Los remordimientos – El mundo desde mi bici CX

La vida es sueño, advirtió don Pedro Calderón de la Barca, y los sueños pueden trocar en pesadillas —esto lo sabemos todos los demás.

Veamos.

Despierto temprano por la mañana. Está muy oscuro, todavía es noche cerrada. Enciendo a manotazo limpio mi lámpara de noche. Me deslumbra y al hacerlo revela mi pobre condición: otra vez no he podido dormir del todo bien.

Bajo un pie de la cama, luego el otro. El piso está frío. El piso está frío porque es de loseta. No recuerdo haber tenido un piso de loseta en mi cuarto. Voy al armario aprisa y saco mis pantuflas; tomo una toalla, voy al baño y me someto a la regadera. El agua sale fría; parece ser que no hay gas.

Ahora estoy en mi coche y me encuentro en medio del tráfico. Circulo a vuelta de rueda junto con otros cientos de automovilistas. Todos hacen sonar, desesperados, sus bocinas. Voy a llegar tarde y no me importa mucho.

El día está nublado. Caen briznas de agua sobre el parabrisas, ensuciándolo. Tengo un poco de suerte: encuentro un lugar para estacionar el coche. Camino con premura, es posible que aún esté a tiempo; llego a un edificio ancho, largo, no muy alto pero sí bastante gris. Entran en él adolescentes apurados y de caras ansiosas. Me doy cuenta que cargo una pesada mochila de cuero. El cuero es viejo y está casi podrido. Por sus lados asoman algunos libros y cuadernos de feo aspecto.

Unas letras de bronce ennegrecido me anuncian el lugar en donde estoy: Colegio Alemán, Alexander von Humboldt.

Entro a clase, tengo la edad de ahora (es decir, 50 años) y no soy maestro. Soy un alumno más. Mis compañeros, sin embargo, no pasan de 15 años. Estoy en la secundaria otra vez. Creo que en tercero. Ahora recuerdo que llegué a un arreglo con la dirección del colegio. Podría cursar de nuevo la secundaria para mejorar mis notas.

Mas este año lo he vuelto a hacer. Me encuentro por completo confundido en la clase de matemáticas, porque me he ido de pinta demasiadas veces: con unas compañeritas, al cine; con unos amiguitos, a Chapultepec. Los garabatos que el maestro graba en el pizarrón son algo menos que ininteligibles. Un viejo escozor invade mi espíritu. He vuelto a fallar. Es probable que tenga que cursar este año de nuevo. Prometo que la siguiente vez lo haré bien.

Un ahogado grito se atora en mi garganta.

Despierto temprano por la mañana. Está muy oscuro…

Esta pesadilla la sufro con cierta frecuencia. Es evidente que descubre un gran remordimiento; de hecho, uno que tiene doble causa.

La pesadilla se presenta cuando está cerca la fecha límite para el pago de la colegiatura de Don Balón. Este sueño funciona como eficaz alarma, la cual me recuerda cumplir sin mayor demora mis obligaciones de padre responsable. Sin embargo su principal razón es el funesto performance que tuve durante los años de secundaria. Fue tan espectacular que, en el segundo grado, el propio director del Colegio Alemán me enseñó la puerta de salida y me pidió, por supuesto, que la cerrara por fuera.

Es increíble que, después de tantos años, me siga persiguiendo esta culpa con la misma tenacidad. Me siento a veces como debe sentirse cualquier criminal… o no.

El pasado sábado por la mañana, tomé lo que en México conocemos como una pesera (de pesos, no de peces, por eso se escribe con ese), es decir, un microbús del transporte público. Llevaba mi cámara Canon porque tenía pensado encontrarme con algunas fotografías. A los pocos minutos de haber abordado el microbús, tres pelafustanes con facha de pelafustanes se subieron y con toda impunidad nos asaltaron a todos. Para mi fortuna, los pelafustanes sólo querían dinero, así que no perdí mi cámara ni mi cartera ni mi celular. Me imagino que debo agradecer su misericordia.

La semana pasada pagué los impuestos correspondientes al mes de octubre. Una vez que le hice click en el botón de enviar pago, me enteré de lo que se convertiría en la noticia de la semana.

Una rara avis, casada con aquel que osa llevar mi nombre, es propietaria de una suntuosa residencia valuada en aproximadamente 7 millones de dólares. La propiedad, es pertinente decirlo, se suma a una lista importante de bienes inmuebles que esta familia plenipotenciaria posee, para agravio de muchísimos mexicanos que pagan puntualmente sus impuestos y que deben sufrir servicios públicos de paupérrima calidad, alta inseguridad, impunes desapariciones de sus seres queridos, falta de oportunidades y la certidumbre de un futuro cada vez más incierto.

Yo me preocupo por mi oscuro pasado estudiantil, algo insignificante en comparación con los asaltos, quiero suponer. ¿Los perseguirán a estos asaltantes, como a mí, los remordimientos que todo lo corroen? La verdad, no lo creo.

 

Después de pasar de lo onírico a lo colérico, lo invito a que nos veamos aquí el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

8 responses to “Los remordimientos – El mundo desde mi bici CX

  • Victor

    Hola,
    Primero que todo quisiera responder a tu pregunta final: al igual que tú, dudo que los persigan esos remordimientos; es como a mi amigo que viene del campo, quien no se siente “mal” o “culpable” por patear a un perro en la calle… Quizás todo va en el tema de ser o no concientes de lo que se hace. En el caso de mi amigo, claramente hablamos de conciencia animal; en el de los asaltantes, sería… no sé… ¿conciencia social? Ni idea, pero de que algo falta, algo falta.

    Lo otro que quería comentar es más bien una pregunta, y es que quisiera saber dónde puedo leer textos tuyos.

    Saludos.

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    • Victor

      Me refiero a textos literarios (poemas, cuentos, etc), obviamente.

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      • Enrique Boeneker

        ¡Ah, vaya!
        Pues déjame te platico que tengo la intención de publicar dos libros este año, aunque ya lo veo casi imposible: uno de crónicas, como la que aquí leíste, y otro de cuentos. Te mantego al tanto con respecto a esto aquí en el blog o en mi tuiter: @HeinoBoeneker.
        Una vez más mil gracias por tu visita.

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    • Enrique Boeneker

      Hola, Víctor.
      Mil gracias por tu comentario. Creo que has dado en un buen punto: la relatividad moral. Sin embargo, para eso se hacen las leyes, para evitar interpretaciones y falsas coartadas. El problema, claro está, es que las leyes aquí se acatan pero no se cumplen.
      Un abrazo.

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  • Erika

    Remordimientos? Creo que en el transcurso de nuestra vida, tenemos muchos. ¿Los podremos hacer a algún lado? Creo que no, y tenemos que aprender a vivir con ellos. Esto es mi opinión y pensamiento.

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  • Veronica

    Estimado Enrique:

    No creo que ningún delincuente, sin importar el color de guante que use para cometer sus fechorías, tenga una voz de la conciencia tan estridente como la tuya. Supongo que es condición necesaria (no sé si suficiente) para el ejercicio del crimen, eliminar la culpa o en el peor de los casos, amordazarla.

    Un abrazo.

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    • Enrique Boeneker

      Hola, Verónica.
      Debes tener razón. No me puedo explicar de otra forma la existencia de tanta gente mala que ande tan campante por la vida.
      Sabes que se aprecia siempre tu visita por estos rumbos.
      Mando abrazo que viaja arriba por la Sierra Madre y se apea al sur de los Andes.

      Le gusta a 1 persona

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