Sobre la pertinencia de lo real maravilloso – El mundo desde mi bici CXIX

Algún crítico trasnochado sentenció, hace un tiempo, que lo real maravilloso o la literatura fantástica “a la latinoamericana” había muerto. Ese crítico debería haber aprendido que proferir sentencias lapidarias, como ésta, no es un ejercicio que haya demostrado dar buenos frutos.

Hoy en día, no nada más los críticos sino también muchos escritores han calificado al tratamiento fantástico de la realidad como una vanguardia; es decir, una moda con vigencia perecedera y situada —paradójicamente— en el pasado. No tomaron en cuenta que la realidad, o eso que por la fuerza de la costumbre llamamos realidad en Latinoamérica, nos rebasa todos los días precisamente por ser algo que se acerca mucho a la irrealidad, a la fantasía, a eso que responde a otra lógica que no puede ser siquiera llamada como otra lógica. Es así que encontramos que lo real maravilloso no es una moda: es la terrible realidad de millones de personas.

¿Qué separa lo real maravilloso de la fantasía? Antes de que el término real maravilloso fuera acuñado, toda ficción alejada de la realidad era llamada fantasía. Alicia en el país de las maravillas, los cuentos de Poe, las 20,000 leguas de viaje submarino, Drácula, Dr. Jeckyll y Mr. Hyde y La isla del doctor Moreau son buenos ejemplos de lo fantasioso. En estas obras se le pide al lector su renuncia “a la realidad real” y su anuencia para transitar a otra cosmogonía que —no pocas veces— se separa abruptamente de lo tangible. Lo real maravilloso, en cambio, apela siempre a la realidad real y llega a la “irrealidad” (o súper realidad) a través de ella. Este arribo al otro lado se hace sin violentas disrupciones. A lo real maravilloso se accede como consecuencia natural del texto mismo. Las constantes referencias borgianas a supuestas entradas en la Enciclopedia Británica, la irrupción de la conciencia de que lo que nos rodea es sólo el producto de una percepción subjetiva (Cortázar), la súbita interrupción de la muerte (Saramago) o el cabello verde de la heroína cuyo nombre insiste en escapárseme (Isabel Allende) son algunos ejemplos de esta “estética”.

Y es que nuestra realidad, con sus cotidianas incongruencias, nos empuja sin remedio a creer que su esencia está en otra parte.

En México, por citar el ejemplo para mí inmediato, la cuarta actividad económica de mayor importancia, sólo superada por el petróleo, la maquila y el turismo, es la cultura. Así es, la cultura, tan vilipendiada por el oficialismo ramplón de estas épocas, es una actividad que produce miles de millones y da trabajo a una gran cantidad de mexicanos. Sin embargo, algo debe andar mal con este dato, porque resulta que por estos lares se leen 2.9 libros al año per cápita. Esta cantidad, demoledora en muchos sentidos, se torna ridícula cuando se le descuentan los libros que se “consumen” en la educación básica y superior: en México se lee, por puro gusto, menos de medio libro al año; o sea, en este país, por puro gusto, no nos gusta leer. Habrá que definir entonces lo que los economistas definen como cultura.

En un estado del sur, el gobernador fue obligado a renunciar por timorato, prevaricador y además, cómo no, mitotero. Dejó tras de sí un estado convulsionado por la violencia, con cientos de personas desaparecidas, en manos del crimen organizado, empobrecido hasta la coronilla y sin promesa de futuro alguno. El hijo de este insigne personaje, tratando de continuar con el importantísimo legado de su padre, se lanza como candidato a alcalde del puerto de Acapulco para las próximas elecciones locales. No albergo duda alguna de que tenga posibilidades serias de ganar la elección.

A nivel micro, afirmaría cualquier estudiante de economía, también pasan cosas.

El sábado pasado pude ver con detenimiento como una muchacha conducía su lujoso automóvil a lo largo de toda una cuadra. La joven muñequita iba absorta en su teléfono celular mensajeando. Pienso que la nueva generación está demostrando que el sexto sentido en verdad existe y que ya no es necesario ver para conducir.

Tengo justo ahora, a sólo un par de mesas de distancia, a un joven activista de “izquierda” que busca “la participación de la sociedad civil para impulsar las necesarias políticas públicas que ayuden a regenerar el tejido social” (sic). Pretende, desde su entusiasta juventud, que esta participación sea desinteresada y espontánea. El joven político quiere ignorar que la política, al menos por estas tierras, es corporativista y su base se sustenta en la creciente horda de ignorantes por falta de una educación adecuada, la repartición de despensas, la distribución de prebendas a asociaciones “no gubernamentales” y la burda extorsión.

Una empresa del norte del país, que da empleo a miles de personas, pone en riesgo fatal a otras miles al contaminar con ácido un río que corre por en medio del desierto.

Cada vez que utilizo el transporte público me encuentro con alguien que necesita con urgencia zapatos nuevos. Ese alguien siempre lleva un teléfono inteligente que cuesta miles de pesos. Tampoco dudo que él tenga en casa una buena televisión con lo último de la tecnología LED.

En lo que escribí estos renglones, junto con otros muchos que también escriben con regularidad, se tiraron 100 libros a la basura.

 

Le prometo un antiácido y estar de mejor humor para la próxima semana. Lo espero con otra bici el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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