Los casuales desencuentros – El mundo desde mi bici CII

la foto-8Llegué al café que frecuento en la Colonia del Valle. Descubrí en la mesa de junto a una señora idéntica a Guadalupe Loaeza. Juré que era ella porque sólo la vi de perfil. Unos minutos después, se levantó de su mesa para irse. La pude ver de frente y confirmé que no era ella.

¿Qué habría sucedido si hubiera sido Guadalupe? La hubiera dejado marchar al lado del joven que la acompañaba. Como contraposición a esta indiferente actitud mía podría pensarse si no habría sido preferible atajarla antes de que partiera, presentarme, elogiar un par de libros suyos y tratar de encarrilar todo hacia una sabrosa conversación literaria. Esta interacción con una afamada escritora podría haber sido beneficiosa sobre todo para mí, un escritor desconocido. Tal vez hace muchos años la hubiera abordado, cuando la Loaeza escribía en el diario Uno más uno, cuando sus artículos todavía gozaban de esa frescura de la cual hoy carecen tanto. Hoy, a mi edad, preferiría no hacerlo.

Este malogrado encuentro con la Loaeza me recordó una reiterada pregunta que a veces uso como rompehielos en las reuniones aburridas o francamente tensas.

—Si te encuentras con un personaje famoso en la calle, alguien que admiras u odias mucho, ¿qué harías?

Las diversas respuestas, más que revelar la naturaleza de los personajes aludidos, revelan la personalidad del cuestionado. Le presento algunos resultados de este fútil ejercicio.

Usted tal vez se acuerde de mi amigo al que he bautizado como SS; ese mismo que usa los libros como puntales para muebles. A este personaje fantofílico (nota del diccionario: Fantofílico; nombre masculino. Adorador de Fantomas) le encantaría tener la oportunidad de echar relajo con Carlos Salinas de Gortari. Contra toda suposición, a SS le parece que este ex-presidente más que inteligente es divertido (o es divertido precisamente por ser inteligente). Acepta SS que platicaría de cajón con él sobre algunas cosas que al parecer son ineludibles, como los detalles de la negociación del acuerdo de libre comercio con los EUA y el Canadá, la rebelión zapatista, el asesinato de Colosio o de su ex-cuñado José Francisco Ruiz Massieu; pero lo que en verdad buscaría es ir a un antro con él y echar relajo presidential style.

Al único compadre que me queda, porque al otro parece que se lo tragó una escalera eléctrica de Liverpool, le hubiera encantado platicar con Ayn Rand hasta altas horas de la noche. Más que plática sería monólogo: los dos estarían de acuerdo en absolutamente todo: la eterna inoperancia del gobierno, la ética del éxito obtenido sólo a través del esfuerzo y la aptitud, la licitud de la riqueza, la abominación de toda forma de mediocridad. Mi compadre saldría de esa conversación con la misma cara con la que salió Buda cuando consiguió iluminarse.

No es un secreto que a Goyito, mi hijo mayor, le fascinaría tropezar con Emma Watson. Estoy seguro que con tal de conseguir llamar su atención le hablaría en lo que él calificaría como su mejor inglés británico, y que en realidad es inglés salpimentado con un fuerte acento suizo: “Hellou, Miss Vatson!”. La invitaría —con la más encantadora de sus sonrisas— al cine, a cenar, a bailar, a comer tacos al pastor y a… bueno, a seguir la fiesta hasta el amanecer.

Mi amigo, el Computólogo Avezado y esposo de la Siempre Amable Esposa, tiene sólo una idea en la mente. Encontrar una caseta de policía británica en medio de una calle mexicana y conocer a su muy extraño ocupante: al multiesperpéntico Dr. Who. Después de oír la narración de todas las aventuras acaecidas durante sus dos mil años de existencia, el Computólogo Avezado le pediría al doctor un último favor: llevarlo a la Irlanda celta para tocar la gaita con entera libertad.

Mi historia es un poco más elaborada. Aborrecí con fervor a Jacobo Zabludovsky. Consideraba a este periodista el más patético reflejo de un sistema político caduco, manipulador, mentiroso, timorato. Para mí era la cara de ese sistema que tan certeramente describió en su libro Daniel Cosío Villegas. En alguna fiesta con mis amigos de la preparatoria, exaltado por el tabaco y por el ron, afirmé que si algún día habría de encontrarme con este periodista le diría sin chistar todo cuanto pensaba de él.

Pasaron varios años. Don Jacobo cayó en desgracia y el sistema político mexicano lo desechó depositándolo en alguna oscura estación del espectro radiofónico. Fue tal el ostracismo al que se vio sujeto que llegué a olvidarlo.

Fue en un viaje de trabajo hacia los Estados Unidos cuando me lo encontré en el aeropuerto de esta ciudad capital. Como la hora de abordaje estaba todavía lejana, mis acompañantes decidieron invitarme a un salón de espera patrocinado por la tarjeta que es verde. Apenas hube traspasado el umbral de aquel lugar, lo vi sentado con la elegancia que siempre lo caracterizó. En menos de un segundo vinieron a mí todos esos sentimientos del pasado. Ahí estaba la voz y el rostro del antiguo régimen, solo y desamparado. Por supuesto me quedé mudo. Además, ¿qué se le puede reprochar a alguien que lo recibe a uno con un cortés “Buenos días, caballero”?

Le prometo ser más arrojado el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche, aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Los casuales desencuentros – El mundo desde mi bici CII

  • Erika

    Como siempre, espero todos los miércoles para leer tus artículos.
    Hay veces que nos encontramos, por alguna casualidad, a personas que no deseamos ver por el resto de nuestras vidas. Pero, ¿qué se puede hacer? Ignorarlas.
    También vemos a alguna persona que confundimos con otra y hasta la saludamos. Pero no es la que parecía ser. También a nosotros nos han confundido, y hasta nos saludan con efusión, y de repente nos dicen, “Perdón, la confundí”.
    Y, como Goyito, que quisiera ver a esa persona de la que es su fan. Y soñar, soñar.
    Sigue así escribiendo, como todos los miércoles.

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  • etarrago

    Tengo pocos ídolos, ya, Enrique, aunque tengo aficiones por cosas mundanas y con y por, ello admiro a quien bien las practica. No obstante, me encantaría tropezarme con Milanés y, especialmente, si viviera, con mi Padre. Con el primero intentaría hacerle una reverencia de … una callada manera y a mi Padre, bastaría con darle un abrazo. A todos los demás, ni una foto, creo.

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    • Enrique Boeneker

      Muy bien, Enrique. Después de un tiempo te das cuenta de que no hay tal cosa como los ídolos. Al fin y al cabo son personas haciendo su trabajo, como todos nosotros. Yo, he de confesarlo, todavía tengo algunos ídolos, sobre todo esas personas interesantes con las que te encantaría alguna vez platicar.
      Te mando un abrazo.

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