Esa maldita reincidencia – El mundo desde mi bici CXX

Lugar común: el hombre es el único animal que se tropieza más de dos veces con la misma piedra. Dos precisiones: primera, el uso que se le da al sustantivo animal en este dicho es a propósito; segunda, la piedra crece.

Le voy a contar una historia.

Hace treinta años conocí a un amigo, al cual llamaré J. Oculto su identidad porque lo que a continuación relataré no le va a favorecer mucho y yo soy un buen amigo.

J es tres años mayor que yo. Es decir, un verdadero muchacho de marras. A pesar de que cuando lo conocí la diferencia de edad podía ser un factor determinante para la construcción de amistades, en nuestro caso no lo fue. Tal vez resultó así porque a mi amigo no lo veía con mucha frecuencia. En años buenos no más de 3 veces, en años malos ni lo veía.

La cuestión es que J era muy bien parecido y, por inevitable consecuencia, era muy noviero. No sólo eso: siempre se le veía con alguna mujer espectacular. Fue (y es) la envidia de muchos de nosotros.

Dos factores, sin embargo, contribuyeron mucho a su éxito con las mujeres aparte de su aspecto físico: su sentido del humor y su billetera. Siempre fue de chiste oportuno. Muchas de sus pretendidas cayeron en sus brazos más porque se la pasaban muy divertidas con él, que por su coche último modelo y su capacidad para gastar en los lugares más caros.

Rompió, por supuesto, varios corazones. Era un príncipe azul que se resistía a serlo y siempre terminaba huyendo tras una nueva conquista. No fue, para ser preciso, un Don Juan. Don Juan padeció estoicamente su condición de galán; J, en cambio, la disfrutaba en todo momento.

De la nada, a finales de la década de los ochenta, salió una muchacha de aspecto soez: ojos pequeños, nariz larguirucha, labios delgados y pómulos angulosos. Si me hubieran dicho que atendía detrás de un mostrador de cualquier dependencia gubernamental lo hubiera creído. No era fea, pero tampoco era del tipo al que nos tenía acostumbrados J. Para que usted me entienda, a J le gustaban las Elisabetta Canalis, no las Talia Balsam.

Bueno, pues esta chaparrita, que resultó ser mayor que él, algo le hizo, tal vez le puso toloache en alguna bebida. La cuestión es que el buen J cayó redondo y, al poco tiempo de conocerla y a pesar de nuestras reiteradas advertencias, se casó con ella.

Supe después, por otras fuentes, que no fue el matrimonio más afortunado. Resultó que la señora era un poco exquisita y se decepcionó mucho cuando vio a J por primera vez con legañas, pantuflas y una panza en constante expansión. Se decepcionó aún más cuando descubrió que los domingos los pasaba tirado en el sofá, viendo el futbol americano envuelto por un mar de papas fritas y cervezas.

Su divorcio lo decidieron esa mujer, dos abogados y un juez. Esto le costó la mitad de su caudal, que aunque no importaba tanto como el de ahora, no era para nada deleznable.

Supimos, por su posterior comportamiento, que J había aprendido la lección. Siendo como es, era preferible evitar a toda costa el matrimonio.

Y así lo hizo.

Salió con rubias, con morenas, con pelirrojas, con más rubias y con otras no tanto. Algunas veces sus “relaciones” duraban horas, otras años, mas nunca se formalizaban. Su carrera, a la par de esta nueva actitud, empezó a subir como espuma y el dinero empezó a llegar a carretadas. Disfrutaba de una vida plena y se le veía confiado y feliz.

Pero los hombres no podemos vivir mucho tiempo solos, aunque seamos millonarios y compañía no nos falte. J había podido aguantar dos largas décadas a salto de mata, literalmente, hasta que dio un mal paso y cayó de boca.

Esta vez la causa fue una mujer de gran personalidad, inteligente, culta, guapísima, alta como una espiga y además profesionista. Sus ojos penetrantes y algunas que otras cosas más fascinaron a J que, en menos de tres meses, se casó con ella. La celebración de la boda fue un exceso total: cuatro días y dos ceremonias: una oficial y la otra para que amarre.

Cuando J toma una decisión de trascendencia lo hace sin reflexión mediante. Su nueva mujer resultó ser abogada. Pero no cualquier abogada. No. Ella fue la abogada nada menos que de Julian Assange. Sí, el mismo de los WikiLeaks. Su colmillo retorcido salió hasta en la revista Hola.

El matrimonio fue un fracaso desde la luna de miel y parece ser que, después de cuatro meses de mutuas recriminaciones, el divorcio es inminente. La pobre abogada, que tan poco dinero ha de tener, pretende la mitad de la ahora sí abultadísima fortuna de J. Con su parte quiere fundar un bufete de abogados con sede en la 5a. Avenida, con toda certeza sólo para fines altruistas.

La cuestión es que de hombres como J, de esos a los que les gusta tropezar con la misma piedra creciente para luego caer con estrépito rotundo, está plagada la Tierra.

Sólo me resta darle una recomendación: nada de andar tomando café Nespresso.

Nos vemos la próxima semana con otra bici. Es el miércoles a las 8 de la noche aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “Esa maldita reincidencia – El mundo desde mi bici CXX

  • danioska

    Pobre de mi tocayo de inicial, y no es que quiera sacar moraleja de su historia pero es que mi abuelita era sabía: “Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”. En cuestiones del amor conviene echarle un poco de cerebro: cuando uno obra en automático suelen salir a relucir expectativas irreales, cosas del inconsciente, fantasmas de todo tipo. Claro, tampoco es cosa de ir por la vida evaluando cada paso, pero sí (creo) de no tirarse al precipicio sin siquiera pensar si te pusiste el paracaídas. En fin, triste su caso.
    Abrazos

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