Enrique o De la educación – El mundo desde mi bici XCVIII

El eclecticismo es una corriente filosófica que toma “sólo lo mejor” de otras corrientes filosóficas y que pretende hacer de todo lo recabado un sistema coherente. A primera vista podría parecernos una forma muy práctica de no meterse en muchos problemas, ya que no está nada mal tomar todo lo bueno sin que nos importe de donde proviene. Para ilustrar mejor este proceder, podríamos recurrir a la analogía. Como soy glotón por naturaleza y ser chef está de moda, le propongo que nos vayamos a la cocina y hagamos un platillo ecléctico. Mire, por favor abra el refrigerador y saque los siguientes ingredientes. Vamos a necesitar tomates, cebolla, mango, papaya, pepinos, carne de res, crema de leche de vaca, jalea de fresa y un poco de lechuga. Yo, mientras tanto, tomo de la alacena ajo en polvo, caviar, miel de abeja, pimienta sin moler, cardamomo, chocolate amargo, curry, angulas, grenetina y un paquete de fideos estilo Capellini. Usted me concederá que hasta aquí todo va muy bien: estos ingredientes son muy buenos y hasta podríamos calificarlos como los mejores de su clase. Vamos a ponerlos en una olla exprés y los coceremos bañados por un Rioja, cerveza Guinness y agua pura de manantial (otros tres magníficos ingredientes) por el espacio de treinta minutos. El guisado que obtenemos se parece mucho a lo que el eclecticismo es.

Dejemos ese guiso informe y oloroso a un lado y repasemos ahora un poco sobre lo que es el  determinismo. El determinismo, terminajo concebido también por la filosofía (y luego se quejan los filósofos de su mala fama), dice que hay una gran cantidad de factores que influencian la naturaleza de una persona. Esta teoría ha sido especialmente útil para dar “una explicación racional” al comportamiento de los criminales y para fomentar una serie de prejuicios raciales y de culto de cuídate-porque-te-matan. Para los deterministas la familia, la sociedad, el país, la cultura, los vecinos y hasta algunos fenómenos naturales pueden torcer de forma irreversible nuestro destino. Los que no estamos de acuerdo con esta teoría argumentamos que no podemos obviar la característica más importante del ser humano, y la cual lo diferencia de casi todos los demás animales: la capacidad que tiene para a través de la voluntad formarse su propio futuro.

Este último concepto, el del determinismo, también suele usarse para explicar el comportamiento de las sociedades y de las naciones. Por ejemplo, decimos que el Japón es la nación por antonomasia con vocación por la calidad. Afirmado esto, suponemos por un proceso que se llama reductio ad absurdum que todos los japoneses son cuidadosos y bien hechos. Cuando hablamos de Alemania nos vienen a la mente, por medio del mismo mecanismo generalizador, la disciplina, el esfuerzo y la inquebrantable voluntad que los caracteriza.

Veamos ahora hacia el otro lado del mundo. Nos encontramos con esa vasta e inconclusa región conocida como la de los países emergentes o en vías de desarrollo o del Tercer Mundo (imagen que por cierto parece hurtada de la ciencia ficción). En este grupo, muy ecléctico por cierto, se incluyen los países árabes, los africanos, algunos asiáticos y los latinoamericanos. México se ha distinguido por ser un país muy latinoamericano. Es muy latinoamericano porque aquí practicamos con especial celo varios de los principales conceptos culturales que nos diferencian del resto de los países. Conceptos e invenciones tan maravillosas como:

  • El Estado considerado como parte de la propiedad privada del caudillo en turno.
  • La cultura del mínimo esfuerzo.
  • El futbol como único medio posible de enriquecimiento lícito (y ya no tanto, por cierto).
  • El Estado de Derecho que promulga leyes pero no las acata.
  • Y la política exterior que es farol de la calle y oculta así la oscuridad en la casa.

Se puede afirmar con total seguridad que México y casi toda Latinoamérica son el extremo opuesto a la cultura de los paísesfire3 avanzados y sobre todo de la rígida cultura alemana.

¿Qué pasaría si a algunos mexicanos, convertidos en conejillos de indias, les inoculáramos la cultura alemana? Veamos.

En una bici anterior comenté sobre las grandes migraciones europeas hacia América de fines del siglo XIX y principios del XX. Muchos de esos europeos vinieron a buscar una nueva forma de vida, algo más refrescante a las vetustas maneras del Viejo Mundo. Los que llegaron a los Estados Unidos, por citar sólo un ejemplo, se olvidaron de sus idiomas, su comida, sus creencias y del futbol, y abrazaron como propia la cultura que su nueva nación les ofrecía: el puritanismo, el mal comer y el béisbol. En Latinoamérica la asimilación cultural operó de igual forma: lo industrioso y el orden de sus inmigrantes permutaron en el relajo y el ocio. Salvo en la familia Boeneker.

018-1El bisabuelo que me tocó en suerte era al parecer un déspota ilustrado. Vino a México por razones de trabajo y se quedó aquí por cuestiones amorosas, mas nunca renunció a la cultura del trabajo duro y la disciplina absoluta, disciplina que trató de inculcar sin miramientos a todos sus descendientes.

Fuimos educados bajo la sombra del Struwwelpeter. El Struwwelpeter es un libro pedagógico alemán concebido a mediados del siglo XIX para ayudar a la formación de los niños prusianos y teutones. Su pedagogía: la coerción psicológica a través de motivos gráficos contundentes. En este libro cuidadosamente ilustrado vemos cómo al niño que se chupa los dedos se los corta en represalia un perfecto desalmado utilizando como instrumento una gran tijera. O cómo a otro que detesta la sopa termina en la tumba por no comerla (¡qué diría de esto Mafalda!). Me he permitido incluir aquí algunas de estas imágenes para su goce personal. Con este libro en mano me educaron desde chico. Para que amarraran bien las lecciones obtenidas, a mi madre se le hizo natural inscribirme en el Colegio Alemán. Más que disciplinado, me convertí en un muchachito muy asustado.

El verdadero problema no fue éste. El problema es la poca pertinencia de un sistema de educación alemán en un país como México.cropped-screen-shot-2012-04-26-at-10-44-45-am Imagine a alguien como yo equipado con estos conceptos: “no pisarás con las llantas de tu auto durante los altos los pasos peatonales”, “deberás respetar los límites de velocidad”, “no escupirás”, “el trabajo honesto y duro tal vez no te hará rico, pero no pasarás penas”, y los mejores de todos los tiempos: “pagarás tus impuestos y respetarás a los policías”.

Creo que con esto dicho queda muy claro qué son el eclecticismo y el determinismo.

Lo espero en esta ecléctica “columna”, prometiéndole por supuesto menos filosofía y más de algo más. Recuerde que es aquí, en su blog De la tierra nacida sombra, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

7 responses to “Enrique o De la educación – El mundo desde mi bici XCVIII

  • Erika Boeneker Méndez

    Sí, tuvimos una educación muy especial. Por eso nos molesta, todos los días, lo mal educados que son nuestros compatriotas. ¿Reglas? ¿Cuáles? ¿Leyes? ¿Cuáles? etc.
    El “Struwwelpeter”, lo tuvimos siempre en casa. Ahora se da uno cuenta de que es bastante sarcástico, pero crean o no, me gustaba leerlo, y así y todo por muchos años seguí chupándome el dedo.
    Quizá a muchos niños de mi época y posteriores les daba miedo el mismo. No lo sé. Ahora, no creo que lo sigan publicando. ¿O sí?
    Seguiré esperando la próxima publicación con sumo interés.

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  • tonamtzalor

    Queridos descendientes de alemanes al otro lado del mundo, en efecto, el mencionado libro se sigue publicando, pero más como recuerdo de una época que ya hace mucho dejó de ser y mostrando la nostalgia y el gusto por la tradición en este país germánico. A partir de los sesentas/setentas con aquello de amor y paz se cultiva por acá una pedagogía “acolchonada o de abrazos y cariños” en alemán “Kuschelpedagogik” en la que se evita a toda costa que el o la menor sufran algún trauma… psicológico. Esto ha conllevado a que las generaciones actuales (por supuesto no todos…) no sepan más lo que es el respeto, ni la disciplina rígida. Sobre todo en las escuelas medias como en las preparatorias se observa una gran falta de respeto hacia profesores y mayores así como entre compañeros. ¿Será necesario que Struwwelpeter y sus coetáneos vuelvan a la educación para que esta situación mejore? Me imagino que no, pero tanto el uno como el otro extremo deberían ser evitados y como usted acertadamente menciona, deberían ser combinados en un “método” ecléctico, si de método podemos hablar.
    Un saludo disciplinado de una ex-compañera de un colegio de férreas reglas (en nuestra época) 😉

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    • Enrique Boeneker

      ¡Hola, Tona!
      ¡Qué interesantes noticias nos traes de por allá! Entonces, por lo que veo, el mundo se nos cae a cachos y nosotros nada más como el chinito: milando, milando.
      Es interesante el punto que tocas en relación al respeto. Hemos educado a nuestros hijos a no tener respeto por los mayores, tal vez en un afán de ser más “abiertos” y borrar “barreras ficticias”. La cuestión es que en verdad esto no ha resultado del todo bien, ya que para convivir necesitamos reglas y límites. Si no los tenemos, somos capaces de cualquier cosa.
      La desintegración social que vemos en todos los países reflejada de distintas maneras es consecuencia de esta forma de actuar.
      Coincido contigo en que, para decirlo con otro refrán, “ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”. Es una tarea en la cual nos debemos de abocar desde ya.
      Muchísimas gracias por pasar por aquí, Tona.
      Un beso.

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  • Elena Fernández del Valle

    Tenemos en casa un Struwwelpeter, al que llamábamos “el libro de los berrinches”. Mi hijo y yo lo repasábamos de vez en cuando en los tiempos en que aprendía a leer en el Colegio Alemán. Creo que más que asustarlo, le divertía lo absurdo de las situaciones representadas. Tuvo la suerte de pasar 15 años de su vida en un colegio que no era ni de Kuschelpedagogik ni de disciplina mortífera, y convive sin demasiada confusión con las docenas de códigos sociales diferentes que imperan en la Ciudad de México. Nada mejor que una educación multicultural para entendérselas con este país, en el que los capitalinos somos tan diferentes de los tabasqueños o de los regiomontanos, y éstos de los oaxaqueños, etc.

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    • Enrique Boeneker

      ¡Hola, Elena!
      Muy atinado tu comentario. En verdad tenemos en el D.F. una gran cantidad de culturas y, por lo tanto, de formas de ver el mundo. Propiciar la aceptación de la diversidad es una solución a la intolerancia que con frecuencia nos manifestamos los capitalinos.
      Mil gracias por tu visita.
      ¡Saludos!

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  • Los atrevimientos de la mercadotecnia – El mundo desde mi bici CIII | De la tierra nacida sombra

    […] me voy a referir a un infame libro para niños sobre el cual le hice algunos comentarios en una bici anterior: el Struwwelpeter. Gracias a una amiga (que por cierto también mantiene un blog; si […]

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