Whatchamacallit – El mundo desde mi bici CXXVIII

El hombre, para explicar los fenómenos que no podía explicarse, creó primero una pléyade de dioses. Estos dioses eran de temperamento muy humano: discutían, se peleaban entre ellos, estrechaban alianzas y provocaban desde los desastres naturales más devastadores hasta las guerras más terribles, todo porque a veces se morían del aburrimiento.

Luego el hombre se convenció de que dios sólo podía haber uno y, como seguían pasando algunas cosas buenas y otras malísimas, decidió dotarlo de una personalidad bipolar: Dios, como muchos ya saben, le pidió a Abraham que matara a su único hijo; cuando estaba a punto de satisfacer tamaño capricho, lo detuvo: “Si no es para tanto, Abraham, sólo quería ver si en verdad me querías.”

Muchos siglos después de esta mala broma, el hombre se atrevió a cuestionar la existencia de su invención. Hoy en día, el tema no ha sido resuelto satisfactoriamente, así que seguimos acumulando pruebas a favor y en contra en este juicio que parece no tendrá fin. Lo que sí existe, sin duda, son los demonios.

Se tiene la creencia de que los demonios son ángeles caídos. Los demonios, contra lo que algunos piensan, no existen fuera de nosotros y no se cayeron de ningún lugar. No se aterrorice, usted no está poseído como la niña malhumorada de El Exorcista, los demonios no son malos (necesariamente) ya que ellos son sólo las querencias que a menudo tenemos.

Tuve la oportunidad de viajar a Alemania muy chavo. Tenía ocho años. En Alemania hice muchos descubrimientos: que las cosas podían estar ordenadas, que los parques públicos pueden ser divertidos, que nuestro clima es envidiable y que existía el chocolate blanco. Descubrí, sobre todo, el chocolate Kinder. (No el huevo ése, que casi no es nada; si no la barra con chocolate con leche afuera y blanco por dentro.)

Llegando a México no me conformé con los chocolates Turín y mi paladar rechazó de plano el Carlos V.

Años después fui por primera vez a los Estados Unidos. Además de McDonald’s, los gringos tenían Baby Ruth, Milky Way y una galleta en barra cubierta de chocolate que se llama Whatchamacallit. Popular en aquellos entonces, compré muchas barras y las contrabandee a México. Tenía la idea de comer una por semana, para que me duraran. Después del segundo día de haber llegado de mi viaje ya no quedaba una sola.

Con menos terquedad que antes, le entré a las lenguas de gato y a los Manicero y los Cocolete.

Hasta que México abrió sus brazos al comercio exterior y tuve un feliz reencuentro con los Whatchamacallit. Aunque caros, ahora se vendían en cualquier supermercado.

De un día para el otro desaparecieron de los anaqueles y ya no volvieron más. Le tuve que entrar a las gomitas de agar-agar de Liverpool. No son chocolates, pero son muy sabrosas.

Estos días tuve la oportunidad de ir a los Estados Unidos. Esta vez de trabajo. Aproveché una hora libre para ir en búsqueda de mi chocolate favorito. Fui a tres dulcerías: nunca habían oído hablar de él. Cansado, ojeroso y eso sí con mucha ilusión, decidí recurrir a un último recurso.

La mujer que estaba en la recepción de la oficina se veía conocedora del tema, así que le pregunté en dónde podría encontrar mis Whatchamacallit, si aún existían. Me dijo que averiguaría y me avisaría de inmediato.

Cuando la volví a ver, casi al final de la jornada, me tenía nueve barras que había conseguido en los barrios más oscuros de Lawrence, Kansas.

Hoy, después de llegar del aeropuerto, fui al banco y contraté una caja de seguridad.

 

Si quiere más golosinas, leámonos la próxima semana. Tendré una bici nuevecita y reluciente cargada con muchos dulces sólo para usted.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “Whatchamacallit – El mundo desde mi bici CXXVIII

  • Borgeano

    Lo entiendo más de lo que pueda suponer Enrique. Luego de vivir seis años en EE.UU. me hice adicto al Root-Beer y cuando volví a Argentina me llevé un par de cajas de 24 latas, las cuales, por fortuna y debido al particular sabor de esta bebida, nadie tocó. Ahora, en este viaje, encontré Root-Beer en Costa Rica y compartí mi alegría (sí, uno se vuelve un niño) con mi familia a través de las habituales redes sociales, sin efecto alguno, dicho sea de paso (a nadie le importan nuestras obsesiones triviales). Pensé que en México iba a encontrar esta bebida, pero fui demasiado optimista. A pesar de estar tan cerca de gringolandia, no tuve suerte. Debí haberme traído un par de cajas desde Costa Rica.

    Un abrazo.

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    • Enrique Boeneker

      Es curioso el caso de la Root-Beer en México. Yo creo que tiene que ver con la afición a los deportes.
      Los primeros estadios que se construyeron en este país fueron concebidos para el futbol americano, no para nuestro futbol; también hicieron para el beisbol. En esos días se vendía root-beer a pasto, de hecho era una bebida de cierta popularidad. Con la llegada del “deporte nacional” y su malhadada selección el root-beer desapareció. Ahora se encuentra en lugares underground y es de muy dudosa procedencia. A mí, en lo particular, me gustaba de chico, porque creía que me daban cerveza y no refresco.
      Abrazo de vuelta.

      Le gusta a 1 persona

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