La educación, su urgencia – El mundo desde mi bici XCVII

El problema es la falta de educación. Al menos esa es la conclusión a la que siempre llegamos cuando nos ponemos a arreglar el mundo.

En las sobremesas o en las reuniones, el afán por arreglarlo todo empieza cuando a algún desadaptado se le ocurre comentar el estado general de la economía. La plática, cual péndulo, se mece por varios minutos entre la pertinencia de las leyes fiscales y las políticas más adecuadas para reactivar la arterioesclerótica economía. Ya entrados en estos gastos, es fácil brincarse el cerco político y empezar a poner sobre la mesa temas con hartos ángulos como son los de la vigencia del capitalismo o del sistema del Estado benefactor (en otras palabras, del Estado paternalista pero civilizado). No tardará en brincar otro desde su silla y con voz airada y mirada torva proferirá condenas sin cuartel advirtiendo que el problema no son las ideologías o los modelos económicos sino los políticos corruptos que los instrumentan. Se sigue que la conversación llegada a este punto quedará en ralentí y degenerará en argumentaciones filosóficas sin sustento y reclamos religiosos vanos que nos llevarán inevitablemente a la consulta de ese almanaque mentiroso llamado Google, todo con el afán de dirimir estos esotéricos callejones sin salida que, para las alturas del partido y el estado de ánimo de los presentes, son de plano infranqueables. Hasta que alguien, más cuerdo que los demás por haber mezclado sus cubas con sendas tazas de café, dirá en tono melancólico: “lo que nos falta es educación, sin educación no hay forma de arreglar nada”. Dicho esto, se hace El Silencio. No es ese silencio sepulcral que usted imaginó, porque no falta aquel al que se le salga un eructo o ese otro al que se le ocurre pedir otra copa “para pensar mejor”. Después de fugaces cruces de miradas, quedan todos conformes haciendo repetidos gestos de aprobación con sus cabezas y acto seguido declaran la reunión disuelta.

Al día siguiente, la mayoría han olvidado que la noche anterior estuvieron a poco de arreglar el mundo. Los que no olvidan, que son siempre un insignificante puñado, se les ocurre pensar cómo, de verdad, podrían arreglar el mundo a través de un mejor sistema educativo. Lo primero que encuentran al espulgarlo es algo muy parecido a esto:

No hay escuela que no se jacte de tener la mejor forma de enseñar. Todas son muy pedagógicas y disciplinadas; todas aplican la más alta tecnología y ayudan al desarrollo integral del educando; algunas tienen sistemas abiertos como el de Montessori y otras métodos cerrados y súper estrictos. En fin, todas, no me queda duda alguna, son mejores que todas las demás.

El capital humano con el que cuentan, desde el intendente más humilde hasta el maestro más avezado, es de primerísima categoría. Sus maestros —véalos usted tan bien arregladitos todos— son personas que sobresalen de forma muy aventajada en sus respectivas áreas. Afirman, poniendo sus manos al fuego, que alguno de ellos fue colaborador de la NASA, que otro fue asesor presidencial en el cuatrienio de Alvaro Obregón, y que tal otra es investigadora del MIT (¿y qué demonios hace aquí en México, dándoles de manazos a los púberes insolentes?).

Son en verdad tan buenas todas las escuelas, que se jactan de que las principales universidades (pero sólo las de paga, ojo) aceptan a sus alumnos sin necesidad de aplicarles algún examen previo. Pase directo le llaman. Y esto no sólo les da lustre a ellas; también las universidades se engalanan por medio de un viceversa casi difícil de creer al decir que sólo aceptan alumnos de tal o cual escuela de renombre.

Y llegado hasta aquí el análisis, se descubre que hay una falla involuntaria, una grieta que se abre como un precipicio cuando a la institución se le ocurre presumir sus ilustres egresados.

Yo fui a una escuela preparatoria a la que le gusta mucho presumir de sus egresados. Si le da la oportunidad, le plantará de inmediato en la cara una larga lista de alumnos sólo dignos de la mejor escuela. En ella encontramos nombres que sí provocan el orgullo de los propios y la envidia de los extraños, nada más vea usted: Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Germán Dehesa, José Emilio Pacheco, Alfonso Cuarón (ese malagradecido del Oscar) y Roberto Gómez Bolaños (sí, Chespirito). Sin embargo, más pronto que tarde nos damos cuenta de que los políticos ramplones, actores de segunda y hasta agrios comentaristas deportivos, cuyos nombres prefiero omitir, son los que más abundan en esta lista. Es inevitable que al verla desde una conveniente distancia uno entienda por qué el mundo, después de todo, no funcione tan bien como sus escuelas dicen que funcionan.

Yo sé que a muchos de mis compañeros les saldrán ronchas después de leído esto. Les pido que se calmen y generosamente me perdonen, y además los invito a que me sigan leyendo el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche, aquí, en De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “La educación, su urgencia – El mundo desde mi bici XCVII

  • Erika Boeneker Méndez

    Empecé exactamente a leer la Bici de hoy a las 20:03. ¡Cómo siempre presumimos de los estudios que tuvimos, a que escuela asistimos y muchos que estuvieron estudiando en otro país! ¿Y qué salió de todo eso, de qué presumimos, si muchas veces no sabemos ni escribir, faltas garrafales ortográficamente, ni siquiera leer una sola oración? Entonces creo que estamos muchos de acuerdo, en que la educación ha sido raquítica, mala, etc. Oímos de Oaxaca, que ni siquiera examinan a los que llegarán a ser maestros, pues ellos ya saben todo. Y claro, este ejemplo es uno de muchos.
    Leeré con mucho gusto y a la misma hora la Bici No. XCVIII

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  • etarrago

    Yo, Enrique, puedo y debo perdonarte como lector y como paisano del mundo. Si me sintiera aludido … también.

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