Teoría cromática de las personalidades – El mundo desde mi bici CXLIII

Imagen de: thats.otaola.org

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En repetidas ocasiones le he mencionado la vocación de muchos de nosotros por fabricar casillas y meter en ellas, con aparente orden, lo que sea que en ellas quepa o no quepa. Repito esto porque creo que esta vocación nos ha hecho más mal que bien. Nuestra tendencia por clasificarlo todo nos impide ver más allá de las cosas.

Como a mí me gustan los ejemplos, ahí le va el intento de uno. Los seres vivos se clasifican primero en dos grandes apartados: los vegetales, ahora llamados (¡por Dios, quién inventó esto!) autótrofos, son las plantas, las algas y las bacterias, y los heterótrofos, que son los animales, como nosotros. Una de las características esenciales que hermana a estas dos principales clasificaciones de los seres vivientes es que unos depredan, mientras que otros son depredados y viceversa; esto último se puede observar con suma claridad en una sola especie de mamíferos: la humana.

Decía: de esta necesidad por el orden no escapa ni el hombre mismo.

Desde que Freud le quiso dar una lógica causal a la psique, los seres humanos, liberados de sus lazos paternales y, sobre todo, maternales, se han desbocado en un frenesí por clasificarse a sí mismos. Tal vez eso explique los Coelho y los Osho y… claro, los Arjona, que aunque no clasifica muy bien al menos intenta rimar todo lo que le viene a la cabeza (vaca con caca que come la paca).

Mas hay que ser justos. Intentos anteriores, aunque ocultos por el velo de lo patafísico, inobjetablemente se dieron. Una muestra: la astrología. La astrología nos dice que los nacidos bajo el signo de Tauro son mega necios al grado de la desesperación; los Géminis son muy doble cara y, luego entonces, mala onda.

Muy pocos creen en la astrología —si acaso alguna trasnochada señora consumidora del TVyNotas—, máxime porque en la vida uno se encuentra con que hay Tauros que resultan ser muy flexibles pero bastante mala onda y Géminis híper necios, pero muy buenas personas.

Esto ha llevado a ciertos investigadores de las cosas ocultas a buscar tras el hueso craneal frontal y así recurrir a los dudosos métodos de la ciencia para tratar de entender a los demás y a ellos mismos. Como decía más arriba, primero Freud, después Jung y ahora… pues, ahora casi todos se avientan al ruedo de la especulación racional.

Lo malo de estos tiempos es que, evidentemente, se confunde con hacer ciencia a cualquier afán clasificatorio. (Popper, cuando lee esto desde su tumba al otro lado del charco, se revuelve con acendrada angustia).

Me acabo de enterar (tal vez, como siempre, muy tarde) de una de las últimas clasificaciones que intenta domeñar de una vez y para siempre la escurridiza naturaleza humana: la teoría cromática de las personalidades.

Fue la semana pasada que me invitaron a tomar un curso “bikini”. Ese curso fue “bikini” porque enseñó casi todo menos lo más importante.

Este curso establecía que la innumerable variedad de personalidades que el ser humano puede tener se dividen en sólo cuatro tipos generales. La novedad de esta teoría no radica en el fondo (en el qué dice) sino en la forma (en cómo lo dice). Su clasificación consta de un arbitrario y limitado universo cromático que define, en sí mismo, el carácter, naturaleza y destino de una persona, así la persona sea un francmasón, un jainista o un político mexiquense.

Lo primero que llama la atención de esta teoría es que afirma que los hombres de este mundo no son como nos enseñaron nuestros padres y maestros: blancos, broncíneos o negros. No. Los seres humanos somos amarillos, rojos, azules o verdes.

Cada uno de estos colores es, en sí mismo, la definición completa de la naturaleza de una persona. Nada más ni nada menos.

Si usted ve a un personaje en su noticiero de la noche manotear airadamente, lanzar miradas fulminantes, dar órdenes a todo el que le rodea, y además nota que es enfático y tiene poco tacto cuando se refiere a otras personas, este personaje posee un color amarillo huevo. Famosos amarillos los reconocemos en Hitler, la reina Victoria y Andrés López Obrador.

Si en cambio se encuentra con que el personaje que sale en la tele se viste de payaso, porta una peluca verde, da noticias al tiempo que lanza albures y posee la mirada de un enloquecido, usted lo identificará como una persona de un profundo color rojo. Los rojos son carismáticos, desordenados y gustan por hacerse los chistosos. Muchos comediantes son rojos, pero también muchos rojos hacen leyes en los congresos de nuestros países.

Cuando sale a la calle y se encuentra con el vecino, permítame antes decirle cuánto lo siento. Los vecinos de mi colonia o son de plano muy rojos (al grado de expresar sus disgustos musicales por medio del disonante reggaeton) o son todo lo contrario: apáticos, faltos de chispa, no muy sociables en ámbitos en donde ellos no puedan tener el control (es decir, en ninguna parte), pero eso sí, muy solidarios cuando se les necesita de a de veras. Éstos últimos son los azules.

A todos nos fascinan los Van Gogh, los Beethoven, los empresarios exitosos como Steve Jobs o inclusive como el muchachito que inauguró Facebook precisamente porque no tenía amigos. Estos son los verdes: personas introvertidas, ordenadas, metódicas y sociópatas. Un verde por excelencia, aunque sea sólo un personaje de ficción, es Sheldon Cooper.

Nos advierte la mujer que da el curso “bikini” (y que se esfuerza por ser roja, pero que se tiñe de azul con frecuencia) que nunca hay una persona que posea sólo uno de estos colores (¡claro!, siempre hay una salida fácil por si la realidad se cuela debajo de la puerta). Y matiza: Steve Jobs es una extraña mezcla de verde y amarillo. Angelina Jolie es definitivamente amarilla, pero cuando ve niños desamparados es muy azul, como Pitufina, y se convierte en el colmo de la empatía y la solidaridad.

Popper, que sabemos no puede descansar en paz, dijo que todo enunciado científico, llámese teoría de la relatividad o lo que sea que se le parezca en cantidad y calidad, debe ser capaz de ser refutable.

Muy bien, Sr. Popper, haciéndole caso y tomando en atenta consideración la teoría cromática de las personalidades, voy a hacer un par de preguntas muy amarillas (porque su fin último es la llana y directa refutación): ¿qué color son Nicolás Maduro, Miley Cyrus y Donald Trump? ¿Son, acaso, morados?

Lo espero el próximo miércoles con toda la gama de colores que ofrece el espectro luminoso, aquí, a las 8 de la noche en punto.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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