Hay de lecturas a lecturas – El mundo desde mi bici CXII

libros¿Usted procura tener al menos un momento favorito todos los días? ¿Un momento que sea sólo para usted y para nadie más? ¿Un momento en donde haga o deshaga o no haga sin que a alguien le importe?

Conozco a gente que todo el día es su momento favorito. Son personas afortunadas que o supieron empatar su vocación con sus aptitudes o sin importarles sus aptitudes encontraron la forma de hacer lo que les place. Aunque es poca la gente que se encuentra en tan feliz situación, son aún menos las personas que tienen —no diario, que es ya mucho decir— sino de vez en cuando un momento favorito.

Le presumo: yo tengo dos momentos así casi cada día.

Me he impuesto la costumbre de levantarme muy temprano. Eso me permite ganarle unas horas a la jornada y me da espacio para hacer cosas que antes no hacía por-falta-de-tiempo. A esas horas cuando Tonatiuh (si no sabe quien es, se lo dejo de tarea) no nos importuna con su brillante mirada, puedo escribir a mis anchas sumergido en el silencio. Cuando no quiero escribir, me pongo a estudiar algo, lo que sea, de preferencia algo que me llame mucho la atención o me implique un reto en particular.

Por ejemplo, ahora mismo estoy aprendiendo otra vez álgebra y trigonometría. Lo hago por gusto, sí (aunque sé que no me cree), pero también para remediar un fuerte remordimiento que me viene persiguiendo desde mis tiempos en la secundaria.

A esa hora de la madrugada, mi mente se encuentra despejada, fresca, todavía ajena a los cotidianos problemas. A esa hora, las ideas no han perdido todavía su virginal apariencia y se presentan tal y como son.

Ahora lo sabe. Mis peores ocurrencias son producto del amanecer.

El segundo momento feliz llega por la noche. Envuelto otra vez entre las tinieblas apenas profanadas por la luz de mi lámpara, leo a pierna suelta hasta que el sueño —esa otra forma de recrear la lectura— me sorprende.

Si pudiera, sólo me dedicaría a leer. Leería siempre. Perdería la consciencia leyendo de ser necesario. Y leería de todo. Novelas, tratados filosóficos, poesía, recortes de revistas, revistas enteras, etiquetas de productos, obras de divulgación científica, diarios en inglés y en alemán, y casi cualquier otra cosa que viniera en forma de libro.

A esa hora de la noche, antes de dormirme, me siento capaz de todo.

A esa hora, me he sumergido a más de cien brazas de profundidad en un submarino concebido por un ¡francés! en el siglo XIX; descubrí el secreto que un libro prohibido ocultaba al lector incauto en un viejo monasterio de la edad media italiana; caí de más de diez mil metros de altura junto con dos oscuros personajes después de la explosión de un avión, para al final salir los tres ilesos de esa cuita; mis pies se arrastraron sobre las heces y los orines de decenas de miles de personas en una ciudad de ciegos; oí el canto de las sirenas y me dejé seducir por él sin hacerle caso a los sabios consejos del prudente Odiseo; cabalgué junto con una bola de rufianes, saqueando cuanto pueblo se nos cruzó en el camino en aras de una revolución que resultó fallida; presencié la abominación de un pozo y de un péndulo; viajé a una pampa de infinitas proporciones sólo para encontrarme con un libro igual de infinito; y, para finalizar, sé que casi todos los alimentos procesados tienen el 0.01% de benzoato de sodio como conservador.

Permítame comentarle que conozco a alguien que estoy seguro nunca ha tenido un momento feliz. Esa persona ha transitado por la vida empujado por las circunstancias, las cuales muchos podrían juzgar como muy favorables, sobre todo si se consideran los alcances de la vacuidad de su existencia.

Supongo que una de las razones por la que esta persona no es feliz se debe a que él nunca ha leído algo por gusto. Ni siquiera la Biblia, como hace un par de años nos quiso asegurar. No se ha permitido disfrutar un poco de lo mucho que yo he disfrutado y sigo disfrutando. Tal vez por eso ahora trate de recrear un mundo fantasioso e imposible a través de los discursos que a diario nos lee muy a pesar nuestro.

 

A sabiendas que ese señor [afortunadamente] nunca me leerá, lo invito a que me visite el próximo miércoles, en punto de las 8 de la noche, aquí, en este su blog De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “Hay de lecturas a lecturas – El mundo desde mi bici CXII

  • Isabel F. Bernaldo de Quirós

    Procurar, amigo Enrique, estoy segura que toda la gente lo procura, el tener al menos un momento en el que sentirse feliz. Otra cosa es que no pueda conseguirlo por muy diversos motivos, trágicos la mayoría de las veces.
    Hay una frase que me parece extraordinariamente rotunda y dura… “conozco a alguien que estoy seguro nunca ha tenido un momento feliz”. Creo que es arriesgar mucho ¿ni un momento que puede ser un segundo, un suspiro, un minuto?

    Gracias por tu reflexión. Buen fin de semana y un abrazo.

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