo pasado, luego atiborra el refrigerador con cervezas y la alacena con comida chatarra, para después calzarse unas pantuflas que parecen huaraches y al final echarse, como vaca, sobre el sofá que está frente a la tele. Desde ahí no pierde análisis, resumen, partido y repetición de partido hasta que su mirada adquiere el aspecto vidrioso y perdido del drogadicto.

Reconocer a los fanáticos del futbol en la calle no es difícil. Sus cuerpos están minuciosamente moldeados por la malta, las harinas refinadas y el azúcar. Su actividad no les permite ser unos Adonis o unas Venus, pero bien pueden servir como contrapeso para las plumas de construcción.

Sin embargo, lo que más me asombra es que los fanáticos al futbol por lo general saben muy poco de su amado deporte. Cuando se les pide su opinión sobre tal o cual partido en el que su equipo perdió, sólo alcanzan a murmurar clichés como: “es que no abrieron la cancha”, “les falta correr más”, “no hay quien los motive”, “si el árbitro no hubiera marcado el penal…”, y otras cosas por el estilo.

Un mundo cada vez más lleno de estos personajes no puede ser un buen mundo. Empiezo a creer que el odio que tanta gente le profesa al “deporte más popular de todos” no está del todo errado.

 

Nos vemos el miércoles de la próxima semana con una bici menos Copa América y mucho menos Copa de Oro. La cita es aquí, a las 8 PM en punto.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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