La casita de los horrores – El mundo desde mi bici CXLI

Todo empieza a pesar de uno y gracias a los demás. Creemos que llevamos el timón de nuestras vidas, cual avezados pilotos manejando su destino, cuando en verdad son fuerzas más potentes las que nos señalan el camino a seguir.

Hace tres meses —tal vez más, qué se yo— la madre de mis hijos, haciendo gala de la franqueza que siempre le ha caracterizado, me dijo que de mi boca emanaba un aliento “peculiar”. Era tan “peculiar” el aliento que resistía la fulminante acción de los Listerine portables y de los no tan portables. Cuando la madre de mis hijos me aventó esto en la cara, pensé que mi boca despedía ese “peculiar” olor en virtud de los chilaquiles con mucha cebolla que había desayunado con especial deleite ese mismo día. El comentario de la susodicha lo mandé al cajón de los cachivaches, ése que se encuentra en una circunvolución perdida de mi cerebro.

La semana pasada, el martes para ser precisos, me anunció la alada madre de mis hijos que me había concertado una cita con el dentista para ese mismo miércoles. “Tienes que revisarte esos dientes”, me atajó antes de que yo pudiera emitir un sonoro gruñido.

Tal vez usted lo sepa ya, no lo sé y por eso se lo vuelvo a decir: soy una persona muy aprehensiva cuando de heridas con objetos punzo-cortantes se trata (no soporto las escenas en donde, por ejemplo, se cortan ojos al más puro estilo Buñuel), tampoco soy afecto a la medicina y a sus carniceros procedimientos. Esta vieja aprehensión que poseo la desarrollo con facilidad, porque tengo cierta pericia para imaginar cosas relacionadas con situaciones cercanas a la escatología.

Si algún día usted y yo nos encontramos en alguna librería, es muy seguro que nos pongamos a charlar por un rato sobre el fatalismo griego y su influencia en la literatura mística del siglo XV. En lo que estamos en eso, por aviesa impericia, usted decide cortarse un dedo con una de las hojas de la novela de Milan Kundera que trae cargando desde que nos encontramos. La novela, nunca sobra decirlo, es La insoportable levedad del ser. La herida provocada por la hoja asesina sería suficiente para que usted se viera en la necesidad de llamar a una ambulancia o, al menos, a recurrir a los oficios de algún paramédico para que me despertara del rotundo desmayo que, tampoco está demás decirlo, usted me provocó por cortarse imprudentemente su dedo.

Si esta perversa proclividad hacia eso no fuera razón suficiente para que yo trate de evitar a toda cosa a los médicos, hospitales, laboratorios clínicos y, por supuesto, dentistas, aquí le van otras cuantas razones que seguro apuntalarán mi sentir, sobre todo con respecto a los dentistas.

Los dentistas, por necesidad ontológica, deben ser muy malas personas. Alguien capaz de infligir tanto dolor a sus semejantes no puede ser bueno. Es más, no es cosa de este mundo lo que nos hacen.

Los instrumentos que ellos usan para ejercer su funesta profesión son el sueño imposible hecho realidad de la Santa Inquisición. Nunca el Santo Oficio pudo haber concebido dispositivos tan sofisticados y perversos como los utilizados por un dentista. Instrumentos que hoy en día están potenciados por la ubicua energía eléctrica, volviéndolos más devastadores que nunca, y capaces de emitir estridentes ruidos que antes sólo se podían escuchar en el infierno.

A los dentistas, como a toda persona que le gusta algún aspecto de la medicina, les encanta aplicar inyecciones. Lo malo es que las aplican dentro de nuestra boca, con el pretexto de anestesiar la zona a curar. Sólo imaginar la atroz aguja penetrar dentro de la indefensa carne, desgarrando —aunque sea a nivel microscópico— el tejido que a uno le ha llevado más de 51 años producir y mantener, es un mal tan desproporcionado que no se le puede desear a alguien, por más que ese alguien sea el diablo en persona.

No le describo aquí las funestas consecuencias del uso del buril, del taladro, de las pinzas y de la pulidora, nombres todos adecuados para construir casas y no para curar dientes.

Aparte, los desgraciados dentistas cobran y lo hacen muy bien.

Ya que no puedo guiar mi destino por más que me afano, no me quedó más remedio que ir al dentista a revisar mi aromática boca. Sólo le digo que antes de entrar al consultorio vislumbré lo que es el abismo absoluto.

 

Espero poder encontrarlo el próximo miércoles a las 8 en punto. Tal vez yo asista con un diente menos, pero con mejor aliento. Le agradezco de antemano su infinita tolerancia para con mi boca y todo lo que en ella hay o no hay.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

5 responses to “La casita de los horrores – El mundo desde mi bici CXLI

  • Erika Boeneker Méndez

    Hace ya mucho tiempo, que no reía así. Ya veo como llegas a la casa de los horrores, te sientas a esperar al ogro. Entras y te sientas en la silla de las torturas y empiezas a sudar. Te ponen esa inyección funesta, a veces tienen que ser varias. Y que sigue ………………. Cuando te pide el ogro te enjuagues, mama mía que horror !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Pero tendrás en un futuro próximo una dentadura blanca y sin olores.

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  • Veronica

    ¿Te has repuesto del sufrimiento? Respóndeme en cuanto te recuperes del desmayo. 😉
    Un abrazo.

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  • Ma. Cristina de la Sierra

    Hola Amigo, tu imaginación te tortura. Cómo te fue? Creo que deberías de cambiar de dentista. Yo te recomiendo a una amiga que cuida con cariño la boca de sus pacientes. Jajaja, siempre con tu humor. Nunca le cuentes a Santiago tus experiencias con el dentista. Un fuerte abrazo con cariño.

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