Aves migratorias – El mundo desde mi bici CXXIX

Imagen de: mexico.pordescubrir.com

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¿Qué es un ghetto?

El diccionario, antes que nada, nos corrige: en buen castellano ghetto no se escribe ghetto sino gueto. (Pero así escrito, gueto parece más bien pariente cercano del gato y como que los gatos, que además son tan buenas personas, no tienen mucho que ver con los guetos.) Después de enmendarnos la plana filológica, nos define: [el gueto es la] “Condición o situación de marginación en que se encuentra una minoría racial, política, ideológica, religiosa, etc.” También es: “Zona o barrio habitado por personas que tienen un mismo origen o condición y viven aisladas por motivos raciales o culturales.”

Es decir, un ghetto es un lugar aislado en donde se coloca a un grupo de personas que no son muy deseables, sea cual fuere la razón de esa indeseabilidad. Por lo tanto, luego entonces, ergo sum, los aeropuertos son los ghettos que están bastante cercanos a la perfección.

Los aeropuertos son lugares muy aislados. Normalmente lejanos a la ciudad (salvo el de la Ciudad de México o el de Hong Kong), están diseñados para facilitar la entrada a ellos pero dificultar la salida. Estar dentro de un aeropuerto es como estar en todas partes y en ninguna: la sala A es idéntica a la C que es idéntica a la D y casi igual a la B. Los comercios, restaurantes, tiendas de conveniencia y casas de cambio ubicados en sus interminables pasillos se repiten estratégicamente hasta el infinito. Ni los pisos, cubiertos por el más parejo de los mármoles, son un indicativo fiable del lugar en donde se está parado. Un aeropuerto es un laberinto, si no físico, sí al menos psicológico.

Por ejemplo, la semana pasada viajé a los Estados Unidos. El aeropuerto que me recibió fue el de Dallas. Además de que cumple con las condiciones descritas en el párrafo precedente, es uno de los aeropuertos que se precia de ser de los más feos del mundo. Si algún día tiene la oportunidad (o desgracia) de “caer” ahí, observe con cuidado la total carencia de arquitectura. Más que una obra del eclecticismo, su descomunal edificio parece ser la creación de muchos ingenieros que nunca quisieron ponerse de acuerdo. Es, dirían los físicos, un buen ejemplo de la singularidad.

La caótica disposición de sus formas me hizo presagiar los consecuentes malos tratos en las zonas reservadas para migración y aduanas. Para mi fortuna —y la de mis acompañantes de viaje— esto resultó ser un error de apreciación. Tanto el muchacho (a mi edad todos los demás hombres son muchachos) que me atendió en migración como la amable señora (ella sí, como de mi vuelo) de aduanas se portaron como damas (así de cordial el susodicho muchacho: una verdadera dama de lo caballeroso que fue). Gracias a tanta cordialidad estuve a punto de perder mi vuelo de conexión a las tierras de Dorothy.

Mas los aeropuertos norteamericanos nunca han sido tan benévolos conmigo.

En 1988 viajé a Los Angeles. Me atendió en migración un hombre de color de 2 metros de altura e igual medida de diámetro. En su malísimo inglés me preguntó varias veces algo que nunca pude entender. Casi me manda al infierno de vuelta (según él, el infierno era México). Todavía no entiendo bien por qué se apiadó de mí y me dejó pasar (a lo que él consideró el cielo, o sea, los Estados Unidos).

En 1994 fui a Nueva York. Ahí me recibió un coreano que hablaba con el acento pastoso y cantado de Robert de Niro. Con aire de nuevo inquisidor, me estuvo haciendo todo tipo de preguntas por media hora: ¿a dónde va? ¿por qué? ¿cuándo? ¿sabe la dirección? ¿me podría dar el código de área del teléfono del hotel en donde se va a alojar? ¿qué hora es? ¿por qué es esa hora? ¿sabe que en los Estados Unidos no se permite el tráfico de drogas? ¿sabe usted por qué? ¿cree usted en Dios? ¿por qué? ¿cuántos personajes tiene el sitcom de Seinfeld? ¿sabe usted que es un sitcom?  ¿lleva una escopeta consigo? ¿por qué habla inglés? ¿estudió en los Estados Unidos? ¿no? ¿por qué? ¿está usted casado? ¿por qué? siendo tan joven como se ve, ¿no cree que es prematuro que usted venga a un viaje de negocios? ¿está usted seguro de que su viaje no es de placer? …

El parteaguas fue el año del 2001.

A partir de septiembre de ese año me convertí de simple mexicano a una persona menos grata. Esto se debe a dos cosas: a la ignorancia y a mi constitución física. Resulta que en mis venas corre bastante sangre libanesa, hecho sorpresivo por hasta entonces desconocido para mí y que, para iluminación personal, explica muchas cosas que me pasaron y que me pasarían después. Ya sabemos que a los levantinos no se les quiere muy bien por allá y mucho menos si llevan —inexplicablemente para los gringos— un apellido de origen alemán. Así que ni modo: a agua y a ajo.

 

La cita es el miércoles que viene a las 8 de la noche. Traeré una bici menos viajera.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “Aves migratorias – El mundo desde mi bici CXXIX

  • Borgeano

    El aeropuerto es el epítome del no-lugar; de eso no cabe ninguna duda. Los norteamericanos son un caso curioso; viven entre los buenos modales, la estupidez y la paranoia. Llegar a un aeropuerto de Estados Unidos es como jugar a la ruleta: si uno tiene suerte, todo es rápido, fluido, cómodo; si uno no está de buena racha, le pueden hacer la vida de cuadritos.

    Un abrazo.

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