La corrección política y las señales de tránsito – El mundo desde mi bici CIX

Retomo uno de los temas que recurren a mi mente con frecuencia. En particular éste me molesta bastante por su ubicuidad y desproporción: hablo de la corrección política.

En el mundo en que yo nací no existían el sushi, la ecología, las computadoras personales, la televisión a color (al menos no en mi casa), el horno de microondas ni la Internet. Tampoco había corrección política. Y eso no importaba.

Empero, lo de hoy es ser, por sobre todas las cosas, políticamente correcto.

A los seres humanos nos da por ser extremistas; ignoramos con facilidad la moderación y nos gusta cambiar de modos de forma abrupta.

Hace medio siglo, por ejemplo, las mujeres en los países occidentales tenían opciones muy acotadas. En muchos países ya ejercían la ciudadanía, sí, pero su rol seguía siendo el mismo: ser amas de casa y, por lo tanto, una especie de sirvientas de lujo.

Para remediar tal injusticia, nos fuimos al extremo opuesto. Ahora las mujeres emprenden, trabajan, son profesionistas, producen y cada vez más no dependen de un marido. Por supuesto esto ha ocasionado que muchos hijos se hayan quedado sin madre o tengan muy poca, pero eso es discusión aparte.

Debido a esto, los discursos de hoy en día siempre se dirigen a los dos géneros: mexicanos y mexicanas; amigas y amigos; policías y policíos… Todo en aras de la corrección política y de no herir susceptibilidades.

En realidad no quiero escribir sobre la corrección política en relación a la muy sobada “equidad de género”. Lo que quiero discutir es sobre el uso de la corrección política cuando se aplica a los ancianos, a los gordos y a nuestras señales de tránsito.

A los viejos o ancianos (palabras ambas que provocan en mí veneración y respeto) se les llama ahora personas de la tercera edad.

No sé a quién se le pudo ocurrir semejante mote. ¿De dónde sacó que los seres humanos tenemos sólo tres edades? Es más, ¿cuál sería la primera y cuál la segunda? Según mi muy limitado entendimiento, las edades de los hombres son tantas como los años que viven. No es lo mismo un niño de 2 años que uno de 10, por ejemplo. Tampoco es lo mismo un adolescente de 13 que uno de 18. Hay personas que al cumplir los 30 años ya se sienten abuelos. Habemos otros que con 50 no nos damos por enterados de que debemos ser maduros. Conozco al menos a tres que con más de 70 primaveras actúan como si tuvieran 40, y también conozco a gente de 40 que parece tener 80. Así que no me vengan con esos cuentos chinos de la tercera edad. Algo malo y feo le habrán hecho a sus abuelos esas personas tan políticamente correctas.

En los Estados Unidos, desde hace algunos años, se ha dado una especie de movimiento por la dignificación del gordo. Este movimiento encontró un nombre más adecuado para referirse a estas abultadas personitas. Ahora no les podemos decir gordos (¡ni se le ocurra pensar en palabras más soeces que hacen referencia a los inocentes chanchos!), la manera correcta de llamarlos es como “personas con sobrepeso”. Reconozco que la expresión tiene dos virtudes: es exacta y no ofende.

Esté usted enterado de que las personas con sobrepeso están luchando por sus legítimos derechos —como lo hicieron en su momento las mujeres— y lo hacen atacando desde distintos frentes. Algunos reivindican su derecho a no cerrar la boca, máxime cuando están frente a un plato repleto de comida; otros exigen aparecer en anuncios de ropa íntima, los hay quienes impulsan reformas legales para que en los lugares públicos tengan derecho a espacios exclusivos, y todos exigen que se les vea como personas normales, como si ocupar tanto espacio en este superpoblado planeta no tuviera sus [graves] consecuencias.

Antes las mujeres les decían “gordos” a sus maridos; hoy, para no ser políticamente incorrectas, nada más les dicen “hazte pa’llá”.

Hay un espacio en el mundo en donde la corrección política aún no ha llegado: las señales de tránsito.

Estudiemos este par de ejemplos.

El símbolo para indicar el estacionamiento reservado para personas discapacitadas (perdón, con capacidades diferentes) muestra una persona del sexo masculino. No lleva falda, no está gordo y no se ve muy viejo que digamos.

La que indica un cruce peatonal es también un buen ejemplo. En él no aparece una mujer ni un anciano ni un gordo. En ese cartel está representado un hombre de paso  ligero y seguro y de apariencia muy heterosexual. Es este cartel el colmo de la violencia de género.

La única solución que se me ocurre para que este atroz señalamiento sea menos ofensivo sería la de emular la portada del álbum Abbey Road de los Beatles, sólo que, en vez de que aparezcan John, George, Paul y Ringo, representen cruzando la calle a un gordo, a una mujer, a un viejo y a una persona con capacidades diferentes.

 

Después de tanto agravio, mejor lo invito a que me lea el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche. La cita es aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

8 responses to “La corrección política y las señales de tránsito – El mundo desde mi bici CIX

  • Erika

    Propondremos la GDF que cambie sus semáforos para peatones o peatonas?
    Como siempre me encantó.

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  • etarrago

    Nunca podría estar más de acuerdo contigo, Enrique. Parece que el mundo de la comunicación se nutre, tan solo, de esas imágenes de cuerpos perfectos, máquinas perfectas y estúpidos a granel con un toque ácido de progresía genital. Me temo, no obstante, que el asunto está en nuestros ancestros, en sus pecados, Eva se comió la manzana y Caín mató a Abel. A Eva la pintan bella y desnuda, (no había ropa entonces), a Abel lo pintan como si fuera homosexual, a Caín, a ese odioso ser, como si fuera un lobo sanguinario y victorioso y, ah, al pobre Adán como un bello y santo, cornudo. Los buenos perdimos la batalla desde el principio del mundo, tanto, que hasta pensamos que lo somos, que somos buenos.
    Un abrazo, amigo y escritor de lujo.

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  • Veronica

    ¡Shhhh! Enrique. No les des ideas a los biempensantes políticamente correctos. Primero irán por los carteles y, ¿luego?
    Un abrazo.

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  • Borgeano

    La corrección política es sencillamente detestable, en todo su amplio espectro. El tema de los nuevas denominaciones llega a límites ridículos; como decirles “profesionales de la salud” a lo que antes se llamaba muy dignamente “enfermera”. Y hay muchos más, pero no vamos a aburrir con una lista que todos conocemos de sobra.
    Algo que siempre he dicho es que, hoy por hoy, ser un hombre de unos 40 años y heterosexual pareciera ser un delito. Somos los nuevos culpables de todo.
    Por cierto, yo lo digo con todas las letras: el tema de la violencia de género me tiene harto. Como si no hubiera mujeres violentas o crueles (al igual que ciertos hombres, sin ir más lejos).
    Un abrazo.

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