Empresarios filósofos y literatos – El mundo desde mi bici CXLIV

Algunos de mis más cercanos amigos, intrigados por esta manía mía de escribir un pequeño gran bodrio cada semana, me preguntan por el método que sigo para producir estas bicis.

No sigo, aclaro a priori, ningún ritual. Muchos de mis colegas no escriben si no se pone el sol con el cielo despejado. Estos colegas, por supuesto, rara vez escriben. Lo que le puedo decir con respecto a mi caso, es que son ciertas situaciones que se me cruzan por la vida las que dan fondo y forma a mis textos.

En esta ocasión, lo que se me cruzó fue un hallazgo derivado de una situación  anterior que creo vale la pena contarles aquí.

Cuando sólo era un párvulo de no más de treinta años, un familiar muy lejano, durante una sobremesa que especulaba —como todas las sobremesas— sobre la trascendencia del ser, nos preguntó si recordábamos a algún empresario del siglo XVIII o, inclusive, de siglos anteriores a ése. Esta pregunta la formuló, más que para confirmar nuestros escasos conocimientos culturales, para darle sostén al argumento que pretendía demostrar que los artistas, filósofos, científicos y algunos gobernantes son los únicos que pueden jactarse de poder alcanzar la inmortalidad, ya que es a ellos los que la historia conserva para sus almanaques. La historia, luego entonces, prescinde del hombre común, pero sobre todo prescinde de la clase empresarial.

Cuando el familiar lejano aventó su pregunta sobre la mesa, me vinieron en ese momento dos nombres a mi mente: Aristóteles, creador del Liceo, y Shakespeare, el empresario teatral. Casi al momento, puse mi ocurrencia a consideración de todos. Mi lejano familiar me corrigió con justeza. Aclaró que el primero, antes que nada, fue filósofo, y que gracias a ello pudo crear el antiguo Liceo; en cuanto al segundo, fue sobre todas las cosas un excepcional dramaturgo, que se vio en la necesidad de crear una empresa teatral para difundir su obra. Es decir, ninguno de los dos era empresario per se, se hicieron empresarios después y ninguno de ellos alcanzó la inmortalidad gracias a ello.

Al final de la muy trascendente tertulia familiar, quedamos todos convencidos de que para poder ser inmortales o escribíamos una novela que superara a la Ilíada y a la Odisea juntas o escribíamos 21 tomos bien gorditos y empastaditos de una actualizada Suma Teológica.

Ya que los empresarios voluminosos —aquellos que se jactan de ser mil millonarios— tienen cierta educación formal, se dieron pronto cuenta de su fugaz condición existencial: históricamente su valía era inversamente proporcional a la que ahora, en dólares y centavos, poseen. Para ellos el acceso al paraíso de la recordación perenne estaba vedado.

Ante esto, los empresarios exitosos y, por lo tanto, conocedores que la mercadotecnia todo lo puede decidieron convertirse en literatos, y se pusieron a reescribir sus vidas, dándoles forma de dramáticas novelas.

Los primeros intentos evidentes estuvieron a cargo de John D. Rockefeller, de Joseph Pulitzer y del tal vez más creativo de los tres, Howard Hughes. El primero inundó de petróleo al mundo, a la vez que lo iluminaba con brillantes lamparitas de gas; el segundo pintó de amarillo la prensa y, al hacerlo, se convertía en el más leído narrador de su época; el último, el buen Howie, inventó un avión imposible y acabó su vida encerrado junto con su locura en una habitación de hotel en Acapulco.

Estas experiencias seminales dieron cauce a la pléyade de empresarios literatos y filósofos que ahora tenemos. ¿Quién no ha leído, aunque sea tan solo una frase reconfortante y motivadora, de Richard Branson, de Steve Jobs o del mismísimo Robert Kiyosaki? ¿Quién no ha estado al borde del éxtasis al leer sus reveladores mensajes?

Estoy seguro de que nuestros súper empresarios serán el referente literario de nuestra época. Esto lo han conseguido no gracias a sus cualidades literarias (aunque su narrativa —aunque sea implícita y sólo visible a través de sus acciones— muy seguido sobrepase a las novelas de gran éxito como las de Irving Wallace), mas sí al frío cálculo empresarial que emplean en todo.

Parte de ese cálculo reconoce que, en el mundo del capitalismo universal, alzar tótems es una necesidad ineludible para todos. Nuestra civilización, necesitada de referentes sólidos a quienes seguir, ha encumbrado al nivel de profetas a los empresarios mil millonarios. Infortunadamente, algunos de estos ejemplos a seguir reflejan lo peor de nosotros.

Donald Trump (¡pero claro!) hace esfuerzos inauditos para llegar a la inmortalidad como uno de los fascistas más estúpidos de la historia.

El recién huído Chapo Guzmán se ha ganado un muy buen puesto en el Olimpo de lo eterno. No lo logró gracias a su sofisticada, multinacional y eficaz red de distribución de estupefacientes; lo logró gracias a sus épicos escapes de aptas cárceles de alta seguridad, que son ya fértil materia prima para novelas, telenovelas, películas, corridos y largas series televisivas.

Steve Jobs, en cambio, no trascenderá por lo que todo el mundo piensa: ser el creador de los insignificantes aparatos electrónicos que, de una vez y para siempre, cambiaron nuestras vidas. El buen Steve, que en paz descanse, pasará a la historia por ser el creador de la cosa más molesta que jamás se haya inventado. Esa cosa que se enreda sobre sí misma de mil maneras diferentes, haciéndola inmanejable; que se atora en cualquier saliente que se le atraviesa, y que si no se instala a la perfección en el contacto para la que fue diseñada, no sirve para absolutamente nada. Esa cosa es los malditos audífonos de mi iPhone, que un día, estoy seguro, me van a terminar cercenando una oreja.

 

Nos vemos aquí el próximo miércoles a las 8 en punto. Es probable (poco) que le traiga una bici de película.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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