Procrastinación involuntaria – El mundo desde mi bici CXIII

Estoy hecho un verdadero lío. Todo me incomoda, todo me enoja. Estoy muy nervioso y me siento frustrado.

Hace muchos años, durante una comida familiar, mi abuelo se acercó a mí y me pidió que lo acompañara a “la cabaña”. “La cabaña” era el estudio de mi abuelo que estaba al fondo del jardín. Allí tenía una nutrida colección de revistas del National Geographic, los artefactos para hacer química y sus sillones favoritos para dormir la siesta. Una vez los dos adentro, me pidió que cerrara la puerta.

Sus ojos azules tenían varias modalidades: podían servir para dar miradas risueñas, tiernas, severas o francamente iracundas. Ese día utilizó su mirada severa.

Como si fuera un adulto (yo todavía no alcanzaba los ocho años), me pidió que tomara asiento. Él se sentó enfrente de mí y me dijo:

“Mira, Heiner, tienes que saber que el apellido de esta familia es algo inusual. Ya casi no tenemos parientes en Alemania, al menos parientes que lleven nuestro apellido, y los que estamos en México caben cómodamente sentados en este mismo cuarto. Esto te podrá parecer… ¿cómo dicen ustedes ahora?… ¡ah, sí!, te podrá parecer padre. Y lo es, créemelo. Que la gente te recuerde puede ser de mucha utilidad. Tener un apellido como el nuestro, aunque la gente lo olvide, le permite reconocerte fácilmente: ‘Mira, ahí va el del apellido raro’.

“Ten en cuenta que esta virtud, que tanto te ayuda en unos casos, te puede fastidiar —y mucho— en otros. Si por cualquier razón echas a perder algo, el recuerdo de ello se grabará en los demás por partida doble.

“Así que ya sabes. Nuestro apellido es nuestra responsabilidad, tú responsabilidad. Si algún día, como así será, te comprometes a cumplir con algo, más vale que lo cumplas cabalmente.”

Se levantó de su asiento, me dio una cariñosa palmada en la cabeza y concluyó:

“Anda, apúrate, que las mujeres de esta casa están dispuestas a dejarnos sin postre.”

Por supuesto no entendí nada. Mucho menos el motivo de tanta formalidad. En su momento me alegré porque esa tarde me tocó doble ración de ese postre que las mujeres de la casa no estaban dispuestas a compartir.

El mensaje de mi abuelo, gracias a la severidad de su mirada azul y al trato de persona adulta que recibí, se quedó grabado en mi cabeza y, desde entonces, me embosca a menudo porque resulta que tengo mucho talento para “echarla a perder” con bastante frecuencia.

A principios de este año hice un compromiso con usted y conmigo mismo: publicar en este segundo semestre un par de libros: uno de crónicas, el otro de cuentos. Déjeme informarle que tal meta es ahora inalcanzable.

El libro de crónicas, el “más fácil”, ya que sólo consiste en una antología de estas bicis que entrego semanalmente, se me complicó de lo lindo gracias a una serie de infortunados eventos.

Mi editor me pidió entregar la colección de textos a un corrector de estilo. El corrector resultó ser de las confianzas del editor porque con él tenía una amistad que tendía sus raíces hasta sus respectivas infancias.

Como nunca he publicado un libro, no se me hizo raro que el corrector de estilo no diera signos de vida por varias semanas. Después de un par de meses, mandó el texto “corregido y listo para imprimirse” a mi editor. El editor, sin revisarlo, me lo mandó “para que le echara un ojo”. No le hago el cuento largo, pero el remedio empeoró en muchos aspectos la condición de mis textos. Había frases con verbos repetidos, otras con el sujeto en plural y el verbo en singular; a manera de virus informático, el estribillo “para acabarla de fregar” aparecía con insistente frecuencia en todos lados; habrá que añadir que surgieron faltas gramaticales y ortográficas que el archivo original no contenía.

Sobre la cuestión de que el documento estaba “listo para imprimirse” mejor ni le platico.

Mi editor y yo decidimos darlo a otro corrector de estilo para que trabajara el texto y lo adecuara para su publicación en dos formatos: uno en PDF y otro apto para la imprenta. Se lo dimos hace dos meses y, como el otro corrector, éste también desapareció por todo este tiempo.

Hoy recibí el texto, otra vez, de manos de mi editor. Lo estoy leyendo apenas y parece haber quedado bien. Para mi sorpresa me enteré de que este corrector, que hizo lo que se esperaba de él, cobró menos de la mitad de lo que cobró el otro “que era de toda confianza”.

Mi libro de cuentos tiene otra historia. El manuscrito entregado todavía no pasa de la mesa del editor. Es más, él mismo me lo regresó porque “dos de los cuentos los siente forzados”. Me dijo algo así como: “Mira, estos dos textos no vienen de ti. Te saltas las leyes de la causalidad, tus personajes tienen diálogos acartonados y la trama en general no es muy coherente. Además abusas demasiado de la voz pasiva y pones las comas de forma arbitraria. Sería preferible que los revises con calma. Es más, a lo mejor se te ocurre algo que valga más la pena.”

Remató con esta frase: “no te apures tanto, porque tu libro de crónicas, que publicaré primero, lo sacaré hasta febrero o marzo del próximo año”.

Ahora entiende la razón de mi estado irascible y exaltado, máxime porque, con el apellido que me cargo, sé de antemano que este doble (¿o triple?) yerro no será olvidado con facilidad.

Dicen que a esto y a mucho más deben acostumbrarse los escritores, sobre todo cuando el susodicho editor es el mismo autor.

A pesar de todo le hago hoy una doble invitación.

El lunes de la próxima semana, en mi página de Internet en www.boeneker.com podrá bajar una copia gratis en formato PDF de mi antología de crónicas El mundo desde mi bici. Sólo le pediré a cambio que, cuando salga a la venta en Amazon, publique usted ahí una reseña comentando el libro. Los detalles de registro y descarga los encontrará en la misma página.

La segunda invitación es para que me siga leyendo a pesar de mi repentina histeria. La cita es, como siempre, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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