Campaña verde – El mundo desde mi bici CXXXI

10174955_10206387439430938_6368180047451411200_nLas palabras, además de evocar, tienen el poder de crear. Su relación con el mundo ‘real’ es tan estrecha que a veces a falta de palabras las cosas no son: no existe lo que no está nombrado.

Hace cincuenta años la palabra ecología era casi inexistente y, por ende, su ciencia también. Nuestra civilización industrial estaba más preocupada por producir mucho de todo, que en las posibles consecuencias que este frenesí traería consigo. En esos tiempos, por supuesto, sólo se intuía el smog y no existía (¡pero por supuesto que no!) el calentamiento global.

Un puñado de biólogos descubrió que la naturaleza estaba regida por sutiles mecanismos: los ecosistemas. El estudio de los ecosistemas dio nacimiento a una nueva disciplina: la ecología.

La ecología es una ciencia y, como tal, hace predicciones: si al desierto le quitamos los escarabajos peloteros, el desierto se nos llenaría pronto de heces y otras indecibles inmundicias. Con toda seguridad lo convertiríamos (por la abundancia de inmundicias) en un lugar que diera hogar a cierto tipo de plantas y, después, de animales, mas al hacerlo, el desierto dejaría de ser desierto y es muy probable que por este simple hecho el Amazonas se nos seque, el eje terrestre se nos desplace un cuarto de grado y para qué le cuento la que se arma.

Al conocer estos delicados sistemas, la humanidad (que no el hombre, porque no es políticamente correcto, en aras de la equidad de género, andar diciendo así nada más porque sí que el hombre tal o cual) empezó a darse cuenta de que los ciclones se hacían cada vez más devastadores; que la Ciudad de México, además de terribles temblores, podía provocar el nacimiento de tornados al más puro estilo Oklahoma; que los cascos polares se derretían y se llevaban entre sus detritos a desesperanzados osos polares; que la agricultura y la ganadería, inventos que hicieron del homo sapiens en homo sapiens sapiens, no son tan buenos e incluso son inviables en un futuro mediato.

Sin la ecología no hubiéramos conocido nada de esto y tal vez esto se dio gracias a la ecología.

Así también la ecología cobró mucha importancia.

Tan importante que se formaron partidos políticos en torno a ella, erigiéndola ya no en ciencia si no en ideología.

En México, un empresario farmacéutico, aburrido consigo mismo, fundó el Partido Verde. En medio de un país azotado por reiteradas crisis económicas, con un índice de pobreza creciente, quebrado hasta en sus ánimos, a este señor se le ocurrió pregonar a diestra y siniestra que la solución residía en salvar a las vaquitas marinas, en acabar con la contaminación visual y en promover el consumo de productos orgánicos. Pronto vio que el “discurso verde” poco podía y cambió de estrategia auspiciado por los consejos de un joven y pragmático pariente: el Niño Verde.

El Niño Verde supo que la ecología debía estar más con los hombres que con los ecosistemas. Descubrió que era más rentable hacer propuestas populares como enseñar el idioma inglés y la computación (sin maestros calificados), ofrecer vales de atención médica (sin hospitales), aumentar la pena a secuestradores (pero dejar intacta la de los asesinos, lo que ha provocado que los secuestradores se conviertan en asesinos) y dar vales de primer empleo para jóvenes (sin propiciar el crecimiento económico).  Sus propuestas mitigan la disolución social pero no la remedian, tal y como sucede con los productos farmacéuticos que esta familia todavía vende.

Aparte, en todo su programa legislativo encontramos sólo dos propuestas relacionadas con la ecología y que también tienen un tufillo de populismo ramplón:  veda a incendios forestales y reparación del daño ocasionado y multa a empresas contaminantes.

Como el discurso populista no alcanza a veces, es necesario recurrir a prácticas de inducción al voto más agresivas. Por ejemplo, dar al posible votante el lindo regalo anti-ecológico: tarjetas de descuento hechas de PVC, mochilas manufacturadas con fibras no reciclables, boletos de cine  y folleto de agradecimiento hechos de papel de celulosa virgen.

En un país en donde el partido político más aborrecido cuenta con la mayor intención de voto, no es raro encontrar un partido ecológico que en realidad no lo es.

(Nota al margen: el Verde me regaló los boletos para el cine y la mochila verde-dáñame-la-retina. Ya regalé los boletos. ¿A alguien le interesa la mochila?)

 

Nos vemos la próxima semana con otra bici. Es el miércoles en punto de las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Campaña verde – El mundo desde mi bici CXXXI

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