Un ejercicio de semiótica (que no de simbología, Sr. Brown) – El mundo desde mi bici CXL

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Imagen de: christopherichartcarrozzatarot.wordpress.com

Cuando no tenemos a alguien a la mano para echarle la culpa, cuando ni siquiera nos ronda un pobre perro para dejarle caer el látigo de nuestra frustración, culpamos al azar. Creo que no hay mayor injusticia que se haya hecho, pero a la suerte (ésa que llamamos mala) le echamos la culpa de todo. La bici de hoy es una demostración desesperada más de que todo efecto tiene su causa y de que toda causa trae bien escondido su efecto.

No pretendo presumir de aptitudes que no poseo. Como dicen en mi tierra, y sobre todo fuera de tiempos electoreros, ni a cuento viene eso de la presunción. No les voy a decir, por lo tanto, que leo desde los cuatro años de edad, y que compuse mi primer cuento legible y bien redondo a los siete años.

Es más, empecé a leer a una edad no tan temprana. No porque no supiera leer, nada de eso. Como muchos niños de mi generación, la caja boba siempre fue el principal proveedor de entretenimiento y las lecturas por “el simple placer de leer” entraron en nuestras vidas un poco muy tarde. Mi primer libro por gusto lo tomé cuando tenía doce años. A partir de ahí (no es presunción, es confesión), leí cuanta basura se me ponía frente a los ojos: desde los ingredientes de los cereales que ingería (nota importantísima al margen: en aquellos días los cereales tenían más azúcar que cereal), hasta las novelitas de Agatha Christie, con todo y Hércules Poirot y su lógica Conan Doyle.

El oficio de escribir, o al menos la intención (buena, siempre buena) por practicarlo, me vino después, cuando por algunos asuntos que sólo la adolescencia puede explicar tuve la irreprimible necesidad de “expresarme”.

Mis hijos, desde pequeños, me vieron en repetidas ocasiones acostado sobre el sillón más grande y mullido de la sala. Me descubrían dormido ahí, con un libro abierto en la página cuarenta sobre mis narices. Al más pequeño, Don Balón, le produjo una equívoca idea esta usual práctica mía. Ahora lee opíparamente desde Plinio el Viejo hasta Aguilar Camín y todo lo que en el medio se le ponga en su camino.

Debido a esto y a una natural (creo) idealización de la imagen paterna, me busca con dos objetivos harto específicos: para pedirme que le compre algún libro que necesita “con urgencia” o para tratar de convencerme, por enésima vez, que le compre un coche. A Don Balón le he comprado ya varios libros.

Esta idealización y sus lecturas cada vez más intensas, le han permitido a Don Balón pedir mi opinión con respecto a una novela, un autor o una corriente filosófica que, por supuesto, desconozco por completo. Dejemos que Don Balón siga confundido y crea que su padre es una especie de erudito no descubierto.

Este domingo, justo cuando le daba una buena y decidida mordida a mi taco de chuleta, Don Balón me invitó a asistir junto con él a un curso de semiótica. No soy muy afecto a los cursos, debo decirlo, pero al invitarme su mirada mostraba los ojos grandes y redondos que sólo la ilusión puede producir; la misma mirada que se les ve a los niños cuando están frente al juguete anhelado. Le tuve que decir que sí.

El curso está basado en la teoría de que toda épica se puede describir (y en algunos casos sustentar)  a través de los abundantes símbolos que las imágenes de las cartas del Tarot proporcionan. El título del mismo es en sí sugerente, aún más para aquellos que, de vez en cuando, nos gusta leer un buen libro o ver una buena película: El viaje del héroe. Lo más importante es que el curso se impartiría en mi verdadera Alma Máter, el CUM. Para que me entienda: inscribí a mis hijos en esta institución educativa sólo para poder volver a ella, aunque fuera como papá (esto por ningún motivo se lo comenten a la madre de los chamacos).

Cuando llegué al curso tuve un déjà vu.  Recuerde que alguna vez le comenté sobre esa pesadilla recurrente que padezco. En ella me veo, a los ahora cincuenta años que tengo, cursando otra vez la secundaria. Creo que después de tanto soñar esa pesadilla, ésta trocó en realidad.

Estaba sentado en una butaca de un viejo salón de mi vieja escuela, rodeado de jovencitos que no estaban seguros si yo era el maestro o sólo un viejo perdido que padecía Alzheimer. Los más me veían con cierto asombro, los restantes otros trataban de aparentar (mal) que no les importaba mucho mi inusitada presencia. Ante el cauce de los irremediables hechos, no me quedó más que arrellanarme bien en mi asiento; saqué mi cuaderno, tomé mi pluma, dibujé un círculo perfecto y, como nunca lo había hecho cuando iba a la escuela, escuché, callé, tomé apuntes y aprendí un poco.

 

Nos vemos la próxima semana. Le prometo uno que otro arcano por descubrir. Recuerde, es aquí, el miércoles a las 8 en punto.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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