El mundo fantástico de los automóviles – El mundo desde mi bici CVIII

La forma en que manejamos nuestro automóvil nos revela. En la muy celebrada caricatura de Tribilín (perdón, Sres. Disney, Goofy), en donde este personaje se transforma de un ser afable a un troglodita apenas se sube a su coche, yo creo que el verdadero Goofy (¡qué demonios, Tribilín!) es el energúmeno al volante y no ese hipócrita de risa boba y baba presta.

Si asumimos que la forma de manejar muestra la verdadera personalidad del chofer, debemos también asumir que el tráfico es fiel reflejo de la sociedad.

Tomemos sólo dos ejemplos.

En la India es evidente que las cosas no pueden ir lo bien que dicen que van. En sus calles y carreteras impera un caos de proporciones apocalípticas. La gente camina sobre las calles y entre los coches; los coches transitan como les viene en gana, y es natural ver con frecuencia choques de frente a la increíble velocidad de 10 km/h; las motocicletas esquivan como pueden a los peatones, a los coches, a los camiones, a los trenes cargados de racimos de gente y, por supuesto, a los bovinos que gustan descansar sobre el suave calor del asfalto. La gente, por qué no, defeca en las calles, y lo hace junto a los puestos que venden alimentos. Hay, aunque le parezca increíble, tantas personas muertas como perros atropellados a la vera de los caminos. Dicen testigos de fiar que toma horas desplazarse de una ciudad a otra, aunque se encuentren a sólo unos cuantos kilómetros de distancia.

En el lado opuesto están mis parientes lejanos, los alemanes. Alemania es la apoteosis de la señalización. Todo está señalado y planeado a la perfección y, por ende, minuciosamente regulado. Si hay una señal de tránsito que dice Stop es para que los coches se paren y no para decorar de rojo el entorno. Si encuentra un letrero que dice Fürth, 50 km. es porque Fürth a partir de ese preciso punto, ni un centímetro menos ni uno más, está a 50 km. Por supuesto el tráfico, que sí lo hay, transita con desesperante disciplina. Los pocos accidentes, perdón que lo haga ver de este modo, los ocasionan más los turistas y extranjeros que utilizan su “criterio”, violando así el estricto orden que no admite tolerancias ni mucho menos “criterios”.

Mas esto de cierta manera ya lo sabíamos o al menos ya lo habíamos discutido en una bici previa. Lo que he descubierto (patente pendiente) es que el tráfico refleja también el imaginario colectivo.

Citaré, para fines didácticos, los dos ejemplos anteriores.

En Alemania tanta corrección y seriedad propician que sus artistas sean los ingenieros; cuando alguien pierde el rumbo, ya por aburrimiento, ya por rebeldía, ya por  causa de ambos, se hace músico o, si de plano no tiene remedio, se convierte en filósofo.

En la India el perpetuo desorden los ha llevado a crearse un mundo muy irreal: Bollywood. Para ellos es la única escapatoria a una existencia muy poco afortunada. No son en balde las escenas musicales, el explosivo colorido de sus atuendos, las coreografías perfectas y la falsa abundancia. La catarsis allá no es opcional.

Los mexicanos no somos la excepción.

Como buenos latinoamericanos, a nosotros nos gusta lo real-maravilloso. Aquí todo pasa y casi nada tiene un porqué. Las fortunas repentinas, los desastres naturales, la [des]construcción de obra pública, la seguridad y su contrario, y las reservas internacionales son productos de la magia.

Ahí le van estos botones para que se dé color. Si ve que el automóvil que va circulando delante de usted enciende sus luces intermitentes, es muy seguro que su conductor suponga que, en ese preciso instante, usted, a través de la telepatía, ya sepa que dará vuelta a la izquierda… o a la derecha… o se parará de improviso… o que simplemente encendió  las intermitentes para compensar la falta de luces de navegación y permitir así su visibilidad en la noche. Mas si usted es mexicano sabe que es probable que de todas las anteriores alternativas ninguna sea la correcta. Existe otra posibilidad: tal vez el coche de enfrente haya encendido las luces intermitentes porque su conductor sabe que al hacerlo el coche desaparece. Leyó usted bien. Los conductores en México sabemos que, cuando encendemos las luces de urgencia, nuestro coche por arte de magia desaparece. Al menos eso deduzco, porque aquí la gente que se estaciona en doble o triple fila enciende sus luces de urgencia y, una vez hecho esto, se baja tan quitada de la pena de su auto como si éste hubiera dejado de existir (y, por lo tanto, de estorbar).

Otro buen ejemplo es la creencia general de que los cristales de los automóviles sólo son transparentes de adentro hacia afuera, pero que de afuera hacia adentro son perfectamente opacos. No hablo de los cristales polarizados que usan los políticos y la gente influyente, hablo de los cristales normales, sin polarización alguna, que usa la gente decente como usted o como yo. Eso explicaría que haya tantos viejos pildorones (así les llamaba una ex-novia mía a los señores que se sacaban los mocos desde lo más profundo de su nariz, convirtiéndolos en píldoras por medio de la frotación continuada del moco entre los dedos índice y pulgar); que haya tanto cantante improvisado, tantos exprimidores de acné, tanto entusiasta del baile y tantas señoras con tubos en el cabello (remember Doña Florinda), todos conduciendo sus autos como si nadie los pudiera ver… nunca.

Si la fantasía la tenemos en nuestras calles, ahora entiendo por qué nadie quiere leer literatura fantástica.

La próxima semana hablaremos sobre las omisiones de la corrección política. Sé que el tema es de su interés, así que aquí lo espero, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “El mundo fantástico de los automóviles – El mundo desde mi bici CVIII

  • Veronica

    Enrique:

    Reí porque tienes un modo jocoso de hacerme reflexionar pero, ¿no es para llorar? Reservo pañuelo para la próxima cita. ¡Nos leemos!

    Un abrazo.

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  • danioska

    Ay, Enrique querido, las joyas que comentas pueden sonar exageradas para el lector extranjero, pero los mexicanos sabemos que más bien te viste mesurado, por ejemplo, al no incluir en tu texto a los inefables microbuseros que avientan lámina y se meten en las filas porque ellos sí tienen derecho, los taxis que no tienen empacho en cruzar de un extremo a otro de la calle para “recoger pasaje”, los baches que comprometen no sólo la suspensión del auto sino también la de la columna vertebral de los pasajeros, los camiones de Coca-Cola que se estacionan a mitad de la calle sin empacho. Y, sin embargo, ojalá el tráfico fuera lo peor de México.
    Abrazo desesperanzado

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