Una aventura en GPS – El mundo desde mi bici CXXXII

Estupa de la Paz - Valle de Bravo Foto: ETBM

Estupa de la Paz – Valle de Bravo
Foto: ETBM

La vida es su transcurso y sus ominosos extremos. Mientras no alcancemos el extremo que nos resta, lo que nos queda es disfrutar el momento: este momento.

El sábado de la semana pasada tuve un inesperado viaje a Valle de Bravo. Valle de Bravo se encuentra al oeste de la Ciudad de México, a aproximadamente dos horas y media de camino en coche.

Valle de Bravo está equipado con un lago de buenas dimensiones y con arboladas montañas; goza de un clima caprichoso y contiene un pueblo ‘mágico’ de arquitectura pareja y placentera. Ahí se practica la vela, el esquí acuático, la pesca, el vuelo en parapente y en paracaídas; el motocross y el viejo arte de la suave conversación, al tiempo que se asan bombones al calor de las brazas alimentadas por maderas de ocote y de pino.

De todas las increíbles actividades recreativas disponibles, nosotros fuimos a Valle con el único objetivo de visitar una estupa budista.

Una estupa, les explico a aquellos que tengan todavía interés en seguir leyendo las líneas de este incordio, es una especie de templo budista. Bueno, no es un templo, stricto sensu, porque no se puede acceder al interior de él, mas tampoco es un monumento, porque no conmemora nada. Una estupa es un monumento-templo-símbolo que es muy utilizado sobre todo por la vertiente tibetana del budismo. En las estupas, se congregan los así llamados budistas para realizar sus ejercicios de meditación.

Pero me estoy adelantando mucho. Primero hay que llegar a Valle y después a la estupa.

Hace no mucho tiempo llegar a Valle era casi obra de la casualidad. Ahora, en este tan avanzado México del siglo XXI, ya no es tan complicado. Sólo hay que estar pendientes, cuando se está entrando al laberinto vial del distribuidor de Lerma, para tomar el libramiento correcto, el cual, para infortunio de todos, está pobremente señalado. Eso sí, una vez localizado el mínimo letrero y tomado la carretera correcta, sólo es cosa de disfrutar el camino y de abrir bien la cartera, porque los que fijaron los precios de los peajes parece que se inspiraron en los que rigen las autopistas de Bahrein.

Encontrar la estupa, eso es otra cosa.

No es la primera vez que ahí vamos. Cada vez que lo hacemos es inventar el hilo negro. Para no cometer los errores del pasado, decidimos en esta ocasión utilizar lo más avanzado de la tecnología al alcance de nuestras manos: el GPS.

Abrí el Google Maps en mi teléfono, busqué estupa de Valle de Bravo y ¡zaz! me entero de que en Valle ya hay dos estupas. Una que se llama de la Paz (la tibetana, la nuestra) y otra que es china. ¿Y la china de dónde salió, tú? ¡Sepa! ¡Como todo lo copian! Y sí, me imaginé una estupa construida con tablarroca, láminas de madera aglomerada y plástico rígido dorado, igualito al que usan en esos gatos chinos que se venden en todas partes y que según esto llaman a la riqueza y a la abundancia.

Una vez establecido el destino en nuestro programa, nos recibió la voz de una mujer española: “A doscientos metros, gire a la derecha.” No tengo nada en contra de las mujeres copilotos, mas es de todos conocido que son los únicos seres humanos que cuentan con dos manos derechas: una con la que escriben y la otra con la que no. Además, no creo que una española encapsulada en mi teléfono sepa mucho sobre la localización de estupas en poblados pequeños de una región boscosa de México. Entonces el recibimiento de Google Maps provocó, si no mi escepticismo inmediato, al menos un poco de suspicacia: ¿cómo interpretar esa instrucción que dice “A doscientos metros, gire a la derecha”? ¿Tendría que girar entonces a la derecha-derecha o a la derecha-izquierda? De todas formas decidimos confiar en el dispositivo y seguir fielmente sus instrucciones, evitando en lo posible las interpretaciones ontológicas.

Nos perdimos de nuevo.

La española ambidiestra nos mandó a la entrada de una mansión que se interpuso en nuestro camino. Bien podría haber sido de Carlos Slim o, al menos, de ese pobre empleado suyo, Donald Trump. Como no pudimos burlar la fuerte seguridad que ahí había, tuvimos que recurrir a métodos arcáicos: empezarle a preguntar a la gente.

Después de 20 minutos, llegamos a la estupa. Y aunque sentí alivio al dar con ella, debo reconocer que, después de todo, el viaje, con todos esos pinos, ese cielo azul y toda esa gente despreocupada y hasta alegre, fue el que valió la pena.

 

El miércoles próximo a las ocho de la noche en punto es la cita aquí. Habrá una bici menos tecnológica.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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