La fiesta cívica – El mundo desde mi bici CXXXIX

La verdad oficial —esta es, la de los gobiernos— es más sosa que los arquetipos platónicos. Hija dilecta de los números arcanos, se borra en abstracciones estadísticas que, cuando tienen que encarnarse en una narración apta para ser entendida por las mayorías, adoptan formas poco estéticas muy parecidas a los también poco atractivos contenidos de los libros de texto.

Hay, es un hecho insoslayable, una ruptura en como nos piensa el gobierno y lo que en verdad somos.

Cree el gobierno, por ejemplo, que el día de las elecciones es una fiesta cívica. Una fiesta en donde graciosamente nos permite emitir nuestra opinión, aunque esta opinión esté acotada desde muy muchos ángulos. Nuestros gobernantes creen:

Que todos los electores se despiertan muy temprano, sacrificando su domingo, sólo porque les embarga la emoción de tal forma, que no se pueden perder la instalación y apertura de su casilla. Como las elecciones son muy concurridas, los electores también se permiten de esta manera conseguir un mejor lugar en la larga fila de votantes.

Cuando están en la labor de registro, necesaria previa a la emisión de cualquier voto, los electores sonríen a sus vecinos y les dan los buenos días, lo que no hacen ni en día de Navidad. Por la apariencia de los funcionarios de casilla, uno se da cuenta de que el mundo puede ser un mejor lugar: hacer todo ese trabajo hasta altas horas de la noche a cambio de ninguna retribución numeraria no es cosa del otro jueves.

Una vez emitido con toda libertad el voto, a los votantes cumplidos y serios los espera en la casa de la abuela un exquisito guiso de albóndigas, arroz, frijoles y tortillas de maíz, acompañados de una deliciosa y muy fría agua de horchata.

La verdad es otra. Al menos lo es para mí.

Tengo la manía de cambiarme de casa con frecuencia. Tan es así que, desde 1989, no he votado en el distrito que en verdad me corresponde. Esta vez no fue la excepción.

Tuve que trasladarme desde Tlalpan hasta la Alvaro Obregón para poder emitir mi voto. Esto es, aproximadamente 15 kilómetros en una Ciudad que cada vez es más intransitable.

Por supuesto no me desperté temprano. ¡Era domingo por Dios!

Me percaté que había llegado a la casilla de voto, no por la larga fila de votantes, sino porque afuera de la casa que sirvió para tal propósito había unos cartelones que vagamente hacían referencia al INE (Instituto Nacional Electoral, por sus siglas en mexicano).

Un hombre, que ostentaba a manera de gafete su propia credencial de elector, me dirigió a la mesa de registro en donde unos cinco funcionarios de casilla parecían aburridos y malhumorados.

Hartos de la poca afluencia de votantes, inventaron un singular mecanismo para buscar el registro del elector en la lista nominal. Mi apellido, usted lo sabe, empieza con B. En vez de buscar en la sección en donde están los apellidos que empiezan con esta letra, los funcionarios empiezan por la Z. ¡Mira tú, ahí está la Zavala! ¡Qué guapa que siempre ha sido! ¡Pero ve bien, no te distraigas, también está registrado el Sr. Zermeño! ¡Vaya, qué tipo más antipático!

Una vez que se hartan de hacer comidilla de todas las zetas, los funcionarios de casilla notan que mi segundo apellido es mucho más fácil (Méndez) y entonces empiezan a buscar en las emes sólo para sorprenderse de que en esa parte no está el buen Manolo.

Y mi nombre, que empieza con E, les da licencia para repasar con pausado descaro la lista con estos apellidos.

Uno de ellos notó que su jueguito no me había gustado y con rapidez me localizó en la lista. Me dio tres boletas: una para diputados locales, otra para federales y una tercera para jefe delegacional.

Voté y me fui. Llegando a casa, 15 kilómetros después, me encontré que no había albóndigas, ni arroz, ni frijoles. Será para dentro de tres años.

 

Nos vemos el próximo miércoles, en punto de las 8 de la noche, aquí.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “La fiesta cívica – El mundo desde mi bici CXXXIX

  • Erika Boeneker Méndez

    Las albóndigas, el arroz, los frijoles y tortillas hechas a mano, no serán dentro de tres años. Prometido será muy pronto. Las elecciones sí serán dentro de tres años.

    Le gusta a 1 persona

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