De las motocicletas como vehículos – El mundo desde mi bici CXLII

Además de hacerse bolas y cortarse las venas con rollos existenciales, ¿qué hacen los hombres que rondan los cincuenta años de edad? Si no pueden comprarse un deportivo de dos plazas con al menos 300 caballos de potencia, se compran una moto, cualquier moto.

Se la compran aunque saben que las motos en una cultura y geografía como las nuestras son de muchas maneras incompatibles. Y lo saben porque, por ejemplo, los veranos en estas latitudes no son como los pintan los gringos —soleados y calurosos—; son más bien lluviosos y fríos, al grado de que se cree que el mito del diluvio universal se inventó en América y fue obra del poderoso Tláloc. Un motociclista en el D.F. es una de las variantes de esos batracios clasificados como hombres-rana.

La cultura, decía hace unos momentos, tampoco es muy favorable para el motonauta. Yo no sé si los demás hispanoamericanos piensen igual, pero lo que es en México los ciclistas y motociclistas son considerados como una subespecie imperfectamente evolucionada del ser humano: un grupo de animales que ni siquiera llega a Neanderthal y que se asemeja mucho a una molesta mosca que sólo merece ser aplastada sin piedad alguna.

Así que los vario-ciclistas (aquellos que van en bici o en moto) deben acostumbrarse a que se les cierre el paso, a la descarada agresión, a la humillación verbal.

Si todo es así de terrible, ¿de dónde viene la necedad (necesidad) de andar en motocicleta? ¿Qué motiva esta práctica?

Los motociclistas dicen que les gusta el viento en la cara, la libertad que esa sensación da. Argumentan que ahorran ingentes cantidades de tiempo y de gasolina, que no son poca cosa. Añaden que no batallan para encontrar un estacionamiento  —muy— cercano al lugar de destino. Dicen, categóricamente, que estos argumentos por sí mismos son fundamentos racionales suficientes para justificar su querencia.

La verdad, amigo mío, es otra. Un motociclista, por el simple hecho de serlo, se siente más joven que sus contemporáneos. Se ve, según él, súper cool ataviado con casco, lente oscuro, chamarra de cuero, jeans y botas ad hoc. Creen hacer realidad ese sueño juvenil (que en sí es una razón más para sentirse jóvenes) y si esto fuera poco piensan que conducen su caballo de acero mejor que Valentino Rossi.

En la noche, cuando llegan a sus casas, es imposible que no se encuentren con su imagen reflejada en un espejo (algún día tendrán que entrar al baño empujados por alguna necesidad física impostergable… supongo. Y en los baños siempre hay una superficie reflejante, aunque no sea un espejo). Es ahí cuando ven su doble papada que crea, implacablemente, un triple mentón; ven la irreductible panza, las bolsas —cada vez más voluminosas— debajo de los ojos, el cabello gris y ralo, y esos pellejos que insisten en colgársele debajo de los brazos.

Dicen los que saben que no hay momento de iluminación que no venga precedido por una buena crisis, sobre todo cuando ésta se convierte en la crisis de la mediana edad.

Es en medio de esta crisis cuando el motociclista enfrentado al espejo decide inscribirse en un gimnasio, con la esperanza de —mínimo— recoger un poco toda esa carne sobrante. Ahí seguro recuperará la vitalidad y el buen aspecto de antaño… el primer día en el gimnasio cae en cuenta de una realidad todavía más atroz: que sólo 20 minutos de elíptica y 30 repeticiones en cada uno de los 7 débiles aparatos que ofrecen la resistencia de una endeble liga son capaces de ponerlo al borde de la muerte.

Dicen que de lo bueno poco. No sé si esto haya sido bueno, pero sí, poco. Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche, aquí, con un poco más.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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