¿Somos un vil producto de la publicidad? – El mundo desde mi bici CXXXIV

En sociología hay una corriente de pensamiento que persiste a pesar de sí misma: la teoría del determinismo. En resumen, esta corriente cree que los fenómenos externos, como la alimentación, el entorno social, la educación y la salud, limitan o potencian la capacidad de desarrollo de un ser humano. Explica que el crimen y el pandillerismo deben su existencia a entornos sociales especialmente adversos; es de esperar que también justifique algunos casos de realización humana plena subrayando el ambiente propicio que los cobijó.

Al determinismo habrá que agregarle la muy humana vocación por controlarlo todo, inclusive a sí mismo. El proceso civilizatorio que nos dimos ha endurecido los medios coercitivos que pretenden facilitar el dominio de unos cuantos sobre unos muchos. No se trata de dar aquí, advierto, una variante más (y menos creativa) de la conjura universal. No. Los procesos culturales son más orgánicos y, por ende, más caóticos de lo que se piensa, y se necesitaría el trabajo de mil genios durante mil años para urdir un plan que se le acercara, al menos tímidamente, en complejidad a lo que nosotros creemos que es la conjura universal.

El más burdo de los métodos de dominio ideado por el hombre es, sin duda, la publicidad.

Es tan descarada, tan cínica, que tiene la capacidad de encantarnos al grado de hacernos cambiar nuestro aspecto físico, sólo para seguir con fanática fidelidad sus inflexibles dictámenes.

Gracias a ella, vemos ahora caminando impunemente sobre nuestras calles a jóvenes que tienen la firme vocación por parecerse a Lev Tólstoi, usando largas barbas capaces de barrer el fondo de las más profundas alcantarillas, y vestirse al mismo tiempo como papagayos en celo: camisa de franela a cuadros, anteojos de pasta negros (pero también hay rojos y amarillos y de tantos otros colores que hasta la retina me duele de nada más imaginarlos), pantalones de mezclilla también policromados —pero nunca azules— y zapatos casuales (más bien tenis con forma de zapatos), también entintados con colores dolosos. El chiste es llamar la atención a toda costa y de afirmar, a retina herida, que se están siguiendo los últimos hitos de la moda dictados a través de la sacrosanta publicidad.

Debo confesar que he sido marcado profundamente por la publicidad. No puedo sacar de mi mente frases como “A que no puedes comer sólo una”, “Haste, Haste, la hora de México”, “Chocolates Turín, ricos de principio a fin”, “En la casa y en la oficina, tenga usted Vitacilina. ¡Ah qué buena medicina!”, y la cancioncita ésa  que me persigue todavía cuando la panza me duele: “Burbujita, burbujita de la sal de uvas Picot…”

El que más recuerdo de todos es el jingle de los Juguetes MiAlegría:

“Con Juguetes MiAlegría

todos felices estamos.

Con Juguetes MiAlegría

¡aprendemos y jugamos!”

Y lo recuerdo porque de todos los juguetes que esta marca ofrecía, el que más quise y el menos peligroso fue el juego de química. ¿Quién no quería un juego de química, por Dios?

Se lo pedí tres veces a Santa Claus, dos a los Reyes Magos, insinué a parientes y amigos mi deseo para que me lo regalaran en varios de mis cumpleaños. Nunca lo recibí.

Tengo una voluntad que, cuando se enterca, es lo más cercano a lo inquebrantable. Decidí hacerme del juego de química por mis propios medios. Empecé a ahorrar todos mis domingos. El dinero que se me daba en esos días para que pudiera comprarme mis “lunch” en la escuela lo empecé a meter, moneda a moneda, en un cochino rosado que conseguí (creo) en una feria o en una kermesse del colegio.

Estuve largas semanas deseando la comida de mis amigos. Ellos saboreaban sus inmensas tortas de jamón, Gansitos, Lulús de grosella y hasta jamoncillos de Wong’s, mientras que yo, en actitud por demás estoica, me aguantaba el crujir de tripas y la alta salivación, que insistía en salírseme por entre las comisuras de mis labios.

Todo sacrificio bien encausado tiene su recompensa. Después de varios meses, pude juntar la cantidad de $ 134.45 pesos. Rompí mi cochinito, las monedas se desparramaron sobre la mesa del comedor y, como si de migajas de pan se trataran, las recogí en una bolsa de plástico. Fui al supermercado, que quedaba a unas cuadras de mi casa, tomé el juego de química, resuelto llegué a la caja y vacié ruidosamente el contenido de mi bolsa de plástico sobre el mostrador para asombro de propios y extraños. A la pobre cajera, que ya salía de su turno, le tomó quince minutos contar los veintes y centavos sólo para corroborar que ahí había los $ 134.45 pesos que costaba el mentado “juguete”.

Nada más hube llegado a la casa, abrí mi juego y leí las instrucciones para confeccionar el violento volcán que salía haciendo erupción en los anuncios publicitarios. Cuando vi que el bicarbonato de sodio produce espuma y no lava, mi decepción no pudo ser mayor. Tomé mi juego, con cuidado lo guardé en su caja y lo metí en mi clóset. Nunca más lo volví a ver.

Así que ya sabe. No se deje llevar por la publicidad y mucho menos en estos tiempos previos al 7 de junio.


Nos vemos el próximo miércoles a las 8 de la noche en punto. Ya sabe que las bicis son gratis y no es necesario ahorrar ni un centavo para leerlas.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “¿Somos un vil producto de la publicidad? – El mundo desde mi bici CXXXIV

  • Ma. Cristina de la Sierra

    Buenas noches amigo,

    Me reí mucho con mi bici del día de hoy y algunos de los jingles que mencionaste y ya no me acordaba.

    Pobre criatura al ver esa espuma que le costó tanto sacrificio pero espero que hayas empezado a aprender la lección. Estoy segura que de niños pasamos mas de una vez por el engaño de juguetes mi alegría.

    Ahora de adulto me han robado mucho en las cremas anti arrugas.

    No paro de reír y eso me pone de buenas.

    Un fuerte abrazo

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