Manual para el polemista ocasional – El mundo desde mi bici CXXVII

Imagen de: vos.lavoz.com.ar

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La palabra mestizo nos refiere necesariamente a la palabra mezcla. El verbo mezclar, por alguna extraña razón, me lleva a pensar en los emulsificantes: al mezclarse las características sobresalientes de las partes se anulan para crear una nueva naturaleza. No hay nada más falso que esto.

México, de todos es sabido, es un país mestizo. Aquí no sólo convergen las razas europea e indígena, también hay asiáticos, tanto lejanos como cercanos, así como algunos africanos (de estos menos). Aun así, es pertinente conceder que las culturas española y prehispánica son las más comunes y, por lo tanto, las que tienen mayor peso específico. La vocación por cuestionarlo todo de los españoles, bajo la teoría de la emulsificación, podría haberse diluido con la cosmogonía monolítica e incuestionable de los indios americanos. El mestizaje nos muestra que llevamos en nuestra sangre las dos naturalezas, conviviendo a la par, sin dilución alguna, una al lado de la otra, en una dialéctica perenne. A los mexicanos nos encanta la certidumbre pero también nos gusta cuestionarla a la primera provocación. Creemos que esto es una virtud y que nos hace excelentes polemistas.

Los que sí son polemistas saben de antemano que su arte no es el de convencer, tampoco es el de tener la razón. Cito dos ejemplos provenientes de un sobresaliente polemista y político mexicano.

En 1980, el entonces presidente de la república, José López Portillo, nos anunció que deberíamos estar preparados para administrar la abundancia. Los mexicanos, exultantes, nos sentimos de inmediato millonarios y nos pusimos a gastar hasta en lo que no teníamos. Dos años más tarde, el mismo presidente nos advertía que ante el mayúsculo descalabro económico que el país experimentaba, defendería a nuestra moneda, el peso, como un perro. Acto seguido, todo el mundo —descreído— empezó a comprar todos los dólares que pudo.

Los filósofos se obstinan en creer que la polémica es una ciencia exacta y que está sustentada en la lógica. Su objetivo, afirman, es llegar a nuevas soluciones para resolver viejos problemas.

Los filósofos dirán misa. En estos lugares la discusión es a veces mero pasatiempo y muchas veces deporte feroz.

Debido a esto siento necesario al menos establecer un sustrato básico de reglas que rigen esta disciplina.

Todo polemista que se precie de serlo practica el principio de que todo fin justifica cualquier medio. Un polemista avezado sabe que su terreno no es el aula o la sala de sesiones, es la cantina.

Antes de iniciar las hostilidades, le debe convidar a su adversario al menos un par de tragos, de preferencia unas cubas libres bien servidas y preparadas con Coca-Cola normal. La Coca Light, está más que comprobado, produce cólicos e interrumpe las buenas (y también las malas) conversaciones. Durante la ingesta de las bebidas espirituosas le recomiendo halagar las extraordinarias facultades de su interlocutor, como por ejemplo su habilidad para construir argumentos incontrovertibles.

Una vez allanado de esta forma el terreno, debe empezar la discusión picándole la cresta a su contrincante, de preferencia por medio del uso de uno de los halagos vertidos en la fase previa.

—Mira, Ranulfo, esa habilidad tuya para argumentar con toda seguridad la aprendiste cuando eras priista.

Es ahora cuando es importante introducir el tema a discutir. Si conoce a su compañero, sabrá la postura que debe de tomar. Si él prefiere la filosofía de Ayn Rand, usted contrapondrá los preceptos más sólidos de la doctrina marxista; si por el contrario él cree que la teoría de cuerdas es la que mejor describiría el funcionamiento del universo, usted le aventará en la cara la teoría holográfica; si él está seguro de que es verde, usted dirá que sin duda alguna es azul.

Esto degenerará después de un tiempo en una actividad más cercana al peritaje que a la dialéctica: se tratarán de exhibir las pruebas necesarias aunque éstas sean apócrifas y de nula procedencia. La conversación subirá de tono y lo hará más al calor de los tragos hasta llegar al estado de la honestidad completa, en donde ambos contendientes de manera súbita se abrazarán entre sollozos y se declararán amistad incondicional y eterna.

Al menos nuestra innata bipolaridad tiene una explicación.

Si está de acuerdo, nos vemos el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “Manual para el polemista ocasional – El mundo desde mi bici CXXVII

  • Borgeano

    No quiero polemizar, Enrique; pero no sé si lo que dice de los filósofos es exactamente así. Claro, el tono irónico con el que termina el texto hecha otra luz sobre lo primero; de todos modos, escribe tan bien que hay que leer el texto dos veces –al menos– para no meter la pata en lo que uno va a decir.
    La imagen con la que ilustra la entrada es perfecta.

    Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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