Entre vendedores te veas – El mundo desde mi bici CXXI

Una virtud muy escasa, casi en extinción, es la de tener el don de la oportunidad. Poseer esta virtud es de suma importancia, sobre todo para cualquier vendedor que quiera aspirar a obtener cierto éxito: llegar en el momento preciso, con el bien o servicio justo, al precio correcto. Es una misión casi imposible.

El primer vendedor que conocí, hasta donde mi memoria me permite llegar, fue el señor que nos vendía las naranjas. Llegaba a la casa los sábados a las ocho de la mañana; tocaba el timbre tres veces y esperaba paciente hasta que alguno de nosotros se atrevía a salir de su cama, a esas horas gélidas de la madrugada, para comprarle una docena de naranjas.

Después conocí a los demás vendedores.

En las décadas de los setenta y de los ochenta, perseguidas por la inflación y las devaluaciones, salieron a la calle miles de personas para vender lo que se pudiera. Los cruceros se llenaron de niños y de mujeres que vendían chicles y dulces, se multiplicaron los puestos de comida en las aceras y se organizó un bien entrenado ejército de vendedores de puerta en puerta.

Al mariscal de ese ejército, un verdadero genio del marketing de aquella época, se le ocurrió que la mejor hora para vender a domicilio era la hora de la comida.

Recuerdo que nada más era cosa de sentarse a la mesa, de hendir por primera vez la cuchara en el plato de humeante sopa y justo en ese momento, con precisión cronométrica, tronaba chillón el timbre de la casa. Todos sabíamos que era un vendedor más, ya el que vendía aspiradoras, ya el de los extractores de jugo, ya el de los perfumes, ya el de las enciclopedias o el de los libros; esto dependía del día de la semana.

Mi abuela, que tanto me quería, me hacía atenderlos a todos.

No vaya a creer usted que mi abuela era una mala persona. Cuando regresaba a la mesa, después de diez minutos de soplarme letanías inflamadas de emoción por el vendedor en turno, me esperaba una sopa igual de caliente.

Con el tiempo me fui haciendo de algunos artilugios para deshacerme de los vendedores con rapidez. Una vez, harto de las constantes visitas de esas otras vendedoras, las testigos de Jehová, me vi en la necesidad de advertirles: “Miren, señoras, en esta casa se siguen sólo cultos satánicos, así que si no quieren ver su salvación perdida, les aconsejo que mejor ya no vengan, digo, no vaya a ser, ¿verdad?” No volví a saber de ellas.

Por lo menos en esos días le veía la cara al vendedor y así, con toda franqueza y viéndolo a los ojos, lo podía mandar a freír espárragos.

Ahora eso es imposible gracias al correo electrónico y a la telefonía celular… sobre todo a la telefonía celular. No hay día en que no me llamen de alguna “institución bancaria” para ofrecerme el lindo y exclusivo seguro:

—Buenas tardes. ¿Tengo el gusto de hablar con el señor Enrique Teo… tio… Teodoro Bue… Boi… Be… Buenéquer Méndez?

Si cometo el error de afirmar que el señor Enrique Teodoro Buenéquer Méndez es el mismo que viste y calza, entonces de inmediato me gano el premio de tener que escuchar los enormes beneficios del nuevo seguro contra pisotones de animales, el cual no sólo cubre pisotones de burros, mulas o caballos sino también de posibles atropellamientos de rinocerontes, elefantes y, pues, de todo aquel animal grande que pueda a uno perjudicarlo. Este magnífico seguro nada más cuesta treinta y cinco dólares mensuales y posee la virtud de proteger a toda la familia.

Todas las artimañas verbales que había aprendido para evitar estos discursos fueron en vano. Nada les importa a estos insolentes del telemarketing. Están dispuestos, inclusive, a discutir airadamente si es necesario.

Desesperado por esta cotidiana invasión a mi privacidad, recurrí a la ayuda de un amigo. Cuando terminé de quejarme, me miró un poco consternado y me dijo: “¿Y si les cuelgas el teléfono?”

Santo remedio.

 

Lo espero el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche con más consejos. Recuerde, es aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Entre vendedores te veas – El mundo desde mi bici CXXI

  • danioska

    Ay, la plaga de los vendedores por teléfono. A mí, hasta eso, no me llaman casi al celular, pero en mi casa es cuestión de cada semana. Ya me quejé, los reporté, hice todo lo que se me ocurrió pero nomás no logro quitármelos de encima. Voy a aplicar la de colgarles, espero que funcione.
    Abrazo

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    • Enrique Boeneker

      ¡Hola, Danioska!
      Sí, la maldita plaga de vendedores telefónicos… Por más procuradurías, comisiones y teléfonos especiales para reportar anomalías y abusos, la mejor (y única solución) es la de colgarles el teléfono. Como dice mi compadre, si ellos te molestan, también moléstalos a ellos.
      Un abrazo agradecido por tus lecturas.

      Le gusta a 1 persona

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