Desconstrucción de las fiestas – El mundo desde mi bici CXVIII

¿Por qué los fines de año, de todos los años, nuestra personalidad cambia? Los que somos pragmáticos, enojones, ermitaños y normalmente lacónicos, por ejemplo, nos convertimos en personas afables, sensibles, sociales y locuaces.

En muchos países esta transformación dura, si acaso, una semana: del 25 de diciembre al primer día de enero. En México, en cambio, este fenómeno se extiende a lo largo de tres semanas: del 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, al 6 de enero, día de los reyes magos. (Post-it color rojo para mis lectores de otras tierras: este período semi-vacacional tiene su nombre: el “puente” Guadalupe-Reyes.)

Durante estos días, apuntalados con firmeza por las “pre-posadas” (otro invento orgullosamente mexicano) y las posadas, se instala la celebración desmedida en el ambiente de por sí propenso a lo festivo de este país, el cual, por supuesto, viene acompañado de la parafernalia consumista que con tanta celeridad adoptamos desde que la Coca-Cola es Coca-Cola.

Mas vayámonos por partes, porque todo esto comienza a partir del mes de agosto.

Si usted es de los que para escapar de los humores estivales se refugia en el fresco aire acondicionado de un centro comercial, se habrá dado cuenta de que en sus largos pasillos y dentro de algunas tiendas departamentales se ofrecen, con “grandes descuentos” y ambientados con abundante nieve artificial hecha de bolitas de poliuretano, cualquier cantidad de adornos, gadgets y árboles artificiales navideños. No es raro ver en estos puestos comerciales a varias y muy diversas señoras que con singular alegría sacan su cartera para comprar su cuadragésima estrella de navidad (ésta equipada ya con luz LED de colores) y su decimotercer inflable de Santa Claus que incluye el manido recurso de saludar con su sempiterno jo-jo-jo a cuanto ser se le atraviese. Aprovechan también “la ganga y la bonita oportunidad” para llevarse algunas esferas: “Hay que reponer las que Nerón de dos fulminantes mordiscos rompió el año pasado”. (Todavía no comprendemos cómo Nerón sobrevivió después de deglutir —como caramelos— tantos vidrios rotos.)

Y esto no para aquí.

De forma simultánea y en el puesto vecino al de los artículos navideños encontramos a la venta todas las máscaras, disfraces y equipos de maquillaje para celebrar como se debe el Halloween. Es en verdad un milagro que no haya otro puesto contiguo a los dos anteriores que venda corazones flechados, chocolatitos y globos con los mensajes más cursis para festejar San Valentín.

Así que la Navidad empieza por ahí del 16 de agosto… junto con todos los demás festejos.

Al fin y al cabo esto se entiende, al menos desde esta perspectiva: para la mercadotecnia todo se vale y si la gente compra, pues con más razón.

Lo que todavía no logro entender son esas mudanzas en nuestra personalidad durante el Guadalupe-Reyes.

Previo a las vacaciones de fin de año, casi todas las empresas les ofrecen a sus empleados sendas comidas en agradecimiento por su colaboración o para cumplir con el contrato colectivo de trabajo. Durante esas comidas, que se convierten en verdaderos bacanales, los empleados coquetean con las empleadas y las empleadas coquetean con los jefes. Es de esperar que los empleados se queden cantando la mohína y que los jefes desaparezcan con las empleadas.

Después de este acelere en donde la peor resaca es la moral, regresamos con el corazón contrito hacia nuestras familias.

Con los ojos llorosos por la emoción, notamos que nuestros hijos ya tienen barba, que nuestra madre, como todos los años, nos ha horneado unos ricos fruit cakes y que el mundo, hermanado por la paz y la armonía, no es tan malo como parece… y todo para acabar el año y celebrar la llegada del que sigue en medio de otra bacanal de antología.

Afirman algunos que estos tiempos fueron concebidos para reflexionar. Reflexionemos, pues, reflexionemos.

 

Nos vemos la próximo miércoles en punto de las ocho de la noche con otra bici que se niega a quitarse las serpentinas de los hombros.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “Desconstrucción de las fiestas – El mundo desde mi bici CXVIII

  • Erika Boeneker Méndez

    Como siempre, me gusta leer tus Bicis.
    Cada año y con mayor frecuencia los festejos de fin de año, empiezan a mediados del año. La verdad, no me gusta. Siempre recordamos nuestra niñez, en donde los festejos empezaban con las posadas (verdaderas posadas), no los bailes de hoy, que los jóvenes ni siquera saben el porque de este nombre. El árbol de Navidad se ponía por estas fechas, y no como hoy, dos meses antes de la festividad. Sí se empezaban a preparar, las galletas, los panes de Navidad, los fruitcakes, etc. Pero no se podían comer si no hasta el primer domingo de adviento.
    En familia tratamos, todavía hoy, que así sea.
    ¿Qué es lo que pensaría usted?

    Me gusta

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