Mi mamá la memoriosa (1) – El mundo desde mi bici CI

VitrinaLa vida es la memoria que nos va quedando, y tal como sucede en el cuento de Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, la memoria trae consigo sus objetos. Los que en este momento tengo más a la mano son las fotografías. La cantidad de fotos que una persona tiene es directamente proporcional a su edad: los jóvenes poseen pocas fotos porque no tienen hijos ni nietos que fotografiar, sólo novias o novios; nuestros mayores, en cambio, se rodean de ellas con abundancia. Es muy difícil encontrar un lugar dentro de sus casas que no muestre alguna foto familiar. Un amigo, cuyo nombre y apodo los omito por suplicada petición suya, refiere que en casa de su abuela hay fotos hasta en los baños y en la cocina. Decía que era muy incómodo sentarse en la taza del baño porque la foto del tatarabuelo Anselmo, el de mirada profunda y severa, estaba colgada justo enfrente de dicha taza.

Los objetos de la memoria pueden ser de varia naturaleza. Sirvan, como ejemplo provisional, mis libros. Los libros, aparte de haberme dado un sinnúmero de satisfacciones, también me refieren a etapas de la vida muy precisas que en otra bici quizá discutiré a detalle con usted. Mas ahora, de quien quiero escribir es de mi mamá.

La casa de mi madre es un mini-museo a la memoria. Dentro de ella se almacenan muchas cosas, algunas bastante inquietantes. Conserva varios cuadros míos. Son cuadros que pinté emulando el estilo de Picasso o de van Gogh. Son bastante extraños, debo aceptarlo, ya que su principal definición es la indefinición. Al verlos, uno no sabe si a lo que se enfrenta es a un cuadro abstracto o al close up reloaded de Los Nenúnfares de Monet. Mi madre los conserva porque yo los hice, tal y como lo hace toda mamá que guarda los dibujos de sus hijos cuando estaban en el Kindergarten.

En un rincón de la casa tiene una colección de muñecas. No son muchas, pero son muy representativas. Puede encontrar desde la típica muñeca que venden las artesanas oaxaqueñas de Milpa Alta, hasta la más sofisticada muñeca alemana con párpados animados y ojos azules que recuerdan a las muy malas películas de terror norteamericanas. Todas están prolijamente peinadas y vestidas; todas, con su altiva expresión, parecen abominar de mi presencia.

La vitrina del comedor tiene una vasta colección de vasos y copas de cristal cortado, figuras de cerámica y adornos de tan genuino origen que el museo Franz Mayer los codicia. Cada objeto, por nimio que parezca, tiene una historia. Hay algunos de ellos que se remontan a tiempos indefinidos: mi mamá, cada vez que la visito, les confiere a éstos una nueva historia.

Todo esto es normal. Muchos de ustedes me confirmarán que sus mamás, objetos menos u objetos más, son iguales. Mi madre gusta diferenciarse de las demás recurriendo a métodos que cree heterodoxos.

Hace unas semanas, se estuvo quejando mucho conmigo. Estaba harta de romper a mano tantos documentos viejos. En el cuarto de servicio, ubicado en lo más alto de su edificio, guarda —según ella— un gran archivo. Ahí hay documentos legales que prescribieron antes de alcanzada la mitad del siglo pasado. Harta de la basura, me insinuó que le urgía una trituradora de papel industrial, porque la que tenía antes se “la echó en tres patadas”. Nunca le creí que tuviera tantas hojas que romper, hasta que un día pasó esto:

La semana pasada decidió vender la mesa del centro de su sala. El mueble, construido quién sabe cuándo con pesada madera de pino, ocupa, según ella, valioso espacio de su apartamento. Como no sabía el precio que debía pedir por el armatoste, se le ocurrió algo que le pareció de lo más natural. Fue a su recámara y desapareció en ella por algunos minutos. Salió con una maleta pequeña que lucía pesada. La puso sobre la mesa del comedor y la abrió con desparpajo. Una gran cantidad de documentos, algunos con folio impreso, se desbordaron de la maleta. Con agilidad los volvió a organizar. Hurgó en ellos con paciencia. Decidí dejarla sola buscando quién sabe qué y me puse a ver la tele. Cuando yo había olvidado el asunto, distraído por un programa en donde sólo sé que aparecen dos muchachas guapísimas, escuché de pronto su mal disimulada exclamación: “Aquí está”. Le pregunté qué fue lo que había encontrado. Me contestó orgullosa: “La factura de la mesa de centro. Ahora ya sé en cuánto venderla”. Esta factura, déjeme decirle, es del 10 de febrero de 1989, la emitió una tienda que llevaba la razón social de Muebles Finos y Acabados, S.A. de C.V. y mostraba un importe con IVA incluido de seiscientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta viejos pesos.

Si necesita una buena mesa de centro a un buen precio (en pesos nuevos), mándeme un correo a enrique@boeneker.com. Si no la necesita, entonces le pido que nos leamos el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche, aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “Mi mamá la memoriosa (1) – El mundo desde mi bici CI

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