Una mentira más, una menos – El mundo desde mi bici CXXXVIII

Imagen de: Eduardo Martínez publicada en Twitter

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Eduardo Martínez publicada en Twitter

El día de hoy les contaré una mentira. Una mentira grande, desvergonzada; de ésas que de tan mentiras son capaces de provocar chismes irredentos que se propagan sin control, como el fuego sobre la gasolina.

Ya que la mentira va a ser tan grande, me tomo la libertad de curarme en salud. Advierto que cualquier similitud con la realidad-real de lo que a partir de aquí mismo se escribe es mera, pura y dura coincidencia. Nada más. Nada menos.

Érase que se era un país que tenía un Congreso. El Congreso estaba dividido en dos Cámaras: la de Representantes Populares, conocida como la Cámara Baja, y la de los Viejitos, a la que se le llamaba la Cámara Alta. Como el País tenía Congreso y el Congreso, dos Cámaras, entonces el País se pensaba muy democrático y, sobre todo, bien organizado.

El Congreso, dividido en Dos Cámaras, se organizó en Comisiones. Las Comisiones se encargaban de evaluar, discutir y eventualmente hacer leyes con respecto a temas puntuales y de superior interés para la Nación, como lo hacían con honorabilidad y sin igual eficacia la Comisión de Puntos Constitucionales, la Comisión de Hacienda y la Comisión de la Benemérita Educación.

Se suponía que las Comisiones estaban conformadas por legisladores expertos en el tema específico objeto de cada Comisión. Por ejemplo, la Comisión de Telecomunicaciones tenía legisladores que provenían del Partido Verde. El Partido Verde, aclaro para el que no lo sepa, era el Partido que se preocupaba por los problemas relacionados con la ecología. Había legisladores “verdes” en la Comisión de Telecomunicaciones porque estos legisladores eran muy fotogénicos y, por serlo, les venía mejor trabajar para las televisoras, ya como artistas de telenovela, ya como comediantes sobre-pagados, ya como comunicadores a modo. Por lo tanto, no había legislador más avezado en los temas relacionados con las telecomunicaciones como el legislador verde. Mientras tanto, la Comisión de Ecología del Congreso la integraban los legisladores que no tuvieron la pericia suficiente para obtener el puesto en una Comisión mejor.

De entre todas las Comisiones, tal vez la más útil e importante era la Comisión de Gobierno Interno. Esta Comisión se encargaba de la titánica y casi imposible tarea de administrar el funcionamiento de todo el Poder Legislativo, sin importar en cuantas Cámaras o Comisiones estuviera organizado. Esta Comisión se encargaba, por citar sólo unos pocos ejemplos, de la limpieza, la papelería, las comunicaciones, el equipamiento, el aseo de los baños, la seguridad, la comida, las edecanes (y sus mínimos uniformes) y del mobiliario de los recintos legislativos, así como también de las oficinas y demás instalaciones que los legisladores normalmente usaban, como era el caso de la cantina El Borrego Atolondrado, en donde el ceviche de pescado era exquisito y más aún la barbacoa de hoyo.

En uno de esos lluviosos días de principios de septiembre del ya lejano año 2000, las Señoras y Señores Legisladores de la Comisión de Gobierno Interno tuvieron una reunión con carácter de muy necesaria y urgente. Estaban como chiquillos de primer año de primaria empezando el curso, ya que habían tomado posesión del importante mandato popular que se les había conferido sólo unos cuantos días atrás.

Uno de los legisladores, de personalidad ambigua y mirada profunda, se erigió en voz cantante y se autonombró en Presidente de la Comisión, entre aplausos y vivas de sus seguidores. Este recién electo Presidente, que pertenecía al partido más opositor de los “Tres Partidos Grandes”, le informó a sus colegas de comisión lo siguiente.

Hacía unos momentos había participado en otra reunión urgente y muy necesaria con el líder de su bancada y con el líder del otro partido no tanto pero al fin y al cabo opositor de los “Tres Partidos Grandes”. La reunión, era necesario precisarlo, había sido cordial y en ella se sirvió un excelente café de altura y unas galletitas danesas que a todos los allí presentes encantaron. Aunque alegremente provista con estas viandas, la reunión trató de asuntos muy graves y que serían definitorios para el curso de la Nación Entera en los Años Por Venir. La reunión, por ende, sólo duró 15 minutos, “porque los consensos ya estaban formados”.

Lo que se acordó demandaba de la Alta Comisión de Gobierno Interno su máxima dedicación para, antes del 1 de diciembre de ese año, día de la toma de posesión del Nuevo Presidente Espurio, cambiar todas las curules —esto es, todos los sillones en donde se sientan las Señoras y Señores Legisladores— por unas de tercera generación: forradas de piel firmemente acolchada y, de preferencia, color verde olivo y reclinables.

El Secretario de la Comisión, que nadie supo de donde salió, tomó exhaustiva nota y formuló la minuta correspondiente para darla a firmar para su aprobación a los demás miembros de la Comisión. El acta decía que había que comprar 628 curules de tercera generación a un precio unitario de $ 48,535.63 pesos, cuestión que ahondó más el misterio porque tampoco nadie supo de donde se sacó esta cotización ni que empresa la ofrecía.

En ese momento se paró indignado el señor Legislador don Ponciano Velázquez de la O, perteneciente al partido vencedor de los “Tres Partidos Grandes”. Preguntó al señor Presidente de la Comisión qué decisión había orillado a dos de los líderes de bancada de los  “Tres Partidos Grandes” a decidir sobre la erogación extraordinaria de la nada deleznable cantidad de $ 30’480,375.64 sin licitación pública de por medio.

El señor Presidente de la Comisión de Gobierno Interno del Poder Legislativo, con aire condescendiente, le aclaró a don Ponciano Velázquez de la O que, en los próximos 12 años, el Poder Legislativo, en ejercicio pleno de su soberanía, tendría sólo una encomienda: bloquear toda iniciativa que proviniera del Espurio Poder Ejecutivo. Así que se avecinaban tiempos largos y muy tediosos que sólo podrían ser enfrentados con entereza gracias a la invaluable ayuda de una curul reclinable de tercera generación. Estas curules les salvarían de dolorosas contracturas a sus delicadas espaldas y les ofrecerían un espacio idóneo para la meditación y el descanso.

Todos sabemos que esto no puede ser verdad; es imposible siquiera concebir que se profiera una difamación de tal tamaño máxime cuando hablamos de las Señoras y Señores Legisladores, aunque, en algún momento, este mundo de pacotilla en el que vivimos nos lo haya falsamente sugerido.

 

Nos vemos la próxima semana, con una bici más deportiva y menos relajada. La cita es el miércoles en punto de las ocho de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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