¿Por qué demonios compra libros? – El mundo desde mi bici CXVI

Joan Corominas Imagen de: www.datuopinion.com

Joan Corominas
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Supongo que usted, como yo, es tan aficionado a la lectura y que por esa bendita razón compra libros de vez en cuando. Me veo entonces en la necesidad de replantear la pregunta que hago en el título de este texto. Trato de evitar malentendidos y clarificar la intención de esta bici, que es la de divagar por otros rumbos.

¿En base a qué decide usted comprar un libro? Permítame precisar esto mejor. Considerando un presupuesto limitado, como el mío, ¿qué lo haría decidirse por comprar un libro en vez de otro?

Quitando cuestiones meramente estéticas, como el color y el diseño de la portada, en las que se guían muchas personas cuyo principal fin es la decoración y no la lectura en sí, estoy casi seguro de que los que compramos libros lo hacemos más por otras razones que por mera necesidad.

Los lectores compramos libros primero por recomendación, después por impulso (algunos somos compulsivos) y, al final, por necesidad.

Muchos de los libros que poseo en la actualidad me fueron recomendados. Para ilustrar este proceso, me permito citar a continuación una anécdota, un mucho penosa y muy personal.

Confieso que ya siendo adulto, aunque todavía bastante joven (si este argumento sirviera en mi descargo), sólo había oído hablar de Jorge Luis Borges. Nunca jamás había leído ni uno de sus cuentos. Además mis referencias sobre de él eran vagas: sabía que era un escritor argentino, por ejemplo. Parapetado detrás de una taza de café, mi amigo Árbolredondo me preguntó qué me había parecido El jardín de los senderos que se bifurcan. Al ver mi cara que exigía desesperadamente de un traductor, Árbolredondo me hizo una pregunta más reveladora: “¿Has leído algo de Borges?” Tuve que ser sincero y contestar que no. Me recomendó al menos seis de sus libros. Fue tan entusiasta su recomendación que al día siguiente no compré seis libros, sino sus obras completas (las oficiales, en tres tomos, editadas por Emecé). Fue una de mis mejores compras hasta ese momento. Hoy puedo decir sin temor a equivocarme que el escritor argentino se apellida Borges y no Borgues, como alguna vez lo pronunció aquel ilustre personaje que se escapó de su rancho sólo para ser presidente de México.

Otros tantos libros, que ahora descansan cómodos en un librero, los compré por puro impulso. Me gustaría escribir aquí que mi sexto sentido fue el que me disuadió a comprarlos. No sería honesto, la verdad. Fueron razones dadas por el subconsciente y fortalecidas por las dudosas artes de la mercadotecnia.

¿Cómo puede uno evitar rendirse ante estos títulos y los nombres de estos autores? El mundo como representación y voluntad, de Arthur Schopenhauer. ¿Acaso no es un estupendo título? Es todo un tratado filosófico. Mejor aún, semejante título impulsa a la imaginación hacia parajes que, con toda seguridad, el libro ni siquiera contempla. Ayer mismo me topé con este otro de Enrique Serna: La doble vida de Jesús. El título es morboso. Piensa uno de inmediato en hechos históricos que, tergiversados o no, nos demostrarán que Jesús, el nazareno, no fue del todo cabal. Cuando uno se entera de que habla de otro Jesús (y ni siquiera uno histórico, sino de un personaje como muchos otros) el libro, en automático, se nos cae de las manos.

Pero los títulos no lo son todo. ¿Qué me dice usted del nombre de los autores? Almudena Grandes (¿en verdad Grandes es un apellido lícito, real?) debe escribir de maravilla. ¿Quién no lo haría con ese nombre? En cambio Alejandro Jodorowski tiene un apellido lo suficientemente ambiguo que no me deja muy claro qué es lo que voy a obtener si leo alguno de sus libros, y sobre todo en la inteligencia de que son de superación personal.

Ayer por la tarde fui a la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica para comprar un libro por necesidad, y en donde terminé comprando otro más por impulso.

Necesitaba, con carácter de muy urgente, un diccionario etimológico. Gracias a Radio UNAM se me quedó un nombre en la cabeza (otra vez las recomendaciones): Corominas. El diccionario crítico etimológico del español de este académico al parecer goza de una bien merecida fama. La obrita consta de seis bien dotados tomos, todos de dimensiones y espesor considerables. Al ver el editor (Gredos) tuve un mal presentimiento. Al comprobar su precio (¡$ 2,710.00 de los del águila cada tomo!), mi quijada se cayó al piso. Gredos, tengo la impresión, cree que todos los escritores somos como Dan Brown: inmensamente ricos. Terminé comprando el Breve diccionario etimológico de Guido Gómez de Silva por menos de trescientos pesos, el cual, a mi parecer, se ve más que apropiado (al menos por el momento).

No quedó ahí la cosa. Cuando voy a una librería me gusta desnudarla por completo y sacarle sus más profundos secretos. Fue en estos quehaceres que me hice, por mero impulso, de otro libro. Mas de esto le contaré la próxima semana.

Sabe que le deseo que el tiempo que sigue, y que por mero arbitrio llamamos año nuevo, esté lleno de salud, de diversión, de alegría y de paz. Lo demás es lo de menos. Aprovecho para darle su apapacho y le pido que no olvide que usted y yo tenemos una cita aquí, para que sepa sobre el libro que me compré, el próximo miércoles en punto de las ocho de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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