La edad de las neuronas – El mundo desde mi bici CXIV

Librería de viejo en la calle de Donceles

Librería de viejo en la calle de Donceles

Hace algunos meses me ufanaba de que sólo me quedaban dos cosas de alemán: el apellido y la resistencia al frío. Estas últimas semanas ha hecho un frío de los mil demonios en la Ciudad de México. Al menos de eso me quiero convencer.

En 1999 estuve en París. Era pleno invierno. Para contrarrestar sus crueldades, era suficiente que debajo de la ropa normal llevara una camiseta Rinbros, los pantalones de mi pijama y unos calcetines gruesos (no mucho). Encima de la ropa normal, sólo un suéter y un impermeable fueron necesarios.

Hace una semana, aquí en México y con una temperatura mucho más benévola, tenía puesto exactamente lo mismo que llevaba en París hace quince años.

Mi resistencia al frío, aunque me cueste reconocerlo, se ha visto mermada. En cambio, mi suerte ha mejorado muchísimo.

Los viernes suelo comer en un mercado ambulante que se instala en un parque cercano a mi oficina. Después de refinarme unos tacos de mixiote, de barbacoa o de carnitas, compro una nieve de vino tinto y, como casi no soy chismoso, me siento en una banca del parque para ver pasar a la gente.

En la banca soy testigo de la ingente variedad de personas que hay en el mundo. Gordos monumentales, mujeres bulímicas, médicos, hippies, policías, hipsters de luengas barbas, emos (¡sí, todavía hay emos!), darketos, ñoños (de estos, muchos), cantantes improvisados, vendedores de imposibles y personas de aspecto tan impecable que parece vienen de otro código postal.

Uno de esos días, después de comer, me senté en la misma banca con mi helado. No tenía ni un minuto cuando junto a mí, a ambos lados, se sentaron sendas muchachonas de tacón alto, jeans pegaditos, talle finísimo y rostro digno de chica Cosmo.

Quitadas de la pena siguieron platicando entre ellas sin que les importara que yo estuviera en medio comiendo mi helado. También quitadas de la pena me incluyeron en su conversación. Ese día no me dediqué a ver a la gente que paseaba por el parque.

El sábado pasado, harto de revisar manuscritos, decidí escaparme al centro de la ciudad. Tenía ganas de visitar algunas librerías de viejo en la calle de Donceles.

Enfrente de donde ahora vivo pasa lo que el gobierno capitalino conoce como el “tren ligero”. El aparato, por supuesto, no es un tren y apenas califica como tranvía. Este “tren” me lleva a la estación del metro de Taxqueña, y desde ahí, sin más transbordos, llego justo al zócalo.

Cuando estaba a punto de pasar el rehilete de cobro del tren, un policía me atajó apurado.

—¡Señor!, gritó—. Por favor, mejor pase por aquí.

Abrió la puerta para discapacitados, embarazadas y personas mayores de edad. Me dejó pasar sin que yo pagara ni un quinto.

Prefiero comprar mis medicinas en la farmacia de la Comercial Mexicana. Siempre me hacen descuento especial y me tratan con muchísimo respeto. Pero para hacer el súper, el preferido es Walmart porque puedo pagar en la caja reservada para los adultos mayores. Ambas cosas las hago sin presentar credencial alguna.

Ahora, cuando estoy a punto de cruzar una calle, los automovilistas me ceden el paso ¡con una sonrisa!

Cuando Carlos Monsiváis cumplió 60 años declaró que estaba pasando oficialmente de la edad de las hormonas a la edad de las neuronas. A mis 50 veo que esto, más que un acto de resignación melancólica, puede ser una enorme bendición.

Prometo ser más jovial el próximo miércoles (que al fin y al cabo será Nochebuena). Nos leemos sin falta aquí, en punto de las ocho de la noche

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

5 responses to “La edad de las neuronas – El mundo desde mi bici CXIV

  • Erika Boeneker Méndez

    Ya desde hace unos minutos, quizá una hora, he reído mucho. Con esta bici, hasta las lágrimas me salieron. Debería de haber más días así, para poder todavía reírnos, de gozar nuestra vida.
    A mí todavía me dicen, de vez en cuando “señorita”, y me siento. mmmh, como diré, que la gente se ríe de uno. Claro, que muchos dirán, que nos nombran así para no regarla.
    Debemos de seguir riendo, o sonriendo, pues a veces, con todo lo que está pasando en nuestro país, dan deseos de llorar.
    ¡A seguir riendo! ¿Verdad que sí?

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  • Veronica

    O sea, Enrique… ¡llevas diez años de ventaja para disfrutar las mieles de la madurez! 😉
    Un gran abrazo y esta sonrisa que pusiste en mi rostro.

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  • tonamtzalor

    Hola mi escritor asomado a la puerta de los muchos años, ahora sí que me reí mucho… aunque prefiero no pensar mucho en eso de las edades y dedicarme a mantener activas mis neuronas. Un abrazo capitalino 😀

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