¿Cómo anda su autocontrol? – El mundo desde mi bici XCV

Imagen tomada de: agoraleonistica.blogspot.com

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Tenía una personalidad no muy afortunada. Los antiguos griegos dirían que padecía de intemperancia y que exhibía con vehemencia un carácter irascible. Esto le llevaba a perder los estribos en no pocas ocasiones y a decir lo primero que se le venía a la mente en otras. Aunque con esta combinación hubiera sido más probable que tuviera más enemistades que amistades, la verdad es que a lo largo de su vida se había ganado un buen número de amigos. Todavía no me explico por qué.

Hace muchos años un buen amigo suyo se dedicaba a poner música en fiestas privadas. Pertenecía al entonces naciente gremio de los DJ. Ese buen amigo lo invitó a algunas fiestas. Pretextó que necesitaba ayuda. En alguna ocasión, pusieron la luz y el sonido en una suntuosa casa en Bosques de las Lomas. Para los que no viven en esta ciudad capital les aclaro que esta colonia se precia de ser una de las más caras del país. Pues bien, la noche progresó y a K (así llamaré al protagonista), un poco aburrido, se le ocurrió sacudirse el polvo en la pista de baile. Estaba ahí una muchachita de buen ver que parecía no tener pareja. K la invitó a bailar y la muchachita aceptó de buena gana. Bailaban ahí los dos tratando —tímidos— de no cruzar con frecuencia sus miradas, hasta que a K se le ocurrió que un poco de plática no estaría mal. —Está padre la fiesta.— dijo K. Ella, inmersa en la música, sólo alcanzó a asentir con la cabeza. K se sonrió y arremetió de nuevo, confiado —Si quisiera celebrar mi cumpleaños, así, exactamente, lo haría— y después preguntó tratando de romper un poco más el hielo —¿sabes de quién es la fiesta? La guapa jovencita se sonrió, lo tomó suavemente de los hombros y con aire coqueto se acercó a su oído y le susurró: Es mía, tonto.

Tiempo después, K festejaba con sus compañeros de la escuela los 30 años de haberse graduado de la preparatoria. Fue una comida que se alargó hasta más allá de la hora de la cena. Al menos así lo hicieron K, una buena amiga de él y dos amigos más. El esposo de la querida amiga pasó por ellos para seguir el festejo en otro lugar. K conocía al esposo de su querida amiga desde hace muchos años. Sabía, por ejemplo, que se había labrado una exitosa carrera en un grupo de concesionarias automotrices y él estaba a cargo de la marca que empieza con H y que termina con onda. Todos los coches que K le había visto, por supuesto, eran de esta marca. No podía ser de otra forma. Confundido por las artes del buen servicio de bebidas del restaurante, K subió al coche y en vez de decir las buenas noches se le ocurrió comentar: Y ahora, tú, ¿por qué traes un Mazda?

Es de todos conocido que a K, como a muchos mexicanos, le gusta el futbol. Pero cuando a K  le gusta algo, lo toma muy en serio y lee, estudia y aprende todo sobre el tema. Unos tomarían esto como pasión; yo creo que es una especie de compulsión. Se hizo de una pequeña pero muy completa biblioteca que abarca desde los ejercicios básicos para empezar a dominar este deporte, hasta los conceptos tácticos de la formación 4-2-3-1. Al aprender todo esto, dicen los que lo conocen, se volvió más exigente (e intolerante, digo yo) con el futbol. Hoy en día, no hay equipo que le llene el ojo y cada juego se deshace en críticas y enojos vanos. Durante el partido entre Holanda y México, en el último mundial de futbol, se le veía una cara distinta. Nada más de verla uno podría haber imaginado que ese día, contra todo pronóstico, México se llevaría la victoria sobre los de naranja… hasta que llegó el empate por gracia de Sneijder y luego ese penal que muchos dicen que no fue, pero que al final se cobró. En cinco minutos, la selección verde (como el color de la ya tan manoseada esperanza) perdió su partido, y en sólo diez milésimas de segundo, después de anotado el segundo gol holandés, un obús en forma de Coca Cola de tres litros viajó a través de la ventana de una casa del sur-poniente de la ciudad ante las miradas atónitas de los familiares y extraños que ahí se encontraban. K ese día no habló con nadie y tomó sólo agua con un poco de hielos para mitigar el calor.

Nos vemos la próxima semana en punto de las 8 de la noche, en este su blog De la tierra nacida sombra. Le traeré una bici, pero por favor no le diga a K que venga.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

5 responses to “¿Cómo anda su autocontrol? – El mundo desde mi bici XCV

  • Gabriel

    Me encanta la versatilidad..!!
    Eres un gran escritor, te deseo lo mejor, espero leer pronto tu primer libro

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  • Erika Boeneker Méndez

    Prometo prohibirle a K que venga la próxima semana. Me gustó, como siempre. Felicidades mil. Sigue así.

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  • Borgeano

    Excelente crónica (porque con la metida de pata del otro día no pretenderé que sea un relato cien por ciento ficcional).
    Contestaré a la pregunta de la entrada desde mí; ya que como toda pregunta, invita a una respuesta.
    En mi caso particular creo que últimamente lo vengo llevando bastante bien. Supongo que por un lado ayuda el tema de la edad (49 y por pocos meses más); pero por otro lado –y esto lo he venido observando de manera directa, con paciencia de entomólogo– porque cada día me importa menos y menos todo. Sólo hay un par de temas que requieren mi interés y ninguno me empujar a acciones tan excesivas.
    En mi juventud he sido demasiado impetuoso (aunque no siempre cuando hubiese correspondido) y las metidas de para han sido una constante a lo largo de mi vida (tú sabes de eso, por cierto; y eso que recién nos conocemos).
    Será cuestión de ir minimizando errores.
    Un abrazo.

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    • Enrique Boeneker

      Hola de nuevo, Borgeano.
      En lo de la edad ya casi me alcanzas, y al parecer también llevamos una carrera parejera en eso de las metidas de pata. Sólo te puedo decir una cosa: sin ellas el mundo sería muy aburrido. Más que minimizaras, tiempo mediante, habrá que celebrarlas.
      ¡Saludos!

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