Efecto mariposa – El mundo desde mi bici CXXXIII

Imagen de: webexhibits.org

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Kant decía que todo hecho puede ser considerado como moral o como inmoral por las consecuencias que provoca. Por eso, robar nunca es bueno. Hasta aquí todo está bien, pero ¿qué hay de esos actos cuyas consecuencias nos es imposible conocer a priori?

Según Kant, como buen alemán al fin y al cabo, si los efectos de algún acto cometido resultan ser malos, aunque éstos ocurran cuatrocientos años después, dicho acto se calificaría como inmoral. Ante tal inflexibilidad, ni Dios mismo escapa al lapidario juicio kantiano.

En 1615, Cervantes publicó El ingenioso hidalgo Don Qvixote de la Mancha. Además de conformar un idioma, el castellano, consolidaba la esencia de la novela: historia de largo aliento, llena de episodios, como la vida misma.

Este género floreció con ímpetu dos siglos más tarde, guiado por las plumas señeras de Dostoievsky, Tolstoi, Flaubert, Balzac, Hugo, Alas, Pérez Galdós y Valera. Aquí la novela se convirtió en compendio humano, tratado social, documento incriminatorio. La forma de hacerla, con presentaciones detalladas no sólo de sus personajes, sino de situaciones y lugares, se canonizó al grado de provocar su desgaste durante las primeras décadas del siglo pasado.

Fue entonces cuando la novela dio muestras de un polimorfismo y de una vitalidad inusitados. Aparecieron Joyce, Woolf, Fitzgerald, Mann, Kafka, Rulfo, García Márquez, Saramago, Cortázar, Vargas Llosa sólo para darle nuevo aliento a un género que parecía agotado. Aquí el leitmotiv fue la interiorización de su discurso. Se hurgó en el ser y su esencia primero con afanes de psicólogo y después sin pretensión aparente alguna, incorporando el bagaje surreal a su ya diversa naturaleza. Como bien apuntó alguna vez el buen Cronopio (cito de memoria): “No se trata de instalar la situación en los personajes, sino de instalar a los personajes en la situación.”

Y tal vez por eso guardemos mejor en nuestra memoria a Josef K., Horacio Oliveira, Aureliano Buendía, Leopold Bloom y Pedro Páramo. Son más entrañables, más cercanos a nosotros que los rebuscados arquetipos decimonónicos.

¿Cómo pudo entonces naufragar, aunque sea parcialmente, un género tan excelso cuando encalló en las procelosas aguas de la televisión?

Parece ser que la rama se empezó a torcer mucho antes, con la publicación de los cuentos de los hermanos Grimm. Estos autores, también muy alemanes, abusaron de la exitosa fórmula que explota ese círculo vicioso que narra la historia de una chica desventurada, que vive en un entorno adverso, del cual sólo sale por medios mágicos, para concluir con el happy end “vivió felizmente por siempre jamás” (dando así la oportunidad al lector de prefigurar el mismísimo infierno, porque es más que obvio que no se puede vivir feliz por toda la eternidad sin morirse antes de un amplio y atragantado bostezo).

Un cuento es un cuento y un libro es un libro, mas otra cosa es una película, o toda una horda de ellas. Disney tuvo a bien apropiarse del invento de los Grimm y de las historias que lo envolvían y lo difundió, versión largometraje y technicolor, a los cuatro vientos, colocándolo en todas las salas cinematográficas del mundo, incluyendo las de Kamchatka.

La formulita migró con naturalidad del cine a la radionovela (emulando —también— a las viejas novelas por entregas). De la radionovela a la telenovela, para ser francos, no media más que una leve adecuación tecnológica.

En vez de Cenicientas y Blancanieves, la televisión cambió los nombres de sus protagonistas por los de Rina, María la del Barrio y otros aún menos originales. Alimentadas por su afán de lucro a toda costa, las televisoras empezaron a extender la duración de sus novelas, atinadamente identificadas en España como culebrones. En los Estados Unidos duran décadas, en México, sólo años. De cualquier forma son un martirio garantizado.

Hay, por increíble que parezca, una propuesta estética de no poca importancia: los personajes que aparecen en las telenovelas están impecablemente vestidos y arreglados. Poco importa que sea el millonario de la familia o el vago de la esquina: todos están listos para asistir a una boda.

Es tan idílica y excitante la ficción que encarnan, como si de una fuerte droga se tratara, que es hasta lógico que muchos artistas decidan traer a sus personajes a la vida real. No deben de extrañarnos los matrimonios con la princesa o el príncipe en turno, que se compren castillos blancos y que se tomen fotos coquetas para las revistas abocadas a hostigar a la realeza “de a de veras”.

Deberíamos, más bien, estarles todos agradecidos, ya que nos dan la oportunidad de realizarnos a través de ellos, que tanto se sacrifican. Esto, dicen los artistas (o los personajes que encarnan, no lo sé), es algo que la “prole” no puede entender.

 

Lo espero con una bici menos conceptual el próximo miércoles en punto de las ocho de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “Efecto mariposa – El mundo desde mi bici CXXXIII

  • Ma. Cristina de la Sierra

    ¡Muy bueno! Nos haces ver como pudo naufragar un genero tan excelso en el medio de las masas.

    Ese círculo vicioso ha estado en varias generaciones. Lo triste es que todavía hay muchas mujeres que creen que van encontrar la felicidad en un príncipe azul. Insatisfechas con ellas mismas, lo seguirán esperando.

    Lo mejor sería, cortar las cadenas a ese mundo superficial que no existe.

    Besos amigo.

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  • Rafael Ramón Heredia Gómez

    Interesante.Creo que la ficción es necesaria, siempre y cuando la persona puede volver a la realidad. Por eso la educación debe ser natural y graduable.En cuanto a lo de Kant siempre tendrá razón visto desde sus categorías.Lo malo es la calidad (Categoría) de las novelas.

    Le gusta a 1 persona

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