El cuatro ojos que ya no quería – El mundo desde mi bici XCVI

Imagen de: 1papacaio.com.br

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Soy cuatro ojos desde los 12 años. Antes de que eso ocurriera, había sido un niño feliz. Fue un maestro el que se dio cuenta de que no veía más allá de mi pupitre. En cuanto pudo le habló a mi madre y le explicó que con toda seguridad mi pobre desempeño escolar se debía a esta simple razón.

Admito que fue muy emocionante saber que iba a usar anteojos. En los años 70 usar anteojos era de lo más cool; hasta Steve Austin, con todo y ojo biónico, los utilizaba y Puncharello, es decir Erik Estrada, usaba unos Ray-Ban que todo el mundo quería tener. Como soy bastante distraído, no me fijé que los lentes que llevaban puestos estos personajes eran para el sol. De esto me di cuenta poco antes de ir con el optometrista. Estando ahí le pregunté al amable señor si podía hacerme unos lentes oscuros graduados. Mi mamá sin chistar se opuso. Lo más que pude conseguir fue un remedo de Ray-Ban con lentes de transición: de esos que se oscurecen con el sol y se aclaran en la oscuridad.

Pasaron dos semanas para que me entregaran mis anteojos y a mí no me quedaban uñas de la emoción y la ansiedad. Cuando los pasé a recoger y finalmente me los puse me decepcioné muchísimo. Los lentes no eran ni claros ni oscuros. Su color era gris deslavado, como si los hubieran rociado con ácido clorhídrico. Ni se oscurecían ni se aclaraban como yo había imaginado. Ese color combinado con el brillante cromo del armazón y mi nariz un poco ancha me daban un aire… policíaco, pero no como policía Erik Estrada, sino como policía de los de por aquí.

Al menos esos no tan atractivos anteojos me mostraron que el mundo no era tan infame como creía. Podía ver los cables de luz, allá arriba, en el cielo; la textura del asfalto, los hoyos en las banquetas y las popós de los perros que cobijaban los hoyos de las banquetas. Creo que nunca en mi vida había visto con tanta claridad.

Al llegar por primera vez a clases con mis flamantes anteojos, mis compañeros inmediatamente me rodearon, me los quitaron de la cara y los inspeccionaron como si de una roca lunar se tratara. Dos compañeros que eran veteranos en el arte de portar lentes, me recibieron complacidos al “club” de los cuatro ojos. Uno de ellos me advirtió no sin sorna: “Ni te emociones tanto que te los vas a tener que quitar cuando juguemos futbol en el recreo”.

Como había previsto, con todo y lentes mis calificaciones no subieron, pero de que ya podía ver el pizarrón de eso ni duda cabía.

Usar lentes no sólo es cambiar de look, significa convertirte en otra persona. De haber sido un niño como cualquier otro, me convertí en esos a los que se les considera  aplicados. Los maestros y las personas mayores te respetan más, y tus amigos, cada vez que pueden, se burlan de ti.

Treinta y ocho años he tenido que usar esa prótesis; porque eso es lo que es: unas muletas ópticas que sin ellas no podría andar solo por la ciudad y mucho menos en bici. Hace dos semanas me harté de ser cuatro ojos, de cargar con esa prótesis facial para todos lados, de que las personas con las que trabajo me llamaran a mis espaldas Gepeto y de que las señoras de edad me preguntaran cuántos nietos tenía. Fui entonces a la óptica y me mandé hacer unos lentes de contacto. Al fin me desharía de esos anteojos.

Recogí mis lentes de contacto la semana pasada y de golpe y porrazo descubrí otra vez que el mundo en el que vivo en verdad es distinto al que habitaba. Con estos lentes veo en calidad Blu-Ray. Valgan, para ilustrar, estos ejemplos: pude ver las amígdalas de una señora cuando bostezó y que estaba a media cuadra de distancia; también vi los pequeños bichitos que corren presurosos entre las grietas de las aceras y no le quiero decir qué más puedo ver porque entonces usted no me querrá ver ni en pintura.

Una sola y pequeña tragedia: tengo vista cansada y ahora resulta que necesito anteojos para ver de cerca. Parece ser que lo de Gepeto no se me va a quitar.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

8 responses to “El cuatro ojos que ya no quería – El mundo desde mi bici XCVI

  • Borgeano

    Excelente crónica Enrique. Yo los uso para leer desde hace unos tres años; y la verdad es que fue un duro golpe para el ego. Después de leer como un burro durante toda mi vida, ahora resulta que no puedo agarrar un libro sin ponerme esos malditos aparatos que declaran mi entrada en la adultez inevitable o como quiera llamársele. Supongo que lo mismo voy a sentir cuando tenga que cambiarlos por unos de graduación mayor )lo cual ocurrirá en cualquier momento, supongo).
    Un abrazo de un cuatro ojos tardío.

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    • Enrique Boeneker

      Hola de nuevo, Borgeano.
      Tal vez por leer como burros ahora tengamos que usar gafas. Estaría bien un cuento de alguien como nosotros que de tanto leer se le vaya rebajando la córnea hasta quedar ciego. Sería un cuento muy borgeano, por cierto.
      ¡Saludos!

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      • Borgeano

        Lo mío, según el oftalmólogo, s pura cuestión de edad. Y de eso no se vuelve, por desgracia. lo del cuento no estaría nada mal (por cierto, eso es algo que me decía mi madre: te vas a lastimar la vista de tanto leer).
        La anécdota del momento en que Borges queda ciego es terrible, sobre todo contada por él mismo. Según sus palabras iba en un tren a trabajar (en se momento trabajaba en una biblioteca de los suburbios) leyendo la Divina Comedia. En un momento el tren ingresa a un túnel y, lógicamente, Borges suspende la lectura, cuando el tren sale del túnel Borges vuelve la vista al libro y entonces nota que ya no puede leerlo. Él sabía que su destino era quedarse ciego (su enfermedad fue gradual, al igual que la de su padre y otros ancestros). Hay muchas anécdotas sobre la ceguera de Borges y cómo la tomaba con mucha naturalidad.
        mira, ayer, por no extenderme demasiado en el comentario, no puse algo que tiene estrecha relación con tu entrada. Lo dejé pasar, en parte, porque a veces las casualidades son tantas y tan profundas que uno teme ser tomado como un fabulador o algo así.
        El punto es que tu historia es muy similar a la de mi hermano Marcelo (el cual es seis años mayor que yo). Él nació con severos problemas visuales y repitió el primer grado precisamente porque no llegaba a ver el pizarrón ni desde el primer banco. Así que hizo toda la escuela primaria en un colegio para ciegos. Es decir, en braille. En casa era muy común que hubiese muchachos ciegos por aquel entonces; y era notable ver con qué naturalidad y seguridad se manejaban. Anécdotas e historias al respecto no nos faltan.
        Por cierto, Mi hermano Marcelo (tengo otros dos más, aún mayores) siempre ha sido –y éste tema es uno de los motivos– una fuente de enseñanzas y admiración para mí. Vero pelear desde joven y salir adelante a pesar de tantas dificultades lo eleva a una categoría especial. Esa categoría de hombres comunes, pero dignos de admiración.
        Un abrazo.

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      • Enrique Boeneker

        Borgeano, ¡qué magnífica aportación! Mil gracias por compartirla. Quedarse ciego no es cuestión menor. Tuve el privilegio de leer el Ensayo sobre la ceguera de Saramago y realmente puede ser un mundo de locos. Sin embargo, como tú bien aclaras, los discapacitados (perdón, las personas con capacidades distintas) a menudo nos dan muchas lecciones. La de tu hermano y la del propio Borges son dignas de perpetuar.
        Un abrazo. (Y mil gracias por la interlocución.)

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  • Erika

    Me hiciste el día. Mis segundos ojos ya lo llevo conmigo desde hace ………años. Bueno, ya son tan parte de mí, que hasta me he metido en la regadera con ellos. Disfruté mucho tus vivencias.

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  • Veronica

    Estimado Enrique: llegué a mis cuatro ojos a los 10 años cuando la maestra advirtió que lo mío – mis versiones libres de lo que escribía en el pizarrón – no eran ni creatividad ni desobediencia, sino miopía. Ahí finalizó mi etapa de ver el mundo sin bordes y pasé a ser de la familia. Pues mis padres, ambos cuatro ojos, se negaban a tenerme entre sus filas. Sin embargo, adoré siempre esos adminículos. Para mí la gente “viene” con anteojos. Cuando era muy pequeña y mi madre se los quitaba lloraba desconsoladamente. ¡No la reconocía!
    Una violenta conjuntivitis puso fin al romance de verano que sostuve con las lentes de contacto. Desde entonces soy pura fidelidad a las gafas.

    Un beso.
    Verónica, cuatro ojos orgullosa

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    • Enrique Boeneker

      Querida cuatro ojos orgullosa,
      Tu postura frente a éste apéndice facial es en verdad loable. A lo mejor yo soy un cuatro ojos reprimido. Tal vez tanto que ahora no sólo llevo lentes de contacto y para ver de cerca, sino también cargo con mis anteojos normales (por si me tengo que quitar los de contacto) y traigo mis gafas de sol. Mi mochila, que antes sólo llevaba mi computadora, ahora carga con una parafernalia óptica que Galileo nunca hubiera imaginado.
      Beso de vuelta.

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